Patricia Highsmith

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Si tuviésemos que definir con una sola palabra la obra de esta estadounidense quizá la elegida fuese la elegida “fascinación”. Y es que cuando tomamos algunas de sus novelas o historias cortas nos sentimos extrañamente atraídos por esos personajes peculiares que, página a página, nos envuelven en una ola de maldad seductora. Los héroes de Patricia Highsmith  son seres que viven en sociedad y se adaptan a las reglas establecidas, pero son también estetas del crimen, solitarios sin otra compañía que una soledad que, casi inevitablemente, termina por llevarles a la locura.

Esta mujer que prefería la compañía de gatos y caracoles a la del ser humano ha construido el equivalente en novela negra de lo que Henry James realizó en sus retratos costumbristas: la contraposición entre Europa y Norteamérica, la narración psicológica de la sugestión del mal en el ser humano… Highsmith es, junto a Agatha Christie y Georges Simenon, la reina indiscutible de la novela negra moderna, su iniciadora y creadora. Pero las diferencias con estos otros dos maestros de la novela negra se nos hace evidente apenas tomamos conciencia de la realidad novelística en la que nos encontramos sumergidos: es la mezcla entre el mundo elegante y adaptado de Christie y ese otro mundo que se intuye en Simenon. Pero las diferencias van más allá (y nótese mi preferencia por encima de cualquier otro creador de novela negra): Highsmith es la gran maestra del relato psicológico. No hay casi tensión en cuanto al autor del crimen (no se tratan de “whodoits”) ni deseo moral que lleve al lector a condenarle y desear que sea “cazado”… el lector, atrapado por las razones y los atractivos del personaje, se deja llevar a ese mundo de maldad consumada que más que repelernos nos atrae cada vez un poco más a ese “lado oscuro” del que todos hemos bebido pequeños tragos en algún momento de nuestras vidas.

Patricia Highsmith ha sido especialmente apreciada en Europa, en donde esta fascinación (además del clasicismo que destila cada una de sus obras) es, qué duda cabe, mejor apreciado que en su natal Norteamérica. Tom Ripley (quizá su más famoso alter-ego) es un asesino estilista, malvado pero exquisito, que degusta un buen vino y, por encima del bien y del mal, logra convertirse en ese Zarratustra europeo que adelantó Nietzsche. Ripley juega, una vez más, con la inocencia de los que le rodean, con la ingenuidad de un mundo estúpido y mediocre, con su propia conciencia y con ese ridículo juego al que los hombres, en vano, tratan de imitar: la inteligencia.

Breves reseñas narrativas de una mujer solitaria

Murió el 4 de febrero de 1995. Sólo cuando tenía doce años conoció a su padre (divorcio nada más nacer la pequeña). Su madre le confesó que durante el embarazo había tratado de abortar tomando aguarrás. Homosexual. Vivía recluida y apenas salía de su domicilio, lleno de gatos y caracoles. Saltó a la fama por la adaptación que Hitchcock hizo de su novela “Extraños en un tren”, que publica en 1950. Escribe su primera novela con veintidós años. Se gradúa en el Barnard College. Su primer empleo fue para la editorial Fawcett (elaboraba sinopsis de cómics). Su primera publicación fue un cuento para la revista Harper’s Bazaar. Dicen que no era amiga de la compañía de los humanos. Nació el 19 de enero de 1921.

Obra

En cuestiones temáticas, quizá el siglo XX es el siglo de, más que del cine, el siglo de la televisión (pido perdón a mis sufridos lectores por comenzar de manera tan desafortunada). Es también el siglo de la masificación conceptual y el siglo, qué duda cabe, del cine. Uniendo estos elementos podríamos decir que la novela, en tanto en cuanto se trata de un género que narra historias para un público determinado, ha tenido que adaptarse a estos acontecimientos conservando (más o menos, unas veces mejor que otras) cierto grado de independencia dentro de sus cualidades artísticas. La novela cambia su temática, y ya son pocos los que se atreven (perdón, nos atrevemos) a plantear una novela partiendo de estéticas literarias o conjuntos estructuales que son los que rigen las líneas argumentales y estilísticas del texto.

La nueva novela es más liviana, trata temas comunes con el cine y la televisión, y se nutre de ellos para elaborar historias que muchas veces (seamos sinceros) han nacido para ser llevadas al cine.

Pero como dijo Humphrey Bogart en Casablanca: “Siempre nos quedará París”. No, amigos míos, no está todo perdido. Y es que aún quedan hombres como Umberto Eco (me refiero a “El Nombre de la Rosa” sobre todo) quienes logran amalgamar una nueva cultura con el eco siempre presente de los tiempos. El camino estaba marcado desde hacía un tiempo, sí, desde esos tiempos de Hemingway (norteamericano tenía que ser), desde los tiempos de Tarkington… desde los tiempos de Dickens. Y es que cualquiera de sus novelas (ya lo dijo Eisenstein) podría ser llevada al cine párrafo a párrafo, sin que con ello se modificase la estructura o el mensaje interno de la obra (no en vano Griffith dedujo los planos a partir de Oliver Twist).

Pero esta nueva novela de la que hablamos no tendría razón de ser sin una señora que, encerrada en su casa de campo junto a sus gatos, escribía algunas de las más maravillosas historias de este siglo. Tanto en temática como en composición, recordaremos a Highsmith como una novelista (quizá la primera) que se adaptó a los tiempos sin con ello tener que hacer el vulgar ejercicio de hacer de su prosa algo simple y cinematográfico. Los personajes de Highsmith fluyen y se manifiestan casi como una imagen en el cerebro… pero también existe algo más allá, un símbolo que se clava como un témpano de marfil en el inconsciente: asistimos a los procesos mentales de los culpables, casi nunca de los justos. Y es que la historia se configura por medio de las acciones de sus pecadores.

 

Las novelas (nos centraremos en el personaje que parece central dentro de su novelística) parten de un personaje, no se centran en la acción trepidante a la que estamos acostumbrados derivada de la cinematográfica: le conocemos y hasta le comprendemos… rozando esa siempre fina línea entre el hombre adaptado y el psicópata, entre esa locura que casi tocamos pero que no podemos llegar a comprender. Conocemos a Tom Ripley cuando apenas era un muchacho, sin culpa ni remordimiento: pronto ha comprendido su incapacidad para querer, pronto se da cuenta de su profunda vocación, el egoísmo.

Y es que los protagonistas de las novelas de Highsmith tienen todos algo en común: el materialismo que coexiste con el esteticismo más provocador, misántropo e inteligente. El protagonista busca algo más allá del simple hurto como esta genial escritora busca algo más que componer una novela negra de personajes anclados en su propio modelo. Esta relación se hace aún más evidente si comparamos a Ripley con Hercules Poirot o Miss Marple, ¿en qué lugar dispondríamos a este belga amable, amigo de la comida, en comparación con el esteta del crímen, el maquinador por excelencia, sexualmente ambiguo y tan profundamente odioso que no hace otra cosa que fascinarnos? En una novela de Poirot nos seduce la trama y los vericuetos que el detective sigue hasta llegar al culpable, mientras que en las de Highsmith el culpable es desenmascarado a las pocas páginas… Lo que queda del libro, deleite estético. Se plantea un acercamiento al personaje muy inglés (muy en el sentido del “punto de vista” de Henry James) y una resolución -muchas veces- muy cinematográfica. No hay metáforas ni símbolos más allá de los estrictamente necesarios, ni algarabías silábicas ni arquitrabados elementos estilísticos que adornen los libros: sólo un personaje en busca de su pecado. La segunda lectura no deviene de elementos esotéricos (de esos que tan de moda están en nuestros días) sino de la doble lectura que el protagonista parece hacer de sí mismo.

Dorian Gray convertido en pintor y novelista de su propia obra.

 

Y es que quizá esta mujer que soñaba en secreto con asesinar a su madre (y no tan en secreto, ya que en varios relatos cortos sus protagonistas femeninas lo hacen literalmente) haya sentado las bases del thriller policíaco (con ayuda está claro de otro inglés un tanto obeso) sin tener que recurrir a complicadas tramas que no hacen sino minimizar la fuerza del personaje. Las taras y los recuerdos son los verdaderos hilos por los que se mueven, unas veces rozando el paroxismo, otras la teatralidad… La mano de la autora, siempre presente como si quisiera reconocer la culpa del que desea el mal: ¿soy yo mismo el/la que está en estas páginas retratado?

Sí, amigos míos, llegamos a odiar a esta gran novelista porque, otra vez, nos ha puesto ante el espejo.

Martin Cid es novelista y autor de diversos libros que incluyen novelas, ensayos y relatos. Entre ellos encontramos: Editor de este medio. Fumador, bebedor y persona de mal vivir.