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Alguien me dijo una vez que no existía el tiempo en la noche, que en la mar la noche transcurre serena, que no mejor quietud que el movimiento, y que no hay peor pesadilla que una mar en calma. Y así fue y así es. En algún momento el viento ha dejado de soplar y no hay movimiento. Ni una sola ráfaga de aire durante dos días. El océano parece habernos tragado y el Sol nos castiga despacio. Hay provisiones y la carga parece callada pero la quietud reina en el Saint George como mujer, a la espera del gran chillido seco y frío. El capitán no sale de su camarote y sólo el obeso carpintero Josh parece atareado. Nos limitamos a limpiar las cubiertas y esperar a que el viento que termine por fin este silencio. Los marineros ya no bromean ni cantan. Desconozco la posición del barco y no hay nada alrededor salvo agua, silencio y espera, sólo el terrible horizonte calmado y el Sol que me abrasa.

 

X. Puerto de Bristol. 28 de julio de 1838. James H. Dover y Francis Cook

-¿Podrás hacerlo? –preguntó Francis Cook, dueño del Saint George a través de sus avariciosos ojos negros y su barba bien recortada. Frente a él, el que debía ser su capitán, James H. Dover, un viejo marino que ostentaba una más que atractiva marca: la carga siempre llegaba a puerto.

El capitán Dover sonrió. Iba vestido de paisano, a la moda de la época, quizá demasiado arreglado para una simple taberna de puerto, quizá con ropas demasiado poco elaboradas como para parecer el capitán: un gabán algo gastado y un chaleco roído sin reloj. Atusó sus largos cabellos y apuró la pipa que nunca le abandonaba.

-Aún nos quedan tres días, Francis –concluyó Dover mientras acariciaba su vaso de coñac-. En cambio, me preocupa otra cosa –dijo mientras lo observaba atentamente recorriendo con el dedo las pequeñas grietas en el vidrio-. ¿Serán los barriles de la misma calidad que este que ahora estoy tomando? Tenlo en cuenta, ni siquiera hombres aguerridos como los marinos pueden soportar semejantes bebidas a las del último viaje.

Cook detestaba aquellas salidas de tono del capitán, pero ya se había acostumbrado: no era su primer viaje.

-¿De qué murió? –preguntó Dover elevando inquisitivamente sus ojos azules.

-Dime que lo harás, James –continuó inquiriendo el preocupado dueño.

-Creo que… tomaré otro vaso de coñac para cerciorarme. Imagínate a los marinos totalmente destrozados por semejante brebaje. ¡Sería un desastre, Francis! ¿Cómo podríamos llevar a buen puerto nuestra empresa con una pandilla de marineros enfermos? Está claro que no lo conseguiríamos, Francis. Hay cosas que ni las mismas ratas podría beber.

El dueño del Saint George hizo un gesto al tabernero y éste se dirigió raudo a cumplir los deseos del capitán.

-Deje la botella, buen hombre… seguro que nuestro buen amigo tendrá el gusto, como hombre distinguido que es, de dejarle una buena propina. Seguro que quedará satisfecho.

El gesto de contrariedad de Cook se hacía más y más evidente a medida que el capitán devoraba un vaso tras otro de coñac. Sin embargo, estaba tranquilo: sabía de la destreza de Dover y conocía bien su determinación y buen juicio para llevar la tripulación.

-¿No bebes, Francis?

-Sabes que nunca lo hago –respondió el viejo Cook mientras miraba con ansia el coñac, que Dover se había llevado cerca de la nariz.

-Un olor verdaderamente nauseabundo. Creo que deberíamos encargar varias botellas de este coñac para cerrar las grietas. Te aseguro que funcionaría.

Y apuró de un solo trago el contenido del vaso.

Francis tomó rápidamente la botella y le sirvió otro vaso.

-Así me gusta, así me gusta.

-¿Lo harás?

-Lo haré, Francis. Ni una sola rata morirá en el barco mientras yo esté como capitán y, como siempre, la carga llegará. ¿De qué se trata esta vez?

-Algo bastante más nauseabundo que las ratas, pero que proporciona muchos más beneficios.

Finalmente, el viejo Francis sonrió y se rinidó: tomó un vaso y los dos hombres bebieron a la salud de la preciada y nauseabunda carga.

 

I

Cuenta una leyenda malaya que fue un niño perdido el primero en vencer al mar. Único superviviente de una tribu, los demás clanes le negaron asilo. Fue un pato salvaje quien le cedió su nido. Pero durante la noche, el río –irritado por la crueldad de los hombres- se llevó al niño. Al despertar, el niño creyó llegar al paraíso de los niños perdidos: el nido se balanceaba y todo en el cielo eran susurros y voces maternales. Avanzaba y su corazón se hacía más fuerte pero no tardó en sufrir el asalto de los siete tormentos del mar: miedo, hambre, sed, soledad, compasión, pesar y esperanza. Cuando llegó a tierra halló frutos y un cielo con una claridad desmedida.

Sólo hubo un tormento que el pequeño no pudo superar: la esperanza.

Y así se lanzó al mar vagando de una isla en otra, buscando en vano su hogar. No, no era ése el paraíso que merecía y así lo comprendió la mar.

Lo convirtió en piedra para que su pesar cesase al último promontorio, como guardián permanente ante el umbral del inmenso Pacífico.