¿Creías que te ibas a tener tiempo para preparar el viaje? Ya está aquí.

Auareth

Coros profundos y salvajes, corridos de miel y odio  que guardaban una extraña simetría en el aire, dibujando cadenas y garrotes. Nadie habló, sin embargo, y es que hay momentos en los que es mejor guardar silencio.

Nadie entendía las palabras y todos callamos, callamos, callamos.

Las voces venían desde las bodegas, todos lo sabíamos y nadie se atrevería a decirlo, ¿por qué?

Escuché su nombre por vez primera repetido mil veces en los coros de los mares:

-¡Auareth! –clamó el mar y escuchamos todos y cada uno de los marineros ensimismados en aquella música ancestral.

Una voz sin embargo sobresalía del resto, profunda y esponjosa como el azul de la mar, voz muerta ya. El resto de voces hacían los coros y algunos hombres parecían repetir siempre en silencio su nombre: ¡Auareth!

En casi un silencio tenebroso.

El coro duró una media hora. No había ni rastro del capitán ni del viejo Cook ni del extraño personaje que nos acompañaba en las noches y al que, sin duda, los marineros culparían de lo sucedido. Las voces fueron muriendo y reduciendo sus ecos hasta que no quedó en la mañana más que silencio profundo.

Fue la primera vez en el viaje en la que todos quisimos olvidar, en la que todos recordamos que llevábamos un cargamento de negros la Nuevo Mundo, bordeando el Cabo de Hornos.

Como todos sabíamos ya, la mar no estaba sola.

VI. Londres. Sin fecha. Cecil Hortsworth

Despierto.

Mi nombre es Cecil Hortsworth y mi historia comienza con un despertar, esa sensación que una mañana te invade y te invita a salir de tu cuerpo. Despacio tratamos de olvidarla pero regresa a lo largo del día.

Tengo una mujer y dos hijas a las que un día adoré, no les miento. Tuve dos hijas y una mujer a las que abandoné.

Mi mujer se llama Sara, Sara Hortsworth… desconozco si aún lleva mi apellido, a quién le importa ya. Un día fue una buena mujer, siempre fue una persona mezquina.

Trabajaba como contable para una firma de abogados en la vieja Inglaterra, en la capital, en el viejo Londres. Nada especial, pero al menos me mantenía desocupado y mi vida transcurría plácida. Cierta mañana me desperté decidí buscar esposa, así de simple. No fue difícil, no fue fácil. Sara se apareció ante mí como aparecen las mujeres: se proponen algo y lo consiguen.

-¿Conoce a alguna mujer casadera por aquí?

Mi jefe me miró extrañado.

-Sólo hay una cosa peor que un empleado casado, uno soltero –dijo el viejo entre risas que dejaban ver su dentadura corroída por la bebida.

La compañía se dedicaba a la exportación de pescado, nada higiénico sobre todo si se conoce el mundo desde dentro. En cambio para mí todo era  pulcro en el trabajo: cada día arreglaba mi corbata ante el espejo, me afeitaba y me lavaba la cara. Ningún contacto con la sucia mercancía. Siete trajes grises ligeramente cambiantes que mi madre me había regalado me darían la impresión de respetabilidad tan necesaria para el oficio de contable. Dos sombreros, un reloj que perteneció a mi padre… y a mi abuelo… y a su padre… así hasta que el día uno de enero de 1836 lo arrojé por la borda.

Nunca tendría hijos varones y el recuerdo de mi pequeña muerta aún me despierta en las noches frías. Ni un solo día he dejado de soñar con su rostro fino y sus pies diminutos como los de su misma madre.

-Creo que hay una muchacha de buena familia que te conviene, querido Hortsworth –siguió mi jefe mientras peinaba sus bávaros bigotes-. ¿Te acuerdas del viejo Thob?

Le recordaba vagamente. Thobias H. Gingsberg era un emigrante judío que había hecho algún dinero gracias a los barcos.

Odio a los judíos.

Gracias a nuestra empresa se había convertido en un ciudadano más o menos respetable o, al menos, todo lo que un judío puede ser respetado. Su mujer era una belleza local y también conocida en ciertos ambientes por sus gustos caros y ademanes selectos (nada común en el ambiente de negocios en el que todos nos movíamos). ¿Podía un simple contable pretender a toda una dama, aunque fuese una dama judía?

-El viejo Gingsberg es todo un negociante, joven… pero creó que aceptará tu propuesta. El jueves tengo que verle… quizá pueda hablarle de ti.

¿Sonreí? Creo que sí, o al menos eso intenté.

Cuando llegó el viernes, mi jefe y el viejo Gingsberg entraron por la puerta de mi pequeño despacho. Parecían felices, o al menos todo lo felices que pueden estar dos hombres acostumbrados a las malas artes del comercio.

-¿Es éste el muchacho? –Dijo el viejo sin apenas levantar la vista del suelo-. Parece sano… ¿me darás nietos?