Esfera II: Absenta

הכמה

Abenarabi se extendía sobre la colina, imponente. Ciudad de reyes y dioses, fundada en torno a la milenaria roca de Em, contaba sus años como el emperador cuenta sus días, cuna de religiones y profetas. Olía a nuez y azúcar, a miel y ceniza.

La ciudad descansaba, ya cercana la noche, sugerida en un cielo pálido y ocre. Stanislaus aspiraba las últimas briznas de tabaco en la vieja pipa Dunhill y su dichoso punto de calidad que, reverso y contradictorio, se situaba contrario a su natural dialéctica. Había sido un regalo de uno de esos comerciantes, extremadamente educado, afable, conservador y esteta: un ser odioso. Cada una de las pipas que tenía se comportaba de una manera especial… La Dunhill no gustaba de baños de sal o limpias cuidadosas, de reparaciones o demás caricias: debía conservar el olor de las mil picaduras distintas que habían bañado aquella selecta cazoleta. Recordaba ahora al comerciante, de avanzada edad pero de salud intachable, con tono distinguido, viudo y, por tanto, feliz entre las calles de la ciudad milenaria. Cómodo entre la gente, casi sonreía en un eco distante. No había necesidad de un trato cercano ni íntimo, tan solo un par de palabras amables. Era la sociedad patricia de embajadores y nuevas estructuras, muy alejada de los Martins o Fiodorovich que poblaban el Mississippi cuando era un niño. Stanislaus estaba a gusto entre ellos, en su respeto poético, a veces fingido entre silencios incómodos. Quizá por eso había elegido Abenarabi, un pequeño Hades de razas mezcladas, de barrios separados por hermosas leyendas. Tres alcaldes regían la ciudad, o lo que quedaba de ella, uno por cada religión. Estaba cansado… ¿Por qué terminar así? ¿Quizá el destino? No era un gran hombre ni era un hombre cualquiera, era aquello de lo que siempre había tratado de escapar: un hombre de su tiempo.

La abuela de Stan, la señora York, tenía varios hermanos, aunque ninguno la visitó jamás. Recordaba la vieja casa, rodeada por sauces, tan típicamente sureña que parecía sacada de una película de los años treinta. Ella permanecía eternamente sentada, en su gran sillón de matriarca, mirando por la ventana.

-Parece que lloverá.

En alguna ocasión, bajaba la vista y contaba algún cotilleo, lejano. Esperaba la anciana, siempre esperaba.

-¡Han muerto!

Nadie sabía muy bien a quién se refería. Su marido se movía, ligeramente, era la señal: un par de órdenes, bajaba la mirada, susurraba… Callaba.

-¡Apártate! Quiero mirar.

El abuelo York permanecía tranquilo, sin moverse. Despacio, se apartaba, ¿habrá vuelto al fin a la cordura?

-Los asustas a ellos pero no a mí, reliquia inútil –replicaba la dama, que ya comenzaba a estar fuera de sí-. ¡Aparta, vejestorio!

Y su marido apartaba la silla ante la atenta mirada de su hija Virginita que aprendía cada día las mejores artes. Con la cabeza baja, marchaba, humillado y mil veces vencido…, prefiere el fósil callar.

-Míralo, niña… No te cases nunca con alguien como tu padre o todos se reirán de ti. ¡Mereces sólo que te escupan, sapo!

-¡Ladra, ladra! -contestaba el abuelo antes de cerrar la puerta tras de sí. En los bolsillos de su americana llevaba un par de pipas, suficientes para pasar una tarde relajada.

Las mujeres quedaban solas, los rostros de las dos Virginias se relajaban.

-Parece que lloverá…

Quizá, al final, alguno de sus hermanos, esta tarde sí, la visitase.

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Sombras e historias planeaban ahora, mientras tomaba la bocacalle en dirección al callejón…, una gran mujer la abuela después de todo. Se reconocía ante el espejo de su abuelo el coronel, otro militar más en una tierra de caballeros y gandules. Admiraba a aquel hombre que le había contado innumerables historias de traición sobre las aguas cansadas del gran río… hablaba despacio primero para luego acelerar el ritmo, una anécdota, tres balas que silbaban… Por las tardes, antes del accidente de Cecil, daba largos paseos junto a los tres hermanos. Desde la ventana, las dos Virginias, observaban su regreso.

-¿Veis? Mis mujeres esperan que vuelva -el abuelo James reía por un momento-. Cuando seáis mayores, tal vez tengáis a alguien esperándoos, pequeños.

-¿Por qué no las llevas a ellas a dar un paseo también? –preguntó Stanislaus, ya un poco malvado.

En la casa, el anciano comentó a las damas lo que el niño Stan había sugerido:

-Ya me lo advirtió tu madre –Virginia York giró el rostro, sin mirarle-. Te conozco, estúpido, yo no voy contigo a ninguna parte. ¡Vamos! ¡Muévete!

Y el coronel sonreía, por encima de su bigote y de las maneras déspotas de su mujer. Fiodor II permanecería algunos minutos junto a las señoras… sacaba su pipa. Los hermanos estarían ya alejados, en el páramo más cercano a la finca, en el lugar en el que, años atrás, se encontraban los columpios. Su propia madre los había hecho quitar cuando Pierre nació: es un niño.

-No dejes que se diviertan demasiado, hija… o criarás holgazanes.

Frente al café “Yareah”, Stan recordó el rostro de su abuela.

-Dejadme pasar –imprecó la sombra.

Llamó tres veces, como en el poema. Tomó el pomo y lo giró. Desde el otro lado, la mano de su madre le impedía la entrada. Su madre se mantuvo íntegra: ¿había que proteger a los niños? Los tres hermanos continuaron en el sitio. Al fin y al cabo, los Fiodorovich eran unos holgazanes de la mejor clase. Estuviese donde estuviese, Virginia-madre ardería en el infierno como un buen tabaco azucarado, como un excelente burley.

Los tabacos del tipo burley tienen un toque marrón (muchas veces logrado a base de tratamiento químico) y son muy aromáticos. Stan despreciaba las mezclas basadas en él. Como en una buena comida, el gusto dulce ha de ser sólo un aditivo, casi imperceptible. Abusar de los aromáticos en la composición era motivo suficiente de desaprobación para cualquiera que se precie de buen fumador. Pero el burley tenía algo que le distinguía del resto: una vez recogido y reposado, las hojas se someten al proceso de tostado, lo que da un aroma sutil y un gusto acaramelado al conjunto. En ocasiones, se logra un tabaco excepcional que domina sobre el resto de la mezcla, erigiéndose victorioso por encima de casi todos los otros (sólo el latakia o el periqueé eran capaces de vencer en un combate equitativo). En otras, el resultado es lamentable.

Stanislaus Fiodorovich respiró aliviado, sonriente, olvidando viejas historias de juventud. Tomó una nueva pipa y, despacio, la rellenó con burley y virginias. Sí, también ella se quemaría junto con las hojas desmenuzadas: arde y espera, Virginia.

Resultaba extraño no sentir dolor alguno a pesar de la enfermedad. Casi podía imaginar el rostro del pequeño Dean antes de su nacimiento, en el interior de Elisabeth… aquel bebé que murió a los pocos meses de empezar a vivir. Abre los ojos, pequeño, mírame.

-Dime cómo te sientes, pequeño -imaginó sus facciones rotas, sus labios deshidratados y su mirada perdida que observaba atenta-. Cuéntame, dime qué se siente al morir, Fiodorovich.

Dean no cerraba los ojos, listo y vivaracho…, ya asomaban los cabellos rojizos, heredaste también…, aprendiste a ser cruel desde la cuna….

-Humo.

Sin quererlo, avergonzado, el fumador casi pudo comprender: murió con los ojos abiertos como dos lunas llenas.

El cartel del café anunciaba el texto en hebreo, sin puntos diacríticos: ????, “luna”. Algunos curiosos esperaban, un cartel sucinto informaba de la conferencia.

La Chimère

Extraña manera de pasar sus últimos días, ¿sus últimas horas?

“La Chimère” fue uno de esos artistas de la generación francesa anterior a la gran guerra: “burgueses que escribían para burgueses”. Stanislaus no veía en sus textos más que otro simple poetastro imitador de Byron. Espejos encerrados en sus seguros reflejos.

Guillerme “la Chimère” Pradel había nacido en el París de 1878. Había sido un admirador más de la “poesía perdida”, pero pronto se convertiría en un autor para exégetas y aspirantes a críticos. Apenas se sabía nada de la vida de Monsieur Pradel y en las numerosas -pero parcas- librerías de Abenarabi su nombre y obra habían sido poco menos que olvidados. Hacía algunos años había leído una reseña biográfica del misterioso autor y su curiosidad le había llevado a investigar en la Francia de la Tercera República. Sabía que su padre había muerto en un accidente y que su madre le había dejado una pequeña renta con la que poder mantenerse el resto de sus días.

-Escritores inútiles -pensaba Stanislaus mientras se mesaba la barba y comprobaba, invisible, el recorte perfecto-. Pradel conservaría siempre su aspecto disoluto, algo cómico. Las fotos hablan y no te fue bien: viviste finalmente de la caridad de tus amigos, escasos pero fieles, casi con un sentido poético de la indigencia.

Stanislaus entró en el local, donde se servía té en mesas dispuestas especialmente para la ocasión. Tomó su pipa y sonrió, siempre le había gustado el tono de sublime estupidez de aquellos seres insignificantes, pugnando en vano por atraer a la oveja del sexo contrario. La Savinelli -una de las pipas italianas más afamadas- producía un humo espléndido, pétreo… al poeta de versos cobardes le hubiese gustado.

Pensaba en “la mezcla” aún por terminar. Durante años la había ideado, la mezcla perfecta que llenase su paladar… ¿una pizca de burley? Muy poco, o sería vulgar. Siempre había sentido curiosidad ante el reflejo prestado de los minúsculos y profundos ojos de Dean clavados en el rostro de su madre, del primer Fiodor que no vertió una sola lágrima, como si ya conociera el triste final.

No fue hasta 1864 cuando un cultivador de Ohio logró por casualidad una hoja deficiente de clorofila. Es lo que hoy llaman el burley blanco que, mezclado con virginias y otras variedades de relleno, produce la denominada “picadura americana” (o blended) con la que se elaboran los cigarrillos rubios: repugnantes, mediocres.

“La Chimère” había fumado pitillos: nadie podría escribir un poema decente rodeado de lo ordinario.

Arrancó una brizna, sostenida con los dedos índice y pulgar, y cargo la cazoleta. Presionó, un poco más, de nuevo. Estaba lista. Era una mezcla amable, de ésas que no desagradarían a trovadores risueños. Cogió del bolsillo exterior de su americana (corte cruzado) el atacador de plata y presionó el conjunto -no demasiado, le gustaba el buen tiro-. Una dama le miraba con la peor de las desaprobaciones, la femenina. Sonrió por un momento: era mejor no prestar atención a aquellos insectos insignificantes, puede llegar a producir desasosiego.

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Pidió absenta y preguntó por la conferencia. La camarera era una muchacha grácil, con la única virtud de un rostro bello que dejaba aún más a la vista su casi total falta de educación. Su camiseta entallada y sus formas marcadas no daban lugar a dudas: el crédito se cobra en base a intereses, es lo que llaman “amor”. Su amante estaría sentado en la barra, mirando con celo a todo aquel que pusiera su mirada en ella. Curioso mentecato, la muchacha coqueteaba con todos y todas, rozando distraída a los clientes, mirando a un lado y a otro, divertida y segura.

La charla tendría lugar en el salón interior del café. Había estado otras veces allí pero no por ello el local se había vuelto más elegante. Incluso Pradel se hubiera sentido cómodo en aquel tugurio que aún conservaba la distinción de lo necio. Las mesas, con un mármol gastado, amenazaban con separarse del soporte, de hierro viejo y oxidado. Éstas se disponían de manera rectangular permitiendo el libre paso por la zona central. Así, los asistentes podrían mirar a otros lados so pretexto de observar a su interlocutor. Las sillas, forradas de un material similar al terciopelo (que el fumador no adivinaba a distinguir) estaban construidas de la peor madera de pino y su crujido se hacía evidente a cada movimiento. Sobre sus cabezas bailaban imágenes, en los tan tópicos como socorridos espejos, que dibujaban siluetas y gestos torcidos. El café “Yareah” tenía sin embargo algunos atractivos pintorescos, y es que atesoraba algunos vicios de antaño, como la venta de cigarrillos en unidades y unas lastimosas escaleras que llevaban a unos aseos en los que ningún caballero se hubiese atrevido a entrar.

Pero Stanislaus no era un caballero.

Tomó asiento y esperó su bebida. Si la mujer volvía a entornar la vista con tono de desaprobación, Stan le devolvía una sonrisa bañada en humo espeso. Regresó la camarera, ante la atenta mirada de su amante. Aquellas jovencitas siempre estaban buscando algo mejor, y el petimetre de la barra bien lo sabía. Vestido de manera modesta, parecía un buen muchacho, y se notaba en su rostro la mirada de un amor quizá verdadero, aún leía novelas en los ojos de las mujeres. La camarera sonrió al fumador, coqueta y falsa, dejó un terrón de azúcar, un fósforo y la cucharilla agujereada. Al menos aún quedaban lugares en los que se podía beber con cierto estilo.

El simbólico nombre de “la Chimère” bien merecía un brindis, era un buen apodo para un artista mediocre. La muchacha dispuso la cuchara y el azúcar sobre el espigado vaso, y vertió el verde contenido en él. Conocía bien el procedimiento: llevar el terrón compacto a la boca y saborear las primeras gotas de absenta amarga. Stanislaus no era amigo de costumbrismos, así que revolvió el azúcar y éste se disolvió completamente.

Aquella absenta, de la variedad española, impregnaba su olfato de un fuerte aroma anisado. Bajo el sobrenombre de “El Hada Verde”, la absenta había sido consumida principalmente en la Francia de principios de siglo debido a la fuerte y precipitada subida del precio del vino que había motivado una mala cosecha. Las gentes, ávidas de un producto más económico, tomaron este destilado del ajenjo y su consumo se extendió por todo el país. Cuando bajó el precio del vino, los franceses aún seguían seducidos por los efluvios de este producto barato y de fuerte contenido en alcohol: había que hacer algo. Los productores de vino instaron a las autoridades a prohibirlo, acusando a la bebida de “fuertes efectos psicotrópicos”. Se popularizaron entonces mil leyendas en torno a las consecuencias perniciosas del verde licor. El más gracioso, y por ello el más popular, era conocido como “El crimen de la absenta”, en la que un saleroso hombrecillo asesinó a su familia tras consumir un vaso del (cuanto menos) prodigioso brebaje (lo que no citaban los diarios de la época es que el simpático tipo solía consumir, como beatífica costumbre, varias botellas de vino al día). El gobierno galo prohibió el consumo y la venta de la absenta. El resto de países, lógicamente, copiaron las restrictivas medidas al instante (ya se sabe, la estupidez y la enfermedad se extienden más rápido que la prudencia, siempre fue más fácil imitar los pecados que las virtudes). Después, sólo se permitió su venta y producción en España y Portugal, y en algún que otro lugar perdido como Abenarabi en el que se prefería mantener contentos a los ciudadanos y no preocuparse. Para el resto de países, habían quedado otros sub-productos, de sabor similar, pero de escaso contenido alcohólico.

España era el único lugar en que aún se destilaba directamente del ajenjo según su fórmula original. Los efectos, lejos de hacer ver duendecillos, consistían en un fuerte adormecimiento y sopor, seguido por un entumecimiento de los sentidos que distaba bastante de poder ser calificado de simbólico. Las famosas visiones psicodélicas eran producidas por los tujoles (que contenían elementos químicos similares a los de la marihuana). En realidad, presentaba tan baja cantidad de sustancias psicotrópicas que un individuo debería beber unos veinte vasos de absenta para poder sentirlos mínimamente. Stanislaus bien sabía que ya cinco producían una ebriedad considerable, casi enfermiza. Sólo tomaría cuatro, los justos para no sentir nauseas en la conferencia (y los suficientes para no prestar demasiada atención). ¿Dónde estás, pequeño Dean? El fumador no conseguía encontrar todavía el dolor.

Todavía quedaba media hora para el inicio de la charla. Había un par de tipos raros que, como él, esperaban a que el tiempo pasase. Ya no tenía la manía de llegar con puntualidad a las citas, sino simplemente el aburrimiento de no tener nada que hacer desde que se levantaba. Baudelaire lo llamó “spleen” (en realidad sólo tomó prestado el concepto de los humores clásicos de la cultura helénica, concretamente de la “bilis negra”), y es ese hastío vital que hace consumirse poco a poco a aquél que lo padece. Era sólo tedio, el mismo sopor que se siente cuando nadie espera en casa o cuando nada resta esperar de la vida. Stanislaus jamás sintió “spleen”, sólo monotonía. La enfermedad estaba ahí, presente, amenazando con consumirle.

Se observaban unos a otros reconociéndose entre iguales. Había alguna que otra pareja, con el rostro estúpidamente interesante de él, la mirada ingenuamente lacerada de ella, fingidamente embelesada siempre. Durante demasiados años, los había visto pasar de un café a otro, distintas máscaras en las mismas expresiones y forma. Observaba a un grupo de ancianos charlar graciosamente, no podía escucharlos. Estaban también los solitarios, a veces con algún libro en tono forzado, esos jamás leían, sólo observaban las presas que nunca caerían, como un cazador sin arma. A veces acudían muchachas jóvenes, muchas de ellas incluso atractivas, y coqueteaban con los literatos desmarañados. Alguna miradas perdidas, nada más.

Las puertas de la sala interior se abrieron despacio. Stanislaus tomó el vaso de absenta y se apresuró a entrar para poder elegir el lugar adecuado. Había unas veinte sillas, dispuestas en forma de rectángulo en torno a unas mesas: el siempre seguro espíritu del comerciante. Se sentó en la zona más alejada, en la que probablemente ningún otro se sentaría.

Muchas veces, incluso se podía ver al propio interlocutor presa de las garras de la bebida, momentos curiosos, en los que se daba cuenta de su propia falta de capacidad y comenzaba a sudar a borbotones. No conocía al orador, probablemente algún presumido con demasiadas lecturas sobre “la Chimière” y escasa imaginación, era el signo de los tiempos. La convocatoria de aquellos actos era escasa, pero terminarían por juntar en torno a veinte personas, aburridas y sin nada que hacer como el propio fumador, que escucharían una charla que nada aportaría sobre el tema tratado.

Entró una joven con aire intelectual, pero exhibió también sus formas. Dos jóvenes pidieron vino suizo, blanco.

Sin dilación, un individuo rollizo con sombrero y barba sin cuidar entró y se dispuso en la parte central: el conferenciante, sin duda. Miró al auditorio, muy nervioso, y llamó a la camarera.

Todo estaba listo para comenzar.

Habría que celebrarlo: estaba enfermo, Stanislaus pidió otra absenta.