Nueva Entrega

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Thalía, la sirena

¿Ni siquiera le rozaste con tu cuchillo? ¿Tengo que recordártelo? Te lo diré sin mover los labios, Cook. ¿Prefieres Francis? No contaré tus mentiras, no contarás las mías. ¿Cómplices de un delito no cometido? ¿Cómo quieres que sea? ¿De qué color te gustaría que fuese mi pelo? Puedo transformarme en quién tú quieras y puedes contarme la historia que te apetezca que te creeré, que seré tu cómplice de cabellos azabache, color crema esmeralda color mentira, cuéntame tu historia otra vez, Cook, cuéntame cómo le desgarraste la oreja al niño con su madre mirando, cuéntame que yo te contaré también mi historia real, la e aquella bestia que me desgarraba por dentro mientras aún no había nacido, aquel ser al que odiaba por ser hijo mío y por haber detenido el fluir de las aguas. ¿Dónde están tus hermanas ahora, Cook? ¿Dónde están las mías? Con el tiempo todos nos volvemos mentirosos, y con los siglos la mentira se convierte en verdad, y yo sólo creo tu historia, y yo sólo creo aquello que no puedes contar.

W.W, Cecil Hortsworth, Dover

Wilson sólo salía de noche, como hacen las malas personas. Ya desde pequeño le había aquejado aquel extraño mal sin nombre y sin cura. No es que no soportara la luz del sol, pero un día le comenzó a incomodar y, simplemente, no volvió a querer salir. William Wilson pasó su infancia con tutores particulares y sin amigos, con la única compañía de puzles y libros. Prefería claramente los primeros, mucho más entretenidos.

Mientras lo veo a lo lejos apenas parece imponente. La tripulación, incluso los negros han callado ya. El Cabo de Hornos se alza ante nosotros despacio y nadie quiere apurar el paso para no enfrentarse a él. Lo más temido por los marineros, el paso del Atlántico al Pacífico a través de una eternidad de oleaje en la que muchos barcos has encallado. A un lado, los glaciares, al otro, las rocas.

Cuando tenía unos ocho años –le decía Wilson a Dover-, mi padre me llevó por vez primera a una taberna-. Mi madre no replicó lo que, dicho sea de paso, era una cosa bastante extraña. ¿A dónde me iba a llevar si no? Incluso en los días más lluviosos de Londres tengo que salir embutido en un sombrero y con la cara cubierta.

Nadie entre la tripulación sabía el motivo del viaje de Wilson y, para ser sinceros, ni el mismo W. W. tenía pleno conocimiento del mismo.

Cuando vi aquellos pequeños ojos me recordaron a los de mi hija muerta, claramente. Cerrados. Pero más que los ojos eran los labios. Al menos a aquel ser su madre le quería, envuelto en aquellas ropas. Cuando subieron al barco sabía que traerían la peste o algo peor. Siempre estuve de acuerdo en quemar el cadáver.

-Esclavos, Wilson –le repetía el dueño del barco, Francis Cook-. Ni siquiera hombres, Wilson, sólo esclavos.

El padre de William había sido médico y precisamente una de las grandes frustraciones había sido que su hijo no estudiase Medicina.

¿Cómo iba a hacerlo? –Se preguntaba en voz altisonante Wilson-. ¿Podía acaso salir de casa y asistir a las clases? Se llamaba como yo y se llamaba como mi abuelo, incluso creo que mi tatarabuelo se llamaba también William Wilson, médico también. Constantemente repetía que la culpa fue siempre de mi madre, una dama blanca en todos los sentidos: desde el color de la piel hasta el comportamiento en el dormitorio… ¿Cómo lo sé? Aparte de médico, y como buen médico, mi padre era también un gran aficionado a la bebida.

Wilson levantó la copa ante Cook y Dover.

-¡Por mi padre: el mejor de los hombres y el peor de los padres! Se suicidó cuando apenas tenía quince años. Un alivio para todos.

No, no era una vista espeluznante. Las olas eres bonitas, como una melodía que se extendería hacia el cielo.

Wilson poseía los suficientes conocimientos sobre medicina como para atender una epidemia en un momento dado; los suficientes datos sobre oceanografía y corrientes; los suficientes sobre literatura, alguno de filosofía. De qué serviría en el Cabo de Hornos.

Sí, es difícil aceptar la propia mentira, pero termina por hacerse. Fui yo misma quien lo hice, fui yo misma quien ahogué a mi hijo y fui yo misma la que así me hice.

Wilson no había heredado la tendencia al alcohol de su padre: un vaso de vino y no más. Rara vez se le veía probar el ron o el whiskey (huelga decir: hecho más que sorprendente entre marinos o marineros). Wilson había sido aceptado entre los oficiales quienes, por cierto, no eran más que tres y, desde luego, sería apenas uno siguiendo las estrictas leyes del mar.

Fue Cook quien solicitó su presencia en la expedición.

-¿Para qué queremos a un hombre que parece un fantasma? –cuestionó Dover, capitán del Saint George, con el propio Wilson presente.

-¿Ha tenido alguna vez la sensación de sentirse observado por un espíritu, James? –Interrumpió Wilson a Dover-. Entiendo que como capitán llegue a tomar cierto cariño por sus marinos pero cuando se les observa en circunstancias extremas sólo se puede esperar de ellos dos cosas.

-El motín –interrumpió a su vez Dover.

-O la muerte, no se olvide. Por la mañana hablarán sobre el espectro que pulula en la proa del barco, olvidándose de otras estupideces. Los marineros son valientes y nobles, sí, pero también los peores de los hombres y sólo deben temer una cosa: la superstición. Alguien dijo una vez que sólo hay tres clases de hombres: los vivos, los muertos y los que se adentran en alta mar, entre la vida y la muerte.

Es difícil no creer la propia historia que tantas veces a ti misma te has contado: la más bella entre las tres hermanas, la más dulces, la de la más bella voz. El mar nos susurra cosas distintas, Cook.

Cook sonreía ante las ocurrencias de su adquisición, que ya le había acompañado en otros viajes. Dover no se sentía a gusto con aquel hombre de modales entre forzados y vulgares, con aquel hombre que parecía disfrutar en su papel de fantasma que nada producía al barco, salvo más temor. ¿No tenían suficiente con llevar en tiempos de prohibición un barco repleto de negros?

-Ni el más hábil de los capitanes podría ocultar semejante carga, James. Cuando los esclavos canten, los marineros se pondrán nerviosos, y será en ese preciso momento cuando James H. Dover, capitán del Saint George, dejará de tener dudas.

Wilson miró un momento el reloj antes de continuar.

-La hora del paseo por cubierta. Noche nublada: ¿quién está de guardia?