Yo soy Romeo y soy cocinero.

Nunca me gustó mezclarme con semejante chusma, sobre todo con irlandeses, raza de inmigrantes pendencieros donde las haya.

Tenía ante mí a un irlandés mirando mi barco, observando con ojos de borracho la que sería mi casa. No he conocido a un solo irlandés que no se tambalee mientras camina. Le sonrío pero una terrible arcada recorre mi cuerpo entero: ¿podría viajar con semejante morralla a bordo? Dicen que son todos pelirrojos pero es mentira y disimulan sus cabellos con tintes y demás mugres, unas veces naturales, otras también. No, no quieren los irlandeses que se les reconozca porque todos sabemos ya de su iniquidad. He viajado durante toda mi vida y han asesinado a la que un día fue mi mujer, que no mi amada ni mi amante. No importa, en realidad sólo era una mujer y hay cientos de ellas transitando entre puertos y ciudades y montañas y valles. ¿Qué importa una irlandesa más? Sí, era irlandesa y pelirroja y bebía más que cinco marineros juntos pero no la mataron los irlandeses, no, la asesinaron los negros pero no les guardo rencor. Lo hicieron simplemente porque tenían que hacerlo. ¿Qué puede hacer un animal en celo salvo matar?

Me aparto desde entonces al ver a un negro como todo hombre civilizado. Sin embargo, convengo en que son una excelente mano de obra. En cambio, ¿para qué podría servir un irlandés? Beodo y pendenciero, no existe peor clase de hombre. Un irlandés bebe para que tú bebas y así robarte la cartera.

El irlandés hace como haría cualquier que haya nacido en aquella isla infecta: se ha ido a la taberna.

Los barcos están llenos de irlandeses y de ratas.

Nunca he cocinado a un irlandés, pero sí carne de rata.

Me negaría a cocinar a un irlandés.

Porque soy cocinero y mi padre era irlandés.

Y porque tuvo mi padre el mal gusto de ponerme por nombre Romeo, por no sé qué libro.

Pobre irlandés borracho.