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Bueno, como ya sabéis (sigo sin saber por qué uso el plural),  me gustan los temas sociales, polémicos y con mucho contenido, los tipo Geroge Clooney, vamos. Así que esta mañanita me levanto, con resaca (esta vez sí), y leo un artículo sobre la crisis de los cuarenta y dicen que a los treinta lo normal es intentar casarse, sentar la cabeza y eso y que a los cuarenta, si se tiene pareja o no… me digo… ¿se tiene pareja o no? Francamente, no tener pareja a los cuarenta es un verdadero fracaso, lo admitamos o no.

Comencé a salir con la que fue mi novia hasta hace unos meses cuando no había cumplido los treinta. Vale, me sacaba unos años pero era simpática y lista y eso y bueno, una cosa llevó a la otra y, diez años después, me mandó a la porra porque, como en Ikea, tenía que ‘redecorar su vida’ y sobraba en el salón. Entre medias intenté hacer lo que decía el artículo, lo de intentar tener un futuro más o menos afianzado y demás. No, nada salió como debía y ni piso ni trabajo estable ni leches: cinco libros publicados, un matrimonio fracasado, tres pseudo-demandas, un negocio hundido… sin hijos… jo (er), ahora sí que han llegado los cuarenta, sí.

Ayer estuve con una persona (sí, era una mujer, a veces incluso hasta me hablan) y nada, estuvo divertido tener compañía aunque fuese sólo por una tarde, sí. Y han sido dos días intensos sí (lo de la coletilla del sí ya he nota que es la tercera vez que lo uso, sí). Ya tengo título para el libro, en el próximo post lo publico, tengo que hacer la portada y demás, pero me he ido de media juerga (antes sería cuarto de juerga, pero ahora a los cuarenta tengo una sensación de intensidad y resaca tipo The Wolf of Wall Street), me han dicho que tengo las piernas delgadas (manda co…, porque estoy hecho una vaca), me he trincado unas tres botellas en dos días y la sensación de vacío no se va.

Y quizá es precisamente eso lo que acontece a los cuarenta, la sensación de que esa vida que a la que veces pretendemos aferrarnos se ha ido definitivamente. Sí, no volverán (como la canción de Ana Belén, vergüenza lo del Goya, pero bueno) los días de Universidad y cuando un día tras otro la vitalidad era… en el artículo dicen que se recobra vitalidad a los cuarenta. No, no, sentimos que la hemos perdido y fingimos intentar recobrarla (que no se parece ni en el forro a ‘recobrarla’). Sí, amigos, la vitalidad de antaño se ha ido como la novia que tuve y que, lo tengo que reconocer de una vez, no va a volver. La crisis de los cuarenta es simplemente eso: que a partir de ahora la cosa va a ir para abajo (si no ha empezado ya, que todos sabemos que sí, porque no somos los mismos, reconozcámoslo) y que hay que aceptarlo.

La chica con la que hablé ayer, algunos años más joven que yo pero no demasiados, me considera un viejo. Yo voy por ahí y sigo como teniendo dieciocho y pensando que Matrix se ha estrenado la semana pasada pero… no, hace algunos años de eso y el tiempo, aunque en los últimos años no me haya dado cuenta, no ha pasado en balde. Sí, he hecho también eso de ponerme a dieta y adelgazar (mi surrealista ‘dieta del whisky’ que consiste en no comer y trincar, ya no recomendable para nadie, los médicos lo llamarían ‘desnutrición’ pero como no hay ninguno presente…), aunque también tiene que ver lo de la separación y eso (un verdadero desastre que sí me esperaba pero, aunque obvio, me llegó de sopetón). Supongo que esto de tener cuarenta es fingir que todavía somos jóvenes pero sólo lo vemos así nosotros (eh, que nadie se ofenda, que seguramente vosotros estáis hechos unos yogurines), que nos molan las redes sociales y eso (y la verdad es que no, joer, que nos ha pillado fuera de tiempo) y que cuando usamos palabras como ‘molar’ o ‘guay’ somos tela de ‘molones’ pero… ejem, al final no sabemos ni quién es Rhianna porque nos hemos quedado en el Saturday Night de Whigfield (sí, el baile del patito).

Esto es tan patético como lo de los perritos. Mi Jack tiene ocho añitos y no le cambiaría por nada pero… cuando tenía uno sí que parecía el puñetero Neo en Matrix, subiéndose (literalmente) y corriendo por las paredes. Pues ahora ya no lo hace y sí, está contento pero la edad pesa y la siesta le gusta más que a mí el whisky. Sí, la chica esa del baile del patito está más pasada que el tebeo y cuando la chica esta me miraba ayer (que tampoco me miró mucho, vamos a ser sinceros) no veía más que a un viejo mucho mayor que ella. La conozco ya de cuatro días y es una mentirosa redomada pero… ¿Qué queréis que diga? Todo el mundo miente en este mundo y vengo de la capital de la mentira (New York, New York, it’s up to you) y a estas alturas que te suelten mentiras es el pan nuestro de cada… no metamos a Jesucristo en medio.

Sí, tener cuarenta es darte cuenta que estás solo. Ya cuando tenía pareja me había dado cuenta, y aunque tomásemos las copillas y tal juntos todas las noches, la sensación de soledad y spleen (siento usar esta palabra pero viene a cuento) nos acompaña. Nos damos cuenta que el tiempo pasa, no, que el tiempo ha pasado ya y que no volverá y ya podemos poner un póster de Cristiano Ronaldo en la pared que… ése tampoco va a volver a ser el que era. El tiempo pasa y en unos años cuando hablemos de Cristiano y Messi sabemos que los jóvenes nos miraran como ‘otro viejo otra vez con Kubala y DiStefano’. Pues más o menos en diez años (un poco más) vamos a estar así y como cuando yo era joven lo de beber y fumar ‘molaba’ pues ahí me quedé y ahí sigo pero lo que ‘mola’ ahora es otra cosa y como a mí no me ‘mola’ nada pues… me quedé desfasado.

La crisis de los cuarenta es el tiempo, es sentir el desfase, el spleen, la carencia, que la juventud se marchó y que no volverá. ¿Crisis? Reconozcámoslo, sí. La vida anterior, simplemente, no volverá.

Video: Whigfield – Saturday Night [Official Video HD]