Cervantes_Jáuregui

CAPÍTULO I

Primer sueño: sobre el envidioso fantasma de Cervantes

Intervienen: Mihai Eminescu, Friedrich Holderlin, Miguel de Cervantes

Respira ya el dios entre palabras y humo. Anoche soñé con un gran bosque rodeado de cuervos que devoraban mi mente entera. Soñé mi nombre pero también lo he olvidado. Tengo la sensación de haber estado una vida entera viajando pero hay locos que aún me recuerdan encerrado en una biblioteca en la que me espera un terrible hombre con bastón que me maltrata una y otra vez, torturado por mil dagas ardiendo.

He visto el mar y un gran bosque que me lleva al infinito pero no consigo recordar mis palabras. Dicen los locos que en otro tiempo fui un gran poeta que perdió la razón. Sé que mienten porque están locos y cada día me hacen pensar que yo también lo estoy.

Puedo aún sentir a los cuervos sobrevolando mi alma. Ellos gritan constantemente como hacen también los locos. Ellos me abandonan y el bosque está desierto. ¿Es éste mi sueño o alguien me lo ha prestado? Me cuesta despertar y abrir los ojos pero no quiero ya más volver al bosque ni escuchar los gritos de los cuervos ahogados.

Me miro un momento más y los cuervos callan y huele a éter y a medicinas.

Despacio me alejo en esta celda oscura y me acerco para intentar recordar mi nombre. Alguien me lo susurró anoche en sueños pero lo he olvidado. Visten de blanco y se hacen llamar enfermeros y me hacen llamar loco pero sé que no lo estoy porque en otros tiempos fui un gran poeta. Tengo la sensación extraña de que fue otro quien escribía los versos por mí, pero tengo también la certeza de que fui yo, o al menos una parte de mi yo anterior.

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Los Siete Pecados de Eminescu. Martín Cid
Los Siete Pecados de Eminescu. Martín Cid

Aún estoy aturdido por la fuerte medicación pero tengo la decisión de no permanecer el día dormido. ¿Qué día es hoy? Los lunes las enfermeras traen mermelada y algo de miel, pero no queda en mi garganta ni rastro de algún sabor dulce, así que no es lunes… de algo estoy seguro.

Recuerdo un poema que trataba de Dios, se llamaba “hoy no es lunes”. Mi dios volvía a la Tierra para sacrificar a su hijo: ¿han visto algo más ridículo? No fui yo quien lo escribió, sino alguna de las voces que a veces me asaltan. Hay que estar atento para no perderse, porque en las noches los fantasmas locos se confunden con los cuerdos y se puede escuchar en el sanatorio un coro aterrador de voces.

A veces, incluso, los locos cantan.

Creo que estoy recuperando la cordura, ya comienzan a desaparecer los efectos de los narcóticos. Es el mejor momento de este día que no es lunes. Comienzo a sentirme otra vez cuerdo y me levanto y llamo a la enfermera y ella me da agua. Me gusta su olor a tierra seca, me gusta cómo se agacha y me susurra un poco coqueta.

A veces salimos también a caminar. Ella me acompaña porque estoy debilitado por la enfermedad. Me pide que le cuente historias de ese otro personaje que me atormenta. No lo recuerdo pero ella insiste y me habla de otros dos personajes: un hombre que escribía en los periódicos y otro que, en soledad, perdió la cordura. Ella habla y habla. Me gusta la enfermera porque se dirige a mí como si fuera un niño pero prefiero guardar silencio y no recriminarla con la verdad: no estoy loco. Puedo imaginarla llamando al director del hospital y confesándole que yo, su paciente, no está enfermo y no tiene que permanecer por más tiempo en este sanatorio al que ya me acostumbré cuando el efecto de los medicamentos se ha pasado. Creo que hoy le pediré que escape conmigo. Intuyo que estaría dispuesta a ayudarme y también que está planeando mi fuga, quizás un lunes. Será el lunes porque hay miel y mermelada, y es lo único que me gusta desayunar y así estaré fuerte para el camino. Estoy demasiado delgado y frágil. Siento como si mis brazos estuviesen a punto de desprenderse de mi cuerpo. Me imagino derrumbándome mientras escapo con mi enfermera. Ella se detiene y me toma por el brazo y me sujeta pero mi brazo se desprende y entonces yo me desplomo de nuevo en este agujero y entonces decido permanecer callado un poco más.

Un poco más.

Me estoy despertando y espero. Hace un bonito día, o eso creo. El techo del hospital está mal pintado. ¡Qué falta de gentileza! Escucho las voces de los que sí están enfermos y tampoco pueden levantarse de la cama. Su única actividad es mirar el techo del hospital, ¿por qué entonces no lo pintan? ¿No comprenden acaso que es la única manera verdadera para el enfermo de recordar su cordura? Están atados de pies y manos para evitar su desplazamiento… hay algunos que incluso están amordazados para evitar que se muerdan la lengua. En mi caso prefiero no hablar porque tengo miedo de que mis labios no me obedezcan debido a la medicación. Pienso otras veces que se romperían despacio y otras más que están hechos de mermelada y miel seca.

Escucho pasos en el silencio y alguien se acerca y me toma de nuevo el brazo. Siento el pinchazo que me perfora, justo ahora que comenzaba a recordar mi razón, cuando por fin las voces guardaban silencio.

Ahora caen mis párpados, ahora duermo otra vez por siempre.

Te recuerdo poeta, amigo mío.

Creo que estoy despierto.

Me recuerdo poeta, triste loco.

Rodeado de la más profunda oscuridad, sentí el motivo de una presencia extraña.

-¿Quién eres? -pregunté sin dilación, otra vez dormido, otra vez loco.

Ante mis ojos se erigía un caballero elegantemente vestido aunque algo desarreglado, a la moda de una época que se me sugería pasada: levita alemana, nudo mal compuesto y una ligera cabellera grisácea que caía sobre sus hombros. Miraba de frente, como en un viejo retrato de principios de siglo.

-¿Cómo un poeta quieres decir? -me preguntó el hombre.

-Sí -respondí-. Como un poeta.
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Los Siete Pecados de Eminescu. Martín Cid

Intenté mirar a mi alrededor y buscar un bosque, como hiciera en un viejo poema de algún escritor florentino: sólo oscuridad y su mirada fija en mi rostro. Siempre me ha incomodado que me miren de esta manera, creándome una especial sensación de hostilidad y desasosiego.

-¿Quién necesita un Virgilio? -preguntó el poeta-. Cierto es que en otros tiempos fui poeta y mi vida estuvo llena de agitaciones y melancolía, de versos y canciones, también de éxitos y muchas envidias y miserias mil más.

Despacio, no lograba recordar sus facciones o sus gestos… desde el otro mundo de locos, cantó el coro:

Des Ganges Ufer hörten des Freudengotts

Triumph, als allerobernd vom Indus her

Der junge Bacchus kam mit heilgem

Weine vom Schlafe die Völker weckend.

Sus palabras sonaban aún huecas y contrahechas, repetidas y olvidadas. ¿Era realmente él, el poeta al que tanto admiré en mi juventud ya desierta?

-Lo soy, amigo mío y compañero -sentenció Friedrich Holderlin.

-¿En dónde estamos? -pregunté de nuevo.

-Me alegra al fin conocerte y me alegra leer en tu mente ahora virgen, amigo y compañero, hermano. Fueron largos mis días y fueron también turbios y apartados cuando aquella enfermedad sobrevino, como ahora a ti te está pasando. Ahora sueñas con un poeta muerto, pero pronto regresarás y pronto volveré a guiarte para darte a conocer tus penas y mis males, para darte otra vez las letras, para devolverte otra vez la razón. He aquí la respuesta a esa pregunta que aún no has hecho.

-¿En dónde estamos?

-Es éste un lugar sombrío de tu mente donde recordaremos tus letras y pasajes y tus miserias. Como tú, también yo fui loco y también yo sentía cómo, despacio, mi yo se alejaba hasta que ya no pude por más tiempo recordarlo, hasta que no pude ya más olvidarlo. Se tiñeron mis días de ira y violencia, también de lágrimas de niño porque había perdido la razón. Terminé mis días bajo los cuidados de un ebanista. Treinta y seis años duró mi locura, tu vida entera. Como tú, caminaba sin rumbo y de nada me servían las reglas de los hombres y olvidé otra vez, de nuevo, que existió un día un poeta llamado Johann Christian Friedrich Hölderlin de mirada fija y penetrante, autor de versos griegos y prosa lírica, sabio y loco a la vez, perdido en el laberinto de mi tiempo todo. Soy ahora el que te habla desde los confines de tu locura, soy ahora tu fantasma.

-Eres ahora mi salvación -sentencié.

-Dicen ciertas culturas que el alma está escrita en el nombre y que contiene todo lo que ha de acontecer y todo lo que habrás de vivir y sentir, todo lo que habrás de -otra vez- escribir. Te entregaremos un nombre y te enviaremos allí donde se forman los poetas, a la cuna misma del tiempo y del espacio, a los confines del tiempo. Te llamaremos Mihai Eminovici y así te reconoceremos.

-Mejor Eminescu -canté por vez primera al reconocer mi nombre, al volver a nacer. Al elegir y al tomar conciencia, mi amigo Friedrich sonrió por vez primera y una lejana luz comenzó a filtrarse por entre la nada en la que nos encontrábamos. Pude escuchar el canto de un pájaro y un pequeño pueblo. Una mujer vertía aceite y picaba cebolla y carne picada y repollo y lo enrolla en una hoja y lo cocina y su olor me transporta a ese tiempo y veo a un niño, me veo tomando sarmale.

-¿Qué ave nos canta, Mihail?

-Claquea el pico y así es este sonido conocido por “crotoreo”. Veo muchas cigüeñas en Ipoteşti. ¿Sabía que son fieles a su pareja durante toda su vida?

-Recuerda, Eminescu, recuerda.
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-Recuerdo los símbolos pero no recuerdo los significados, ahora comprendo que los he olvidado. Me recuerdo en una sala de hospital casi loco, casi cuerdo… y recuerdo que un día alguien me detuvo por la calle y me felicitó por algo que había escrito sobre un papel y le respondí: “¿acaso no sabe usted que perdí la razón por las fiebres? ¿Acaso no sabe que acabo de recordar mi nombre en un sueño?”. Le pregunto a la señora despacio: “¿por qué me volví loco por las fiebres y por qué olvidé mi nombre?” Guardó silencio un momento y sirvió la comida en viejos platos y colores ocres. La casa entera olía a madera quemada, la casa entera sentenciaba mi futuro en una cansada taza de roble y miel y mermelada fresca.

La señora de la cocina se volvió y dijo por fin la verdad:

-Has pecado, Mihail, y el cielo te ha traído aquí para observar tus pecados.

Su rostro era anciano y llevaba un negro pañuelo que cubría su cabello.

-Para así no estropear el sarmale. Porque fuiste concebido en tiempo esquivo, porque no naciste en enero pero fuiste inscrito con la llegada del nuevo año. En pecado naciste, mala señal, mala señal hasta que te visitó la cigüeña que augura familia y paz pero llenaste tu vida de letras cansadas y olvidaste a Dios y ahora vas de la mano de un poeta también maldito y loco.

La mujer se volvió y derramó lágrimas y no quiso más mirarme porque se avergonzaba.

-¿Fue ella tu madre? -inquirió el poeta.

-No lo recuerdo, amigo, no lo recuerdo -respondí-. Recuerdo haber nacido de vientre de mujer y recuerdo haber sido un buen hijo. Me recuerdo pecador.

En ese momento, Friedrich se alejó de mí y la mujer dejó de mirarme, ¿qué había hecho?
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ENVIDIA

Dicen que Miguel de Cervantes Saavedra odiaba profundamente a Lope de Vega, ¿por qué razón? Uno en frente del otro vivían y compartían empedrado y cielo, también nación y semejante futuro. Los celos consumían a Cervantes cuando miraba al elegante caballero pasear. Las gentes se detenían y aplaudían y cada mañana esperaban el paseo del buen Lope mientras Miguel, desde la ventana quebrada, le miraba con envidia.

-¿Envidiaste, Mihail? -me preguntó.

-Le envidié hasta la saciedad -respondió el novelista-, y mi envidia me llevó también a la locura como a ti, Mihail.

-Mihai, Mihai, Mihai Eminescu, por favor.

Ante mí estaba y ya el polvo se filtraba en mis botas de campesino o en mis elegantes zapatos a la moda. Era Madrid una ciudad llena de tierra y humo y cuando había ejecución pública, los pasteles de carne eran más suculentos. Era la España de los grandes poetas y los peores reyes tísicos:

“Domingo, nueve días del mes de octubre, año del Señor de mill e quinientos e quarenta e siete años, fue baptizado Miguel, hijo de Rodrigo Cervantes e su mujer doña Leonor. Baptizóle el reverendo señor Bartolomé Serrano, cura de Nuestra Señora. Testigos, Baltasar Vázquez, Sacristán, e yo, que le bapticé e firme de mi nombre. Bachiller Serrano.

-Me llamaron converso y dijeron que mis dos hermanas se dedicaban a la prostitución, que fui esposado y encarcelado, que asesiné por culpa de mis Cervantas y que sólo en la cárcel mi pluma creó el personaje que me dio fama.

Me volví también loco como tú, como Quijote, porque sólo los locos tienen la capacidad de ver el futuro y el tiempo, y así desde la celda vi aquellos campos y caminos y aquellos locos que me encarcelaron por robar.

-¿Fue cierto? -le pregunté a Miguel.

-Dijeron también que con Antonio Sigura me batí en duelo.

-¿Fue cierto? -le pregunté.

-Está escrito, luego es cierto -sentenció-. Le envidaba y deseaba su muerte y sus mujeres y sus dineros y sus hijos y tierras y consumido por su figura vivía mientras este absurdo que llamamos muerte me perseguía para darme finalmente lo que la vida no quiso ofrecerme. Aún le envidio y por ello estoy condenado mientras, irónica, mi obra se hizo grande y aquéllos que decían entender y dirán comprender ni comprenden ni entienden la obra de un loco que quiso una mañana los campos de La Mancha conquistar y a los molinos vencer contra gigantes de barro y miel y mermelada. ¡Cómo me hubiese gustado introducir mi espada en aquel cuerpo viciado y cortar para siempre sus venas manchadas! ¿¡Cómo acaso puede ser que un hombre que repite una misma obra mil y una más tres veces tenga semejante aplauso?! ¿Cómo puede ser que el más villano, agarrado, insolente, vulgar y desatalentado de los miserables conociera los más sublimes gustos de aquellos hombres? Y a estos mismos que aplaudieron les puse nombre: Sancho Panza… y vertí en ellos mis más mezquinas iras y miserias y tras cada página mi estómago vacío rugía al no poder vomitar y al mirar a mi España más vulgar, a la España de Lope de Vega… ¡Hasta su nombre suena ya vacío y perdido!

Calló entonces Cervantes y poco a poco recordaba mis palabras mientras mi amigo Friedich sonreía o fruncía el ceño o hacía que dormía o hacía que se miraba en el espejo, despacio una vez más, vencido siempre, loco otra vez como don Quijote, más cuerdo de lo que jamás podría estar Sancho Panza. Había leído en mi infancia las líneas de Cervantes porque era un hombre de fama español, desprestigiado país de ladrones.

-Mira ahora a tu propio fantasma, Mihai -dijo Friedrich-. ¿Te reconoces?

-Me reconocí en sus líneas como me reconocí también en las tuyas, mi viejo amigo poeta. Recuerdo al buen Quijote cabalgando con el viejo Rocinante, cual Calígula con su bello Incitatus. También convirtió el viejo lector a su caballo en senador en estos sueños cansados, en estas mis vulgares razones.

-Recordarás este sueño, Mihai, y será el primero de los siete fantasmas que te visiten. Cada mañana, despacio, estarás un poco más sano y un poco más loco y también un poco más cuerdo. ¿Recuerdas eso que llaman “literatura”?

-Recuerdo a Aron Pumnul tendido en el suelo. Ya nada tenía que enseñarnos y, despacio, también un día decidió cerrar los ojos, decidió vencer el miedo y olvidar, siempre olvidar.

-En todos estos mis siglos sólo he conseguido recordar un nombre: Lope -dijo el novelista. No fue mi plan construir la más universal de las novelas y le pregunté a Sancho: ¿de qué vale la fama si no es para disfrutarla? Mi Sancho dijo que tenía razón (porque para eso es mi personaje) y me puse manos a la obra. Imaginé a Lope tendido en su silla y a mí libre de estos grilletes que me asaltan. Le daría muerte, ya antes lo había hecho, ya antes lo había sentido. Escribiría un libro por el triunfo y por la venganza contra el hombre sin talento nacido, contra el despreciable ser que siempre me había vencido y contra el que siempre había sucumbido… no escribiría versos, no, sino una nueva forma por la que sería reconocido como don y autor, inventor y genio, ya muerto el teatro del mediocre y fruncido desastroso escritor español, vergüenza de su tierra.
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Se levantó don Quijote y tomó papel y pluma y comenzó sus famosas palabras:

“En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, , no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.

-¡Venceré! -dijo al fin-, desde mi cárcel de envidia construiré el monumento que jamás ningún cómico barato podrá derribar. ¿Me juzgas, rumano? Veo en tus ojos que crees mirar a un loco y veo en tus ojos que te consideras inocente. ¿No recuerdas, poeta? ¿Recuerdas a alguno de entre nosotros que no haya sentido la más sangrienta de las fruiciones?

Inclinó la cabeza y en su mirada sentí la más profunda lástima del creador.

-Es cierto, amigo mío. No lo conseguí porque algo me enseñó este mundo de quijotes y rinconetes.

-Quizá todo parta de la envidia -dijo Holderlin, que había permanecido callado largo rato-, el primero de los pecados y el que nos lleva a los otros. Comenzamos mirando y envidiando aprendemos a través de la experiencia, quizá sea la envidia el primero y más inestimable de los pecados.

-¿La sentiste? -pregunté.

-Mírate, Eminescu.

Y Friedrich sacó de su bolsillo un pequeño espejo de mano. Me vi extraño, como no me había contemplado antes. Durante mi estancia en el sanatorio recordaba haber pedido mermelada, miel y un espejo pequeño los lunes para poder observar mi rostro, ¿qué de malo había en ello? Las enfermeras siempre me lo negaban con un gesto rudo, muy alemán. “¿Por qué quiere mirarse, señor? Yo le diré cómo es usted: tiene el rostro de un joven poeta que no ha cambiado desde los veinte años, el rostro inteligente y una media mirada melancólica, otra media creadora. Poseen sus facciones todas la imagen de la poesía, señor”.

-Supe que mentían -dije al fin mientras miraba mi ahora rostro enfermo reflejado en el espejo-. Me veo cansado, con los ojos idos y al borde de la muerte, ¿qué gran pecado cometí para terminar así mis días?

-¡Lo tengo! -interrumpió Cervantes algo impertinente, algo callado, algo cansado.

-¿Qué me ha pasado, Friedrich? -pregunté.

-Pronto lo descubrirás, amigo mío, pero antes debes conocer lo que has perdido y recuperar la razón. De lo contrario, te hundirás sin remedio. Mira tu rostro de nuevo, Eminescu, mírate. Veo a un hombre maduro de unos cuarenta años o incluso más. Antes fue un hombre inteligente, antaño fue admirado y, por supuesto, también envidiado. Temprano llegó su éxito y su caída, temprano su rostro se ajó por una enfermedad nerviosa.

-¡Será mi venganza contra ese Lope de Vega al que tanto admiran y al que tan poco me parezco! ¡Ratas!

Cervantes escribía sin parar en la cárcel de barro.

-¿Qué pensarías si alguien le dejase salir ahora? Mira al hombre sin brazo, lo perdió en una batalla. Se maneja bien y escribe con soltura mientras se deja guiar por su iniquidad: el más famoso novelista de todos los tiempos, nacido en Alcalá de Henares, muy cerca de la capital española. Fue un hombre envidioso hasta la saciedad que se refugió en la locura de su personaje para crear un espejo de las obras que aún estarían por venir. ¿Qué opinas, Cervantes, de los que te han imitado, de los que te han considerado el más grande?

-¿Y a quién le importa lo que opinen? Lope se pudrirá en su tumba, Lope me envidiará también mientras los gusanos devoran su rostro entero, mientras los gusanos, ya llegando a su oreja inerte, le susurren la gran verdad: “has sido vencido, mediocre, has sido derrotado por un manco”.

Cervantes sonreía y se consumía un poco más en cada página. Sus facciones se tornaron blanquecinas a la luz de una tenue vela que iluminaba los papiros. Escribía con pluma de animal a la antigua, ¿quizá de avestruz?

-Son fieles, Mihai, fieles a su amo y a su pareja, fieles al cielo y a sus estaciones, fieles también a la patria que los vio nacer. Mira a tu escritor, mira tu sueño, ¿no sientes lástima por el mejor? Llegará a enfermar, pero sólo el anhelo le sacaría de la cárcel, a ese mismo presidio al que regresaría cada vez, cada vez que alguien abre alguno de sus libros.

-Cada noche, amigos míos -dijo el Quijote convertido ya en autor-, regreso y me pongo a escribir. Cada vez que en eso que llamáis mundo alguien lee a mi Ingenioso Hidalgo, cada vez yo lo vuelvo a escribir para él… cada vez que alguien ve en mis palabras el sentimiento y se siente un poco más loco, un poco más cabal, un poco menos cuerdo, cada vez mi triunfo es mayor, cada vez mi triunfo se hace más eterno. No me detendré jamás, aunque esta mi eternidad esté garantizada. ¿Creen que me he vuelto loco? No, amigos míos, el loco es don Quijote y es él ahora en quien me he convertido. Te he visto mientras te miras en el espejo, poeta, te he visto intranquilo porque no te reconoces… pronto comprenderás la gran verdad y pronto volverás a encontrar tus palabras. ¿Te harán feliz? ¿Te convertirán en un hombre libre? ¡Claro que no! Te volverán un esclavo de tu propia obra y con ahínco trabajarás hasta la enfermedad y ésta te acompañará hasta el fin de tus días y… si tus versos son profundos, si tus palabras son sinceras… ¡Lo lograrás! Habrás vencido y en tu cárcel de barro también tú permanecerás, también tú vivirás por siempre.
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Los ojos de Cervantes se inyectaban en sangre y cólera fría, pobre loco y manco. Sus cabellos eran ralos, creyéndose don Quijote cuerdo.

-Mi personaje tendrá un final triste, mis queridos amigos… porque sólo son tristes los grandes y sólo hay grandeza en el final. No está la grandeza en la rima ni en la métrica, lo sabe el mediocre de Lope, la grandeza está en el personaje por encima del autor y en el personaje convertido en autor. Ya no soy yo, amigo Eminescu, ya no existo y cada noche volveré acabado a mi muerte, a mi desolación y a mi propio asesinato. Me gustó cuando hinqué la espada en su pecho, cuando sentí cómo manaba la sangre de su costado. ¿Te gusta su olor? Es muy característico, y no existe en la tierra mejor aroma que el de la sangre fresca. En mi vida he sido soldado y he matado, he sido ladrón y he robado, he sido envidiado pero, sobre todo, he sido envidioso y, por ello, he escrito a mi Quijote loco. También yo me obsesioné con sus obras de teatro y con sus poemas, tratando en secreto de imitar sus rimas y sus saltos. Una noche, como a ti, también otro a mí se me apareció y siete sueños tuve, sueños de envidias y lujurias también, sueños de muerte y sueños de palabras. Inventaría el género… había viajado y conocía mejor que nadie en España las formas de lo cotidiano y de lo elevado. ¿Por qué no combinarlas como hiciera el gran florentino, por qué no buscar en Sancho la razón última de mi Quijote enfermo? Las rimas estaban bien para los palacios, también para las mezquinas corralas. “Un género” -me sugirió el fantasma maldito. Y pensé en esa selva oscura que también el florentino recorrió junto a otro amigo, invento sublime de la creación literaria. Descompuso las formas todas y en cuatro mundos descompuso el arte de escribir y describir, en cuatro formas mostraría la esencia de Dios y de los hombres para así encontrarlos por fin en una obra perfecta, una obra nueva, una obra sublime. Aprendí del poeta y escuché la música de su infierno y creé también a mi Beatrice y la llamé Dulcinea, porque en toda obra debe existir una mujer perfecta, y en toda sátira lo perfecto debe tornarse en imperfecto. La hice mediocre a los ojos del Sancho furioso, la hice perfecta a los ojos de un Quijote insano. Imaginé a la sociedad toda y a todos ellos insulté sin piedad, y a los trovadores convertí en reyes y a los escuderos en gobernadores, al teatro en papel y a sus autores en actores. Comprendí cómo el sendero del tiempo estaba hecho de palabras, y que sólo las más bajas y las más altas me darían por fin la victoria sobre mi enemigo. ¡Venceré! -dije al escapar por fin de mi sueño. Y así vencí al gran Lope, ahora convertido en titiritero de trescientas obras idénticas, de trescientas y una obras mediocres, de trescientas y dos vidas perdidas en aplausos vanos e inútiles.

-Así en su mente enferma el enfermo nace -sentenciaba Holderlin.

-¡Y Cide Hamete Benengeli contará mi triste historia para convertirse en otro falso profeta! Narrará primero un manuscrito inventado, narrará después la historia de un hombre falso, narrará la historia de un hombre verdadero escondido en la propia mentira de las palabras, en la verdad del mediocre del que se piensa poeta. ¡Ya llega, amigo Holderlin! ¡Ya llega, amigo Eminescu!

Introdujo Cervantes la mano en su costado sin que ni una sola gota de sangre manase de su cansado cuerpo y extrajo un pequeño feto no más grande que un huevo, no más grande su tronco que una aceituna, no más grande sus piernas y brazos que las ancas de una joven rana… piel cubierta de escamas pero rostro bien formado, bien anciano, bien sabio, bien loco.

-¡Buen Quijote nace!

Y mientras su pluma con destreza manejada se convertía el Quijote en adulto y Cervantes en sabio, un aplauso a lo lejos, una alegría cercana.

-¿Quién dijo -preguntaba Cervantes- qué el nacimiento de un personaje era sólo una metáfora?

Reía a carcajadas mientras la vela, siempre cercana, apenas se consumía.

-Una sola vela me servirá para mi empresa, una sola vela antes de ser consumida. ¿Y quién quiere sus órganos si puede obtener la posteridad?

Del orificio no cerrado extrajo su hígado y vísceras, aún calientes, aún danzantes. Crecieron éstas hasta tomar la forma de Sancho, hasta tomar la forma de Dulcinea.

-¿Está loco? -investigaba Friedrich con una pregunta que no era pregunta.

-¡Lárgate de mi vista por ahora! -dijo Cervantes a Dulcinea-. ¿Quién te dio nombre en esta historia? Calla tú, buen Sancho, calla para no herir por un tiempo mis oídos dulces y deja hablar al narrador estúpido.

Y finalmente complacido se arrancó la lengua y sonrió, ahora callado, siempre callado. Y surgió de ésta a quien ahora los hombres conocen como Cide Hamete Benengeli.

-¡Y tú hablaras por mí y tú me concederás la victoria!

Ya Cervantes no movía los labios pero sus palabras se escuchaban aún más claras aún más distantes. Escribía sin parar.

-Y es que el alba se acerca -predijo Friedrich-. Y con el alba desaparecen los sueños y se apagan las velas y despiertan las cigüeñas. ¿Has visto tu rostro en el espejo, Mihai? ¿Has visto tu rostro en nuestro ensueño?

-¿Por qué perdí la razón?

-Siete sueños te esperan, Mihai, siete sueños y seis respuestas más, siete pecados marcarán tus versos y tus siete colmillos callados. Yo, que antaño fui tu guía de juventud, que antaño fui tu vela y tu sueño, seré ahora también tu consejero y preceptor, esa tu luz cansada y esos tus versos perdidos que tu alma busca otra vez encontrar. En otro tiempo también tú fuiste un gran poeta, también yo encontré mis versos y mis tiempos, mis rimas y mis melancolías que me llevaron a la locura como a este don Quijote desmembrado.

-Y os daré una misión de verdugos y os daré un tiempo -decía el ya Cervantes callado-: tú, mi Sancho, mantendrás la razón del que nació sin razón y le contarás historias y buscarás la comedia y gancho.

-Y también un día él fue un hombre correcto que terminó en prisión por robar y mentir: un gran hombre metido a poeta. ¡Qué gran ladrón perdió el mundo! ¡Qué gran escritor ganaron las letras!

-Y a ti, Dulcinea, te imploro la más difícil de las misiones para una mujer: permanecer callada.

-Y también un día mis labios callaron y mi mente se tornó malsana y soñadora. Años pasé sin encontrar mis sueños, tiempos extraños sin callar mi mente trocada, sin pintar un verso ni cantar a la madrugada, sin escuchar la cigüeña, sin perforar mi costado ni pervertir mis sentidos con borlas mancilladas.

-Y a ti, Cide Hamete: serás mis labios y mis sentidos y tomarás como tuyas mis palabras y serás mis ojos y mis labios y mis oídos, y también mi hígado inflamado de envidia y mentiras. Yo, Miguel de Cerbantes Saavedra, mentiroso al que los falsos sabios quisieron dar por nombre Cervantes, ¡qué mentira y burla! Cambiaron mi nombre y también mi texto. Entre los hombres fui el más vil y pendenciero, entre los hombres el más mezquino de los recaudadores de impuestos, pero también el más mentiroso, sucio y traidor de los escritores, el mejor de los hijos de España. Hazme tuyo, Cide Hamete, y convierte a tu autor en figura, a tu autor en estatua de sal, porque desde ahora te entrego mis ojos y mi sangre para que vivas, para que narres estas las pasiones de una mente enferma, de un corazón envidioso.

-Se ha vuelto loco -concluí.

-Ahora por fin escribe -sentenció mi guía.

-¡Ah… casi se me olvidaba! Mi Quijote, mi daga: serás mi sicario y mi regicida. Dicen que en Madrid existe un hombre de capa y espada, un hombre amable, sí, también un hombre de letras, también un hombre que -dicen- tiene talento y maña. Te contaré un secreto y te entregaré mi duda: ¿qué hombre entre los hombres es capaz de escribir trescientas siete comedias malas en una vida sola? Yo te daré la respuesta, mi amante Quijote, mi leído Quijote, mi dulce y sabio Quijote: las toma de otros que más talento tienen que él, y de sus sueños y versos e ideas se nutre para robar los aplausos. ¿Qué opinión te merece esta condición de mentiroso y traidor para con sus compañeros, amigos y colegas? Te confesaré que yo te cree de mi sangre, mira mi vientre vacío, mira mi corazón que ahora es tuyo. Mi sangre corre por tus venas y mis razones son las tuyas, las razones de la justicia. Lee, Quijote, lee las historias de los caballeros andantes que justicia impusieron para con los mentirosos y viles, para los ladrones, para los que -ahora sabemos- mintieron y robaron y usurparon el trono que a un solo hombre pertenece. Te entregaré a Rocinante, tu fiel corcel, y una misión voy a prodigarte: asesina con justicia a aquel hombre a quien el aplauso le robó mi sangre. Yo, tu amante creador, te confieso mis razones: es envidia, es envidia y es envidia, las tres razones suficientes que me llevaron a crearte, que, también te confieso, me llevarán a matarte. Morirás con los aplausos de los que en vida te acompañaron y los que fueron tus amigos y también tus verdugos. En tus sueños de mil páginas recobrarás la conciencia pero nunca, nunca jamás, preguntarás por tu narrador y por tu creador, que son personas distintas y sabias, que son personas buenas, también envidiosas también humanas, también divinas.
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Los Siete Pecados de Eminescu. Martín Cid

-Ya se acerca el alba, Mihai -dijo mi amigo-. Ya recupera el loco la cordura.

-Lope camina aturdido por el éxito en las populosas calles de Madrid. No te será difícil hacerte con sus pasos, no te será difícil seguirle la pista hasta alguna de las elegantes tabernas que frecuenta -porque me han dicho, y de buena fe lo conozco- que no se limita a pasear acompañado de condes y condesas, de duques y melindres varios, sino que también circula entre las gentes más bajas junto a un amigo suyo pintor de la corte muy reconocido, de cuyo nombre ahora no quiero acordarme. Observa sus movimientos, buen Quijote, fíjate en el ritmo de sus pasos y de sus versos, de sus personajes tópicos y predecibles, de sus ripios mal compuestos y de sus mediocridades. Para tu misión te entrego esta lanza y, lo que no es menos importante, esta lengua que te relatará los caminos que otros como tú hicieron para semejante empresa a la que ahora a ti te encomiendo. Deberás leer las vidas de Amadis de Gaula y en todo le habrás de imitar fingiéndote loco y no olvidando nunca que eres mi personaje. Habrás de serme fiel en tus palabras y deberás mostrarte elegante y pendenciero pero siempre altruista y altivo como el propio Amadis; te burlarás de Sancho pero le concederás, siempre, el don de tu compañía y comprensión, el don de tus elegancias y el don de tu locura, y será precisamente ésa la lección más importante que Sancho deberá en su vida aprender: que es la locura virtud y que existe mayor elegancia y talento en el loco que se finge novelista que en el caballero que se finge dramaturgo. Pregunta a Sancho cuando en algo dudes de tu condición, ahí te lo dedico para que con tus palabras te impongas y le ridiculices con el tino de la locura y de la erudición, con la agudeza del sabio pero también con la vulgaridad del escritor encarcelado por ladrón y pendenciero. Toma, Quijote, he aquí las señas del que deberás vencer pero, cuidado, es hombre hábil y vil y en tu camino pondrá mil sendas que entorpecerán tu misión. Ten siempre fe en esa voz que te guiará a la que llamaré Cide Hamete, ten siempre fe en tu vista, que no te engañe el torpe Sancho, que podría ser tan vil personaje que sólo podría estar creado por el propio Lope. No mires los molinos porque tú bien sabrás que son gigantes y salva a las doncellas, no creas al necio Sancho que -digno de su condición de escudero- las confundirá con posaderas.

Don Quijote lucía luenga y canosa barba ya propia de hombre de edad. Golpeó Rocinante las puertas de la cárcel de barro y, he de confesarlo, sentí miedo cuando sus paredes se derrumbaron ante las coces del caballo. Dispuso un extraño sombrero el Quijote sobre su cabeza, que aún no adivino a saber qué otra función tendría, y con los primeros rayos del Sol se dispuso a tomar camino al horizonte, ya compuesto, ya dispuesto, ya loco, ya personaje.

Cervantes permaneció rendido sobre la mesa. La vela se había extinguido y esperaba la llegada de la noche para, otra vez, volver a ser encendida.

-Dicen que mañana el genio olvidará todo lo ocurrido la noche anterior -dijo Holderlin-, y que sólo un vago recuerdo quedará en algo que, tiempo después, llamarán “inconsciente de la locura”. Cervantes se despertará aturdido y nervioso, celoso y otra vez envidioso de ese tal Lope de Vega. Pensará y tendrá una idea falsa: había soñado con un caballero andante y su escudero, con una bella mujer que era deslucida, con un hombre loco que se cree cuerdo y con un hombre cuerdo que se cree loco. Mañana volverá a escribir otra vez la misma obra y mañana se despertará de nuevo en su cárcel de barro.

Quijote se despedía al amanecer, bajo la compañía de la silueta de Sancho. Cojeaba Rocinante por la zona del costado derecho.

-Con el repiqueteo del pico de la cigüeña en la iglesia -concluí.

-También tú recordarás como Quijote haber tenido un extraño sueño y, como Cervantes, algo habrás aprendido y algo habrás recordado,

-Temo despertar y encontrarme de nuevo loco -dije a mi amigo.

-No temas, mañana volveremos a encontrarnos y juntos conoceremos a otro amigo que aún te hará recordar más tus versos.

-¿Fui poeta?

-Mañana recordarás tu verso aún cansado, mañana recordarás tu memoria aún difusa y tus amigos aún muertos. Espera, Eminescu, la mañana.

Poco a poco las luces se apagaron de nuevo y pronto me encontré como al principio de mi sueño callado. Tardé en despertarme y aún creí permanecer en la cárcel de barro al despertar, aún soñando aún despierto en aquel hospital y en aquel día que, definitivamente, no era lunes.

Me invadía una extraña sensación de familiaridad, una emoción de haber vivido algo intenso y único. Me sentía exhausto, como después de un largo viaje.

Un largo viaje que acababa de comenzar.

El coro de locos ya gritaba:

-¡Mirad, mirad! Han llegado las cigüeñas.

Comencé a recordar mi nombre: Mihai Eminescu.