Madrid – Barça, los Cuatro Partidos que Marcaron mi Crisis
Madrid – Barça, los Cuatro Partidos que Marcaron mi Crisis

Madrid – Barça. Los Siete Partidos que marcaron mi crisis. Primeras páginas

Pá empezar: tía buena y canción ‘molona’. La niñita esta es de Chipre (creo)… lugar interesante then.

CAPÍTULO I[1]

Sé que debería empezar por presentarme y esas cosas pero prefiero comenzar con una simple y llana razón: ¡porque me da la real gana! ¿Quién escribe esto, ustedes o yo? Pues lo dicho, sean buenos y no nos enfademos ya desde el principio que nos queda un largo (y duro) camino por recorrer.

No soy un mal tipo después de todo, así que algo les diré por si a alguien le interesa saber quién les escribe. Parodiaré a alguien que un día me precedió (que también como yo era tullido[2]): soy alcohólico, ateo y zafio. Lo de alcohólico no es un defecto sino más bien una virtud teologal; lo de ateo porque no he visto aún a Dios salvo cuando Leo Messi coge la pelota; y lo de zafio porque nuestra querida España no me ha dejado otro remedio.

Alguien me dijo alguna vez que hay que describir físicamente al personaje: soy como el hermano guapo de Brad Pitt… ¡pero no el Brad Pitt que todos pensáis, sino un jorobado tuerto y que hiede como un vikingo que por casualidad se llama Brad Pitt! Para los lectores menos metafóricos: soy alto, peludo y suave… delgadito y bonachón… con una cara de niño bueno y travieso que, en caso de que seas una mujer bonita, seguro te darán ganas de abrazar e, incluso, adoptar como mascota.

Y sin más, ¡al cocido!

Las entradas

Llegué a las seis de la mañana de una fría mañana de enero. Apenas un alma.

-¿Dónde están las taquillas? –pregunté.

-Hasta mañana –me dijo uno de los bedeles- no se ponen las entradas a la venta.

-Lo sé, lo sé –suelo repetir las cosas no porque sea tonto, sino porque quizás el que tengo ante mí sí lo sea-. Haré cola hasta mañana.

El tipo me miró extrañado y me señaló a la izquierda. ¡El primero de la fila! Sí, me había asegurado de conseguir las preciadas entradas. Me agazapé y me senté en el suelo. No había traído ni mantas ni nada. Juan llegaría por la tarde y pasaríamos el día juntos… a la noche llegaría Nacho y los tres esperaríamos hasta la mañana, que llegarían unas amigas de Nacho y así podría ir a ducharme y comer algo.

Se hace aburrido esperar en una cola. Por mi parte, me relajo imaginando el asesinato de mi hermano David, el tipo que más odio en el mundo. Tuve tiempo de imaginarlo varias veces de muy diversas maneras: ahogado o asaltado y violado, pero ninguna tan tierna como cuando le imagino enterrado vivo. ¡Cosas del romanticismo!

Sobre las doce del mediodía comenzaron a llegar algunos aficionados más hasta que, ya sobre la una, la cola doblaba la esquina. No podría comprobar su magnitud hasta la tarde, cuando llegase Juan. Los chicos que me seguían, una pareja de novios, parecían bastante agradables y me ofrecieron en varias ocasiones guardarme el puesto, pero prefería no arriesgar y esperar a Juan.

-¿Desde qué hora llevas aquí?

-Desde las seis –respondí al asombrado chico. La chica le besó profusamente. Él se apartó.

Y es que siempre que hay fútbol, siempre que he ido al fútbol, hay una chica de ésas.

Ah, por cierto, que se me olvidaba: las entradas eran para el Real Madrid – Barcelona. Estadio Santiago Bernabéu. Madrid.

La chica del jersey

Era rubia, con el pelo corto y rizado… pantalones de franela ajustados y un jersey (también bastante ajustado, vamos a decirlo todo, que luego me tachan de insincero). Muy arreglada ella, bonita y con una coqueta sonrisa que exhibía no sólo con su novio (o lo que fuese) sino con todos los de la cola. Le gustaba pasear junto a ésta tranquilamente, mirando al horizonte como si la cosa no fuera con ella, como si no le importase ser observada (que era precisamente lo que buscaba). La miraban de arriba abajo… sabía caminar y sabía contonearse.

-¿Sabrá besar? –le pregunté a Juan.

Juan sonrió y ella nos devolvió la sonrisa, acostumbrada a ser el centro de atención en un corrillo lleno de chicos. Por cierto, como habrán visto, ya ha llegado Juan, lo que significa que ya es la una de la tarde. Saltarse asuntos menores -como imaginar el asesinato de mi hermano- se denomina elipsis (y esto, aunque parezca mentira, no lo aprendí en el prostíbulo sino leyendo un libro[3]

-¿Quién es el primero? –preguntó una periodista con prisas.

Todos me señalaron y la tipa de la alcachofa (que no llevaba alcachofa[4], por cierto) se dirigió a mí.

-¿Cómo te llamas?

Y dije mi nombre (pero no lo voy a incluir aquí por razones que más tarde descubrirán).

-¿Desde qué hora estás aquí?

(Digamos que estas preguntas serían repetidas machaconamente durante los próximos dos días en diversos medios de comunicación).

-¿Te importa que te haga una foto?

-¡No, claro que no!

Breve historia de una muy efímera fama

Y mi camino hacia la fama comenzó de manera inesperada. Nos le voy a engañar: me encantó ser el centro de atención (al menos en lo que a hombres se refiere, porque la chica del jersey ajustado hacia las delicias de su novio y de los mirones que ya se agolpaban orgiásticamente en torno a la pareja).

La primera cadena de radio llegó sobre las seis de la tarde y a partir de ahí una tras otra fueron cayendo… entrevistas para televisión… fui contraportada en el ABC y El País, portada en el Marca y el As… páginas interiores en multitud de medios que ni me acuerdo, protagonista de El Larguero y entrevistado por José María García.

Al que crea que me lo invento le diré dos cosas:

1.- Ya empezamos con mal pie, amado y estimado lector.

2.- ¡Lo juro por Arturo y Snoopy juntos!

La actualidad tenía un nombre y ése era el mío.

Por un día me olvidé del objetivo que me había llevado allí y por un momento me olvidé de la lamentable realidad: mi hermano David seguía vivo.

La cruel pregunta

Durante el día y medio que pasé en la cola la pregunta se repitió invariable y cruelmente:

-¿De qué equipo eres?

-Ejem –respondía muy dubitativo.- Sí… sí… ¡Hala Madrid!

Me preguntaban también por mi pronóstico, y pronosticaba un empate (el año pasado les habíamos metido la manita y no piensen mal, porque una manita se refiere a cinco golitos que tiene la loba, no a ninguna porquería, lector malpensado).

-¿Tú eres del Barça, eh?

Yo sonreía cuasi melancólico, cuasi acongojado, cuasi mentiroso. En aquellos tiempos el Rayo Vallecano estaba en Segunda División, por lo que el Barça, mi Barça, sólo iba a Madrid un par de veces al año, así que había que aprovechar. Sí, ¡claro que era del Barça! ¿Cómo no iba a ser del Barça si mi padre era del Madrid… y mi abuelo… y hasta mi bisabuelo era (probablemente) eran del Madrid? Eso por parte de padre… por parte de madre eran:

Abuelo: del Madrid.

Abuela: ¡del Madrid a muerte!

Bisabuelos: de ninguno (es que no había fútbol en aquella época, pero de haberlo habido todo indica una cruel posibilidad: serían del Real Madrid).

Con estos antecedentes ni siquiera el Demiurgo más fiable podría negar la posibilidad del surgimiento de la oveja negra de la familia: el culé que ahora esperaba conseguir las entradas para el partido del año.

-¡Os vamos a devolver la manita! –me dijo alguien sin hacer gestos (que todo hay que decirlo).

Sonreí. Nunca me he sentido mal en Madrid siendo del Barcelona. Es una gran ciudad Madrid. Más allá de la sana rivalidad y de la necesidad de evitar ciertos bares (sobre todo cuando se lleva la bufanda del Barça), Madrid es una ciudad acogedora que no se mete demasiado con los que provenimos de otras ciudades o aficiones. Cuando era más joven solía callarme, incauto de mí. No tardaban en descubrir la verdad y machacarme.

-¡El del Barça!

No se crean, ni me pegaban ni nada (al menos por esa razón). Desde entonces aprendí a decir la verdad y a no encogerme, sobre todo porque mido metro noventa y llevo americana (guárdenme el secreto: la americana lleva siempre hombreras y te hace parecer más fuerte de lo que realmente eres).

Al tema, que me voy por las ramas como la mona de Tarzán.

Retomar el tema es bueno en narrativa: la chica del jersey ajustado (II)

A lo que interesa: la chica del jersey ajustado se marchó sobre las siete y regresó a la noche con dos botellas de whiskey en la mano. De haber sucedido esto hoy habría dejado de mirar sus… ¿cómo se dice sin que parezca un salido? Da igual, en aquella época no era alcohólico (sí, eso significa que ahora me bebo hasta el agua de los floreros) y seguí admirando cautamente su anatomía.

-¿Queréis un whisky? –dijo al salir del coche.

Dije que no, aunque Juan no fue de mi misma opción. ¡Qué idiotas somos algunos cuando somos jóvenes! En aquella época ni fumaba ni bebía ni iba con mujeres. Ahora el asunto con las mujeres sigue más o menos igual (sobre todo con mi mujer, María, que no me quiere ni ver) pero al menos me consuelo con un pitillo y una buena botella de whiskey de marca (que suele coincidir con la marca más barata). La chica sacó algunos vasos de plástico del coche. Cuando se acercó a mi amigo Juan, rozó suavemente con su mano mi antebrazo y caballerosamente me ruboricé (en estos tiempos y cuando me sucede eso suelo tener otra reacción muy distinta).

-¿Cómo os llamáis?

-Juan, Nacho y… (otra vez se supone que ahí va mi nombre, otra vez reitero que no me da la real gana de decirlo).

-¿Y desde qué hora lleváis aquí?

Levanté la mirada por un momento y traté de responder algo que no tuviese que ver con sus senos (es lo más fino que se me ha ocurrido). Un par de preguntas más y la chica volvió con su… ¿ novio? ¡No, para nada! Había dos opciones para el asunto:

1.- El chico había mutado y cambiado el color de piel y el peinado.

2.- Era otro chico.

Tras serias deliberaciones me incliné por la segunda opción. No parecía importarle a la chica, que besó al segundo chico con idéntica pasión que hiciera con el primero.

-¿Nos guardáis el sitio? –preguntó insinuante la chica, que conservaba su jersey muy bien ajustado a pesar de los cero graditos que, sin embargo, no se hacían notar (la verdad, yo tenía bastante calor). Cogió de la mano al chico y los dos se metieron en el coche, situado estratégicamente en frente de la cola. Dispusieron unas mantas en las ventanillas y parece que encendieron el motor, porque aquel coche comenzó a tomar vida propia (o bien ejecutaron otra opción no apta para menores). Sea como fuere, parece que al chico le sentó bien el ruido del motor, porque salió del coche con una sonrisa de oreja a oreja y se volvió a poner en la fila.

-¡Hay tíos con suerte! –me dijo Nacho.

-¿Me das un trago? –le pregunté.

Juan inclinó el vaso en señal de que se había terminado. Creo que fue la primera vez que me apeteció tomar una copa.

-¿De dónde sois?

-De Madrid… bla, bla…

La gente se aburre en la cola y habla de lo que sea. Yo permanecía callado mirando el coche y utilizando mi imaginación para combatir el frío (y funcionaba bastante bien, no se crean, hasta me había olvidado de que tenía un hermano aún vivo). Dimos un paseo por turnos al estadio… ¡la cola ya daba casi la vuelta y quedaban más de dieciocho horas para el esperado momento!

Noche

Me aburro y hablamos del Milan de Sacchi y de van Basten (que era un fenómeno el tipo) y de los otros dos holandeses Frank Rijkaard y Ruud Gullit. No, nadie en aquella época sospechaba que Rijkaard (¡lo que cuesta escribir el apellido de las narices!) iba a dar la segunda copa de Europa al Barcelona con un tal Ronaldinho como máxima estrella ni que van Basten se retiraría finalmente ni que Gullit sería jugador-entrenador de un por entonces casi desconocido Chelsea.

Aclararemos un poco mejor las cosas llegados a este punto: Juan  es del Madrid y Nacho… del Madrid, lo que significa (aquí demuestro lo inteligente que soy) que los dos son del Madrid. Nacho ha disimulado porque Laudrup jugaba hasta el año pasado en el Barça (el pasado a las fechas a las que me refiero, no a éste, que nos liamos). En fin, que ahora Nacho no se corta una cala (bonita expresión que, sinceramente, no sé de dónde viene) y es del Madrid a muerte y Juan pues como que también.

Y como ya he hablado bastante de ellos dos, vamos con el protagonista y héroe de esta historia: yo, yo, yo. ¿Aún no saben que soy del Barça? Pues lo repito: soy del Barça. Ya terminé conmigo. ¿A que he sido rápido?

Me siguen entrevistando en algunos medios… hablo con Robinson y de la Morena (bastante majos los dos, por cierto). ¿Sabían que Michael Robinson, tras dejar el Liverpool, se fue al Osasuna (de Pamplona)? No sé si habrán pillado el chiste pero bueno: en la época de Franco, no se permitía que jugasen en la liga española extranjeros salvo que tuviesen algún pariente español. El asunto se volvió un cachondeo tal que alguno llegó a poner que sí, que tenía familiares en Osasuna (que ya puestos a jorobar aún más el chiste: ¡Osasuna no es una ciudad sino un equipo de fútbol!).

Paseábamos por turnos y demás y nos aburrimos bastante porque, seamos sinceros, Nacho y Juan nunca fueron la alegría de la huerta precisamente. Nacho aún no era el capullo integral que es ahora ni Juan el idiota descafeinado con dos hijos… pero los tipos ya apuntaban maneras. Para no ser menos: yo tampoco era el imbécil deslenguado que les narra ahora esta historia.

Amanece, que no es poco

Por la mañana la chica del jersey seguía allí con otro amigo más, también distinto al primero y al segundo, bastante menos atractivo que el primero pero bastante más abrigado que el segundo pero con los labios (parece ser) igual de hábiles que los dos primeros porque ella parecía sonreír profusamente.

-¿Te quedas? –me pregunta uno de los dos (podría decirles igual Nacho que Juan, ¿de verdad les importa a ustedes quién me hizo la pregunta? Sinceramente, a mí tampoco).

Gesto afirmativo… una duchita y en un par de horas estaría de vuelta.

Amor paterno

Cuando atravesé el umbral mi padre me miró no contrariado ni enfadado ni embarazado ni siquiera amanerado.

-¡Enfermo, enfermo me has puesto! ¿Cómo se te ocurre?

En principio no me di cuenta de qué diantres pasaba.

-¡Vergüenza, vergüenza! ¿Cómo se te ocurre? ¡Ahora todos me conocen y me preguntan! ¿Qué diré a mis clientes? ¿Puedes imaginar lo que esto significa para mí? ¡Vergüenza, vergüenza!

Para los que duden del estado de salud de mi querido progenitor les sacaré de dudas: es un tipo autoritario pero majo que está ligeramente desequilibrado sin llegar a estar como una cabra. Tan pronto sonríe y hace un chiste como puede comportarse como el padre de Franz Kafka (que dicen que era muy malo). No me ha pegado nunca ni nada de eso, él se limita a gritarme y decir que soy la vergüenza de la familia. Mi padre se llama, por si a alguien le interesa, Joaquín porque su padre se llamaba Joaquín y el padre de su padre se llamaba Joaquín. Cuando nací, el primogénito, mi padre tuvo su primer acto de amor:

-¡Éste no se llamará Joaquín! ¿Habéis visto que pinta de enclenque? ¡Va a deshonrar la memoria de la familia con total seguridad! ¡Que se llame como quiera su madre pero Joaquín de ninguna de las maneras!

Me ha repetido esta anécdota cientos de veces y cientos de veces la he ignorado. Él es así y hay que soportarle. Además, su otro gran defecto es que es del Madrid (que me pegase palizas tras llegar borracho cada noche sería perdonable, pero eso de ser del Madrid… ¡malo, malo!). Por cierto, sería por estas fechas cuando mi madre murió. En la actualidad mi padre ha cambiado mucho el carácter: se ha hecho muy amigo de una ucraniana de dieciocho años que está más buena que el pan y le gustan mucho los perritos. A mí lo de los perritos me parece bien pero, sinceramente, siempre me gustó bastante más ella. Además, lo voy a decir: estas chicas del este saben tratar muy bien a los padres y a los hijos.

-¿Te vas? ¡Vergüenza, vergüenza! ¿Y tu hermano? ¿Acaso no te quedas a saludarle? ¡Pero qué bueno es David! ¡No como tú, la vergüenza de la familia!

¡David, David, David! No sé si le tengo más manía porque es idiota o porque mi padre me lo ha recordado constantemente. Ya les hablaré de David más adelante pero retengan por favor un dato empírico: fue imbécil de pequeño y sigue siendo imbécil de mayor.

 

El taxi me llevó en apenas diez minutos de vuelta al estadio y los rumores de la noche ya habían desaparecido. Juan y Nacho se marcharon a mi llegada… pero la compañía no tardaría en llegar. Diez minutos y en el horizonte se divisaron los copiosos bustos de las dos amigas de Nacho que me habían venido a sustituir en la fila.

Campamento femenino

-¿Qué tal va la cosa?

-Aburrida, muy aburrida –mentí como sólo lo puede hacer un cosaco o un seminarista heterosexual, ya que la noche me había resultado muy entretenida (creo que precisamente desde entonces mi lado voyeur se despertó para siempre).

-¡Mira lo que traemos! –de una bolsa de supermercado bastante poco elegante sacaron una bebida igualmente poco elegante que detesto: cerveza.

-¡Yupiiiiii! –exclamé entre irónico y sediento. Lo único gracioso del asunto es que el citado zumo de cebada no venía en unidades individuales, sino que se trataba de una especie de mini-barril del que (mira qué práctico) tendríamos que beber los tres. Teniendo en cuenta mi estado (persistía en mi mente la chica del jersey) era lo mejor que me podía pasar. Las dos amigas (de cuyo nombre no podría acordarme aunque me llamase Cervantes) bebieron primero y luego me acercaron el mini-barril. La verdad: seguía sabiendo a cerveza, pero la imaginación de un chico de dieciocho años es siempre tan febril  como la de un nonagenario viudo.

 


[1] Acabo de llegar de la presentación de un libro de un tipo bastante importante. En el turno de preguntas alguien comentó que un libro con novecientas anotaciones a pie de página tenía que estar muy bien así que he decidido incluir unas cuantas en éste para hacer, si cabe, un poco más el idiota.

[2] Valle Inclán, ¡que hoy no dais ni una!

[3] ¡Qué mal miento! Sí que lo aprendí en el prostíbulo o lupanar.

[4] “Alcachofa” no se refiere aquí a la verdura sino al micrófono que usan algunos y algunas para imprecar sin pábulo a algún famosete de medio pelo.