Emile Zola

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Durante el siglo XIX, y casi coincidiendo con el nacimiento del psicoanálisis, la literatura daría una ingente cantidad de obras que, sin llegar a la matemática científica de las obras de Freud (gracias a Dios), sí aportaban una nueva visión sobre el hombre. Así, tenemos a Dostoievsky y sus “Hermanos Karamazov”, en la que las corrientes del carro alado aristotélico se aunaban con unas formas nuevas mucho más científicas (super-ego, inconsciente y yo).

Pero también tenemos a Stevenson y su particular mezcla morfinómana-psicologista (“El Extraño Caso del Dr Jecky y Mr Hyde”) y un genial Thomas Hardy (“Jade el Oscuro”, por citar sólo su obra más famosa). Éste último parece ser el que con mayor acierto plantea los problemas de una psicología mucho más moderna (por desgracia para algunos), mucho más unida al conductismo que a su faceta más “especulativa” (corren malos tiempos para los soñadores). Hardy insistía en el papel del destino, y la incapacidad de escapar de las circunstancias.

Zola y el naturalismo se engarza en esta nueva corriente de formas que, fuertemente ancladas en el individuo, marcan para siempre su carácter y le hacen presa de un cruel destino del que no podrá escapar. Si Victor Hugo fue el autor de las nuevas clases burguesas, Zola fue el autor de las clases bajas, de las tabernas y los burdeles, con ese olor a rancio que dejan escapar sus obras. Zola propugna una “literatura de la verdad” en la que nada se esconde, en la que las descripciones no son ya de los grandes salones isabelinos y elegantes lámparas de aguja… Los héroes de las novelas de Zola son los desheredados en su más baja especie, los sin hogar, la gente triste y, sobre todo, los alcohólicos.
Zola despliega su pluma y su lástima sobre todos aquellos que viven cercanos pero que no han sido tocados por el talento de algún gran escritor. Plantea así una nueva Historia, la que se escribe fuera de los grandes salones de los reyes, la que se escribe sobre la tierra seca, sobre el sudor, el quehacer diario y el trabajo del herrero (siempre nos recordará a Dickens, pero sin su genial ironía). Así, la historia y los movimientos sociales se generan desde el interior de la tierra, en el trabajo del proletario y las miserias de sus gentes (sí, tiempos anteriores a todos aquellos movimientos revolucionarios).

Zola es el gigante literario en la sombra. Nunca será el icono de masas y, sus novelas, como las de otros grandes silenciados, nunca serán tratadas como las de un Cervantes o un Shakespeare… Zola nos castiga y nos enseña la realidad, en esas descripciones maravillosas de los barrios de París… quizá demasiado cruda a veces, quizá con un sentido demasiado moralizante y aleccionador pero… ¿No nos enseña también Shakespare el peligro de los celos y la conspiración, el dolor de la muerte y la miseria del que todo lo tiene?

Emile Zola nace en París el 2 de abril de 1840. Hijo de un ingeniero civil italiano. No es, como el conde Tolstoi, el hijo sensible que todo lo tuvo, sino el hijo de la pobreza que, gracias a los poemas, críticas y artículos, pudo granjearse un futuro en este difícil campo que es la literatura. Desde luego, era un campo propicio, ya que coincide con los movimientos impresionistas en la pintura, o con el fin del romanticismo musical. Zola bebe de todos ellos (o mejor dicho, crece junto a todos ellos), y nos ofrece “retazos de la vida en París” como si se tratase de un Renoir o de un Lautrec. Zola pinta las gentes y las describe con pequeños toques, como hacen los grandes. El trazo es suave y, a la vez, fuerte y profundo. Zola marca el acento en los personajes desfavorecidos (prostitutas, alcohólicos y asesinos varios) pero les otorga una humanidad que, precisamente, dotará de grandeza y complejidad a la obra.

Ya desde su primera novela Thérèse Raquin (1867) nos sumergimos en ese mundo de pasión descontrolada… Para evadirse de un mundo en constante descomposición… para huir de la cotidianeidad… tal vez… quizá sólo para vivir. Luego vendrán “Naná”, el “Yo acuso”, “La bestia humana”… toques de una misma realidad cruel, En todos ellos vemos héroes silenciados por la grandiosa corriente de la historia, anónimos y vulgares, ciegos incluso… Su única grandeza es haber nacido.

Quizá fuese este “trazo fuerte” lo que le llevó a encontrarse con la crítica de la época, que le acusaría de obscenidad y de exageración. Curiosos los críticos, cuando una de las piedras angulares del naturalismo de Zola es la lucha contra el exaltado espíritu romántico del período anterior. Zola no es un Byron ni un Shelley, incluso su muerte (se llegó a hablar de asesinato por la relación en el caso Dreyfuss) es casi parte de una de sus novelas, en las que el azar, siempre fruto de un destino inamovible, se hace eco en una chimenea mal ventilada, causa de numerosas muertes en aquella época.

Pero Zola tampoco es un impresionista, ya que pretende establecer una novela de lo real, no de la sensación producida en el escritor. Curiosa mezcla entre lo buscado y lo encontrado. Y es que Zola jamás logra la objetividad en sus novelas por, tal vez, ese supremo acto de mimesis con sus personajes. Zola ama a la prostituta de “Naná” y a la mujer abandonada de “La Taberna”, y ama al herrero e, incluso, al asesino de “La bestia humana”.

La taberna
Es la historia de las gentes y su desesperación. Es quizá la novela más famosa de Zola. ¿La más lograda? Me quedaría con las descripciones de “Naná”, con algunos personajes de “Germinal” o algunas partes de “La bestia humana”… pero “La taberna” es la obra en la que las formas y actitudes de Zola se muestran en su más intensa claridad, con esa tendencia al objetivismo y su antítesis presente en forma de compasión.
El personaje principal es Gervasia, mujer abnegada y cegada por el amor y las pautas sociales. Cuando se ve abandonada con sus dos niños, aparece Coupeau, buen hombre y trabajador. Éste es víctima de un accidente laboral e, incapaz ya de trabajar, tienen que vivir con lo que Gervasia gana. Coupeau se da a la bebida (de ahí el título de la novela).

“La taberna” es la historia de estas gentes sin futuro a las que, una circunstancia azarosa, trastoca el sentido de su existencia. Han nacido en un entorno social desfavorecido y serán incapaces de huir de él. El toque cruel está ahí, el que siempre fue en Zola. Cuando se habla del autor francés como exagerado, a veces lo comparo (salvando las distancias) con Shakespeare, en el sentido en el que los personajes son incapaces de escapar del trágico destino que les está preparado. Hamlet es como Gervasia, ambos son incapaces de escapar de las incidentes, pese a las diatribas de uno u otro (bien distintas en patrones). Se pelean en una lavandería y son objeto de las burlas de sus “iguales”. Pero hay otro punto que une a estos dos escritores: el respeto y admiración que éstos llegan a sentir para con sus personajes. Shakespeare siente lástima de Hamlet, como Zola lo hace de Gervasia (mujer sin la cultura del primero). Ninguno de los dos son héroes en el sentido clásico del término, pero sí desde ese punto de vista (tan moderno) que convierte este sentido del trabajo, tan democrático, en un valor. Cuando Cupeau pierde este valor, su vida se desmorona, como se desmorona la conciencia de Hamlet al ver el trono de su padre usurpado por la conspiración. El desenlace es el mismo en ambos casos.

Ambos autores comparten también el sentido de globalidad para con sus personajes. Tratan con igual esmero al mezquino que al “héroe” y, así, podemos comprender a Yago y entender la estupidez de Lantier (que abandona a Gervasia por sueños más burgueses).

Las novelas de Zola son un retrato de la vida en el mismo sentido que los cuadros impresionistas (lean “Naná”, una maravilla desde la primera página) pero van más allá del sentido pictórico, como sucede en el caso de Victor Hugo (siempre me lo recordará en algunas descripciones y en la manera de presentar a los personajes). Ambos guardan el sentido del equilibrio y ese regusto moralizante (que hacen a veces las novelas de Zola un tanto anticuadas). Leamos a Zola desde la perspectiva del tiempo, de esos movimientos sociales en nacimiento… un tiempo en que aún se creía en la libertad del individuo y en la que el escritor estaba llamado a abogar y denunciar estos hechos.
Y es que… puede que la única grandeza de algunos sea haber nacido, o la única grandeza de otros sea el poder pintar con pluma suave, tal vez fuerte, con trazo seguro o con espíritu inquieto. Las paredes de la taberna destilan al aroma a ajenjo, licor barato de moda por el alto precio del vino… Las mujeres se tiran de los pelos y las habladurías circulan, sí… es el momento de hablar de los héroes y de las prostitutas, de esos proxenetas y de esas lavanderas… Es el momento de preguntarnos porqué hemos nacido.

*Este texto forma parte del libro Escritores y Fantasmas, Grandes Autores de la Literatura. Lo puedes encontrar aquí:

Grandes Autores de la Literatura: Escritores y Fantasmas

 

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Martin Cid
Martin Cid es autor de diez libros publicados: Cañitas y Tapeo, El Jugador ante el Espejo, Muerte en Absalón, Ariza; Un Siglo de Cenizas; Propaganda, Mentiras y Montaje de Atracción; Los Siete Pecados de Eminescu; Madrid - Barcelona, los Siete Partidos que Marcaron mi Crisis. Fuma, bebe y se acuesta tarde.

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