Robert Louis Stevenson

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Robert Louis Stevenson Balfour nació en Edimburgo, un 13 de noviembre de 1850. Hijo del ingeniero Thomas Stevenson y de Margaret Balfour, estudió leyes (tras abandonar la ingeniería), pero a partir de los 25 años renunció a su carrera como abogado para dedicarse al mundo de las letras. En 1876 conocería a Fanny Osbourne, diez años mayor que él, y la pareja pulurará de un lugar a otro (Edimburgo, Suiza, Estados Unidos…). Durante toda su vida, Stevenson sufre de una salud endeble con frecuentes ataques de tos (debido a la tuberculosis), agravados (dicen) por su afición al alcohol. Este mundo de enfermedad y adicción lo plasmó en algunas de sus mejores novelas (como la reseñada «El Extraño Caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde»). Murió de un ataque cerebral el 3 de diciembre de 1894, en Samoa. Su cuerpo fue enterrado en la misma isla, en el monte Vaea.
La herencia de Stevenson es compleja. Más allá de las novelas para adolescentes (como «La Isla del Tesoro»), la obra de Stevenson se bifurca en un mundo de detalles perfectamente amalgamados con el conjunto, tanto en estructura como en el análisis de los personajes. Tras un mundo aparentemente amable, casi arquetípico, se esconde otro Stevenson mucho más complejo, menos amable, difícil y, casi, simbólico. «La Isla del Tesoro», pese a ser un libro de aventuras, es también un libro sobre la maldad (¿tal vez el gran tema de la obra de Stevenson?), sobre el engaño, la contraposición de mundos y sobre la crueldad latente. Son los dos mundos contrapuestos, el burgués y el de la piratería, la idiosincrasia del refinado inglés contra la brutalidad y la falta de escrúpulos. Stevenson es un mundo que, coexistiendo con su antagonista, se contrapone a sí mismo con fiereza. Sus libros, a veces, parecen «novelas epistolares», para pasar pronto a una narrativa rápida y eficaz a la vez que sobria (con toda la ironía que se le pueda encontrar a la palabra).

Son tiempos también difíciles, ya lo diría Dickens: Los derechos de autor y el no entendimiento entre los continentes (América y Europa) hacen que el escritor malviva por unos míseros peniques. Pero Stevenson busca la fortuna allá donde mejor está el comercio (como lo haría el propio Dickens), junto a Mark Twain, de quien era gran amigo. Stevenson escribe para un público amable e inteligente, diplomático… pero, tras ese mundo de piratas, aventuras, abordajes y pillerías, demonios, resacas, amores y deslealtades… se esconde un Stevenson sarcástico, profundamente inglés, tan formal como fiero.

Stevenson logra lo que muy pocos han conseguido: una literatura compleja para todo un público ávido de… Dios sabe qué. Lou (como era conocido familiarmente, perdonen el atrevimiento) encuentra el resorte para conquistar a todos, para encandilar a madres burguesas e hijas disolutas, a varones y niños. Incluso hoy, años después de aquellos primeros encuentros infantiles con «La Isla del Tesoro» o «La Flecha Negra», Stevenson sigue mostrando su guiño más procaz.

«El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde»

Fue apenas su segunda novela. Stevenson reposa, enfermo. Fruto de los achaques, de su (dicen las malas lenguas) adicción a la morfina, de su espíritu paradógico, de su saber narrativo, surge una obra inmortal donde las haya, que ha inspirado a artistas durante todo el siglo XX (y seguirá inspirando a tantos otros durante siglos posteriores).

La idea de «El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde» no es nueva. Podemos rastrear la historia de la literatura y encontrar caracteres similares, sobre todo en los dramaturgos griegos. El tema del doble está presente en la mitología egipcia (bajo Ka) y en las nórdicas, en la religión hindú…, la literatura medieval abunda en imágenes y mitos sobre los espejos, sobre la cara oculta… los hombres toman formas paralelas y nuevas revisiones, para formar así un nuevo conjunto, terrible, cruel, verdadero.

Sin embargo, lo que sí es nuevo es la trama científica que Stevenson introduce: La bipolaridad de Jeckyll es producida por una droga en un nuevo mundo que suspira y coloca a la medicina en un puesto casi religioso. Los doctores son elevados, poco menos, que a la categoría de dioses. Jeckyll es uno de estos nuevos Prometeos, crea el fuego en su laboratorio y, orgulloso y soberbio, busca la recompensa de la inmortalidad. Es el tema de la caja de Pandora, de nuevo, temas viejos repetidos, actualizados, inmorales. Los males de la nueva droga son sin duda tremendos: Hyde es todo lo que Jeckyll no puede ser, la vida que no se atrevió a soñar. Hyde es el espíritu del león de Nietzsche, el aguila y la serpiente tantos años refugiados en la montaña.

Stevenson escribe apresurado, colérico, una novela inmortal. Sus ataques son constantes, surge Hyde en un pequeño frasco. Quizá el acierto sea llevar la situación al extremo: es el mismo personaje de «Retrato de una Dama» (en el sentido de un alma compleja que vive ahogada entre pulsiones contrarias, que no contradictorias), pero expresado de una manera más vehemente, menos inglesa, profundamente británica, nuevos tiempos.

Jeckyll y Hyde son los extremos, es el toque inglés contra el espíritu bárbaro, que yace latente en toda alma humana. Es una obra que, aún hoy (tantas veces re-cocinada), continúa fascinando por su modernidad y, sobre todo, por su falta de modernidad, su clasicismo. «El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde» habla sobre el espíritu humano, sobre la dualidad, sobre el pulso entre el bien y el mal, pero habla también del existencialismo y de la incapacidad del hombre para encontrar su destino. El hombre moderno, convertido, al fin, en dios para sí mismo, le es dada la capacidad de crear el fuego, en este nuevo báculo divino que pretende ser la ciencia. Puede crear y destruir, morir y resucitar, es el sueño que los pioneros osaban soñar…, el demonio que surge de una botella que hay que vender a menor precio. Concederá su deseo, menos alargar la vida. Stevenson es un símbolo, es narrativa clásica y es un personaje fascinante encerrado en un mundo que se desmorona en sus fuertes cimientos.

La novela se desarrolla entra la fascinación cruel y el miedo patricio, ¿qué nos quedará en nuestras aburguesadas vidas? Nos miramos en el espejo, una vez más, nos repetimos cruelmente desde Homero, desde Dante. Jeckyll desciende a los infiernos cada noche de la mano de un Virgilio invisible, las huellas pueden verse al despertar. No hay marcha atrás.
«El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde» es una novela plagada de simbología, desde el nombre de ambos personajes hasta la ambientación: extremos que se tocan. Logra la genialidad, tantas veces proclamada y tan pocas alcanzada, la sobriedad epistolar contra la furia de un Hyde casi joyceiano, complejo, maravilloso. Nos consume, como nos consume una sinfonía de Shostakowitz, nos deja espacio y nos ataca constante, consumiéndonos en una narrativa fluída, maravillosa.
Fuego.

*Este texto forma parte del libro Escritores y Fantasmas, Grandes Autores de la Literatura. Lo puedes encontrar aquí:

Grandes Autores de la Literatura: Escritores y Fantasmas

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