Robert Graves

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Sobre el culto (¿mistérico?) a una Mesalina transfigurada, entre el mito gaélico, hebreo y romano (heredado, impropio, ajeno y “falso”, tal vez), la obra (narrativa, a veces) se erige, bifurcándose en las poesías de aquel a quien (algunos) llamaban eruditos.

Robert von Ranke Graves nace en Wimbledon, Londres, un 24 de julio de 1895 Gran período para nacer, dicen (han dicho), con las crisis finiseculares y los nuevos movimientos provenientes de las escuelas francesas. Estudiante de Oxford (becado), fue profundamente marcado por su participación en la Primera Gran Guerra

Tras la guerra (que vio desde la distancia debido a una dolencia pulmonar), Graves publica las que fueron sus dos primeras obras: “A Survey of Modernist Poetry” (1927) y “A Pamphlet Against Anthologies” (1928) bajo el signo de la editorial  Seizin Press, que había fundado junto a la poetisa Laura Riding (quien, por cierto, se arrojó por la ventana de un cuarto piso y sobrevivió, una vez más se demuestra la importancia del calcio).

Ya en 1934 (y tras una controvertida autobiografía titulada, no sin sorna, “Adiós a Todo Esos”) publica la que será su obra más conocida: “Yo, Claudio”, en la que expone la vida del emperador romano Claudio (y sus antecesores, partiendo de Augusto). La obra no sólo es una fantástica visión histórica, sino que recompone los mitos desmitificados, desde un acercamiento poético y personal.

Publicó una secuela en  1943 llamada “Claudio, Dios”, así como una obra sobre el general Belisario (“El Conde Belisario”) que, junto con “El Rey Jesús” y “El Vellocino de Oro” constituyen lo más destacado de su obra narrativa.

Quizá la más interesante (y bastante menos conocida que la obra sobre el emperador romano) sea “La Hija de Homero”, en la que parte de la leyenda de que “La Odisea” fue escrita por una princesa siciliana (con alter-ego en Nausica). La obra narra, de manera vigorosa y entretenida (gran acierto de Graves, heredero directo de la gran tradición inglesa) la inspiración y el mito, el engaño y la carrera de la divinidad (partiendo de las ideas expuestas en “La Diosa Blanca”). Otra vez más, el eterno femenino.

 

Sin embargo, y a pesar del decidido afecto del entorno literario por la obra de Graves, quizá su mayor hazaña la constituyan sus ensayos sobre los mitos (sin los cuales se nos hace a veces difícil comprender la obra narrativa). Desde “La Diosa Blanca”, pasando por “Los Mitos Hebreos” y “” Los Mitos Griegos”, Graves ahonda en la idea de cultura, en un sentido bastante jungiano (si se me permite el atrevi-miento). Graves ahonda en la idea de Frazer y su celebrada (y poco leída, por otro lado) “La Rama Dorada”, en donde los mitos ancestrales forman este mar de conciencia que parece ser la modernidad.

Graves es el heredero del psicologismo y de las nuevas corrientes filológicas (véase Sassure y demás). Sin estar influido por éstos, Graves amalgama las ideas de un tiempo para posteriormente superarlas. Graves es el primero y el que marca la tendencia en la inves-tigación mitológica moderna. Graves no hace un análisis de las formas modernas partiendo de los mitos antiguos, sino que desvela las claves de lo antiguo sin pasar por una modernidad estúpida y petulante, ignorante. Y es que, quizá, el gran acierto de Graves sea, en extraña parado-ja, ser el más moderno de los antiguos.

Dentro de sus tres grandes ensayos, el que marca las tendencias y las formas, que conformarían su particular cosmogonía y su narrativa, es “La Diosa Blanca”. Publicado originalmente en 1948, es la mayor vuelta de tuerca (algún día hablaremos de otro grande, Henry James) sobre los mitos primigenios y los orígenes matriarcales de la cultura. La influencia de esta obra se cierne sobre toda la obra (y vida) del que se consideraba a sí mismo poeta.

“La Diosa Blanca” habla de la inspiración y del mundo, de la divinidad y, sobre todo, del eterno femenino, en un ensayo poético o en poesía con tintes eruditos. Graves habla con la pasión y el conocimiento del aquel poema recitado a los niños ingleses desde temprana edad: “La Canción de Amergin”.

Yo, Claudio

“Querido Claudio. He conocido listos que se fingían tontos y tontos que se fingían listos. Pero eres el primer caso que he visto de un tonto que se finge tonto. Te convertirás en un dios.”

La que es la más famosa novela de Graves nace con el imperio, aún a medias edificado. Augusto vela por una vida miserable y la salud de sus hijos. Junto a Él, convertido en su propio título, a expensas de las guerras civiles anteriores, yace una Livia enferma de poder, con un Tiberio, hijo de Livia, al que el propio dios no soporta. Espejo de la diosa, en su forma más cruel, Livia esperará la oportunidad. Tiberio reinará y enseñará los caminos (sólo narrados por Suetonio) a ese artista sin pincel que fue Calígula. La guardia pretoriana terminará con su breve “reinado” (palabra temida por los romanos). En una esquina, un esquivo personaje tartamudo es nombrado emperador, en la más famosa imagen.

“Yo Claudio” fue la primera novela de Graves y es, gracias quizás a una narrativa más directa que sus otras obras, la más perfecta y la más defectuosa de sus obras de ficción. La “primera” novela histórica de la modernidad es una declaración de principios y un claro tribu-to al pasado. La obra logra el siempre difícil objetivo de la paradoja certera, del perfil feroz y desdeñoso a veces, sí, pero también de la can-didez y el afecto, con la pluma del poeta y el pincel del amigo, del contemporáneo nacido veinte siglos después.

La novela es la cruel y amarga confesión de aquel Claudio Druso Nerón Germánico que hereda un imperio. Graves elige el que era, quizás, el menos conocido de la gran época de los emperadores (más allá de Claudio, quizá sólo Marco Aurelio lograría una enjundia similar). Claudio hereda el gran Imperio, sí, pero también hereda los mitos y los vicios, la crueldad y la hipocresía. Junto al anciano, senti-mos de primera mano las intrigas de la “corte” y los vicios de una Mesalina ociosa (¿quizá otra vez el espejo de la gran “Diosa Blanca” en su versión más humillada?). Claudio observa con los ojos del novelista, a veces retorcido, pero bajo el prisma de un Graves admirador, del crimen, de la belleza… de las mentiras.

Se acusa a Graves de heterodoxo en sus planteamientos (sobre todo a partir de “La Hija de Homero”, quizá el planteamiento más controvertido de su obra narrativa), de mentir con respecto a Claudio… Y es que, quizá, exista una verdad por encima de la historia reservada sólo para los elegidos, entre dioses y monstruos, una verdad construida de mentiras, en torno a sueños. Fue el Imperio el más efímero de los sueños de veinte siglos y el más cercano de los mitos de la modernidad.

 

Sobre una colina, en la isla de Mallorca, un anciano mira con incredulidad el pasado, quizá ha sido la más cruel de las mentiras. Lee un antiguo poema, recitado desde niño, juntos enterramos a Suetonio y a Tácito, juntos escribieron una novela en la madera de un viejo árbol, sobre la conciencia de Tito Livio. Versaba sobre el tiempo y la diosa, su Diosa, sobre una Penélope promiscua y un vellocino mentiro-so, en su idioma, anterior a todas las  Babeles. Quizá, sólo quizá, existió un tiempo en el que los dioses (ahora y antes llamados genios) eran libres, Arcadia deformada.

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