Patrick Süskind

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Cada obra encierra, como con el citado Ionesco, una fórmula que aprender. Nuestra fórmula se puede suspender de los hilos y podemos ponerle nombre, el autor nos da los elementos con las que componer nuestro perfume. Estamos perdidos. La esencia se destila con sudor y sangre, con palabras, historia y muerte. Es la fragancia de los contrarios, encarcelada en pequeñas gotas. Recordamos las fuentes primeras, no parece querer ocultarlo, claves para un lector avanzado. Süskind juega a ser serio, hace una parábola, retorcida, retruécano literario.

Se destila la herencia y se hace eco del futuro. Son novelas que sorprenden, nos recuerdan a Beckett, a Poe, a Baudelaire… a tantos otros. Sí, es el hombre que ha bebido de todas las fuentes, el ser que se siente aislado, perdido, olvidado en la propia historia, desmoronada, no puede encontrar respuesta: Personajes en busca de su autor, cuervos, Godot y Leopold Bloom, transmutados. En algún lugar de la obra, la paloma nunca vuela, sólo deja su verde rastro, descorazonador. No hay palabras de aliento, ni melancolía. Es un autor de otro siglo, y del que viene, de los tiempos que han pasado, en una Alemania, en una Europa, en un mundo que evita encontrarse con el lector, lee para olvidar.
«El Perfume»

Una obra sobre la Belleza, la misma que perseguía Gustav von Aschenbach, la belleza en una cantata…, la esencia se pierde, etérea: música. Schöenberg se alza, por encima de Wagner, ha muerto, Sigfrido nos lanza su terrible guiño.

Jean Baptiste Grenouille es el extremo, imagen desdibujada del crudo anti-héroe. Apenas lo reconocemos al principio, seco, hostil, sin crueldad. A nadie le importa el ser despótico, ya frío al nacer. No conoce la ternura, expulsado al mundo en una mugrienta calle de París. Olía a vino y a fertilidad, aún lo recordaba.

«El Perfume» es una novela sobre los olores, no. La obra toma como elemento argumental el mundo de lo inefable, aquello rara vez descrito. No sentimos pena por nuestro protagonista, como un recuerdo escrito por el propio W. E. Süskind, padre, el que nunca llegó a conocer Grenouille. Es, desde luego, hijo de la corriente expresionista paterna, de su tiempo…, pero ha evolucionado. El expresionismo marca la tendencia hacia un hombre acobardado y febril. Sólo los locos pueden ser libres. Süskind nos desata, nos presenta a Grenouille. Las trabas de lo servil, rotas, ha nacido un individuo marcado para hacer arte, una obra maestra, al margen de las normas morales, casquivanas, religiosas, esclavas.

No sentimos pena en ningún momento, sería una sencilla manera de ganarse al lector. La sensualidad nos arremete con vehemencia, nos fustiga y solaza. No hay descanso, sólo un momento en el que el mundo exhala su putridez, nos desvela su rostro. No, para Grenouille no había ni buenos ni malos olores,humanidad, triste humanidad.

«El Perfume» nos embriaga a través de la metáfora que toma forma, eterna, queremos descubrirla. Se torna el juego, se desarrolla. Seductor, el mundo de las sensaciones, el otro lado. Recorremos junto a Grenouille los caminos de la creación y nos sumergimos en la mente de aquel que, enlazando con el espíritu alemán, ha nacido sólo para crear.

Es una obra sobre la evolución de la literatura, sobre los mitos bávaros y sobre el tiempo. Süskind parece beber de un Shopenhauer místico, de un Nietzche irónico: Grenouille es el camello primero, que acumula sensaciones en un mundo que parece escaparse entre los frágiles dedos de un mundo inútil; Grenouille es el león, que no teme asesinar mujeres para conseguir sus altivos objetivos; Grenouille es el niño, finalmente, capaz de sentir en su nariz las alegrías de un espíritu burlón. Es la evolución de este sentir tan alemán, tan ancestral. Süskind es un Goethe que se desdibuja, su herencia manipulada.

Nuestro protagonista es el espíritu alemán, ¿europeizado? Tiene el toque creador de aquel que nada tiene que perder, pero tiene el gusto italiano por la belleza, que nuestro protagonista perseguirá hasta el alba. Caminaremos con él y encontraremos el verdadero sentido, sin ambages, sin medias tintas, no hemos nacido para ser esclavos. Grenouille se convierte en un Mesías del lado más deshumanizado. Así, humanos, olvidaremos, una vez, frente al patíbulo, aquello que nos hizo carne servil… Libres, sentiremos el embriagador aroma de la muerte, bella. Ambos puntos se perfilan, tornándose uno al fin, la muerte retomada. Finalmente, se crea arte, sublime muerte.

Y es que el éxito de la novela, al menos a nivel de público, es quizá esta unión entre la trama interna de la novela y la narrativa obsesiva de los hechos. Por extraño que parezca, el autor nos seduce constantemente con la bajeza de lo sublime, la más grande de las virtudes humanas: la capacidad de crear. Sí, como el hombre del que una vez habló Nietzsche hemos de pasar las etapas, hemos de ser león, superar la moral que un día nos hizo humanos. Grenouille es Dionisio y es Apolo. Recordaremos, juntos, sin aroma, aquella esencia, el olor de la humanidad.
Much dibuja su retrato, célebre lamento. Gritaremos de dolor o placer, poco importa, gritaremos. Al fin, Grenouille ha triunfado, libre, despedazado, dios primero.

*Este texto forma parte del libro Escritores y Fantasmas, Grandes Autores de la Literatura. Lo puedes encontrar aquí:

Grandes Autores de la Literatura: Escritores y Fantasmas

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Martin Cid
Martin Cid es autor de diez libros publicados: Cañitas y Tapeo, El Jugador ante el Espejo, Muerte en Absalón, Ariza; Un Siglo de Cenizas; Propaganda, Mentiras y Montaje de Atracción; Los Siete Pecados de Eminescu; Madrid - Barcelona, los Siete Partidos que Marcaron mi Crisis. Fuma, bebe y se acuesta tarde.

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