Gabriel García Márquez

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Los personajes de Márquez parecen abocados desde un principio al sinsabor del tiempo, a conocer una historia ya escrita (se realce este hecho o no, su ejemplo más claro es “Cien años de Soledad”). El tema central de la obra de Márquez es el tiempo en todas sus formas. Márquez aprendió de uno de los más grandes (al final, parece que los genios se reconocen): Los ecos del de Mississipi crean ecos del de Dublin, quizá los tres creadores más importantes del siglo.

Las similitudes son odiosas, Yoknapatawpha no es Macondo, ni la ciudad silenciada de Dublin, pero Macondo es un lugar tenebroso de formas y mitos, como lo es el Dublín joyceiano y el sur faulkneriano. Las obsesiones varían, haciéndose eco de los paraísos literario-artificiales, más vivos que nunca. Tiempo, tiempo. Un coronel cuidará de su gallo, alejado del mundo, con los recuerdos de las victorias y su hijo muerto. El coronel es Aureliano Buendía, en un laberinto de metáforas, y es también Thomas Stupen y es Leopold Bloom, encerrado en sus textos y su voluptuosidad tácita. La lluvia cubre el condado de Macondo, las gentes la ven pasar, un diluvio de reminiscencias bíblicas, Cronos mira a un lado y ve al coronel, el mismo día en el que el general miraba el pelotón de fusilamiento.

Cien años de Soledad

Llueve sobre Macondo.

Una obra sobre el tiempo más que de personas, sobre textos escritos en cursivas y notas a pie de página inexistentes. “Cien años de soledad” resume en su título la verdadera esencia de la obra, una obra sobre el tiempo y el abstracto, en el que Cronos reina con su cetro y su serpiente.
Es la historia, también, de los Buendía, familia marcada por el incesto, la lujuria, el caos… la humanidad. No encontraremos melindres, pero sus personajes se nos harán cercanos con el paso de las páginas, tiempo. Llámese “realismo imaginario”, llámese “real maravilloso”… “Cien años de Soledad” es la novela que confirma el “boom” de la literatura hispanoamericana (iniciada con “El Obsceno Pájaro de la Noche” del genial José Donoso). Todos los autores de este movimiento deben parte de su éxito a Márquez (amén de Allende, que le debe algo más).
Rebeca trajo la enfermedad del sueño a Macondo. Hay mil hijos y una infidelidad, Úrsula y José Arcadio Buendía, Remedios es la bella, una guerra, el coronel Aureliano es condenado a muerte, hay un gran diluvio, el incesto concebirá un hijo con cola de cerdo, soledad.
Recuerdo lejana la que fue mi primera lectura de la novela… Las páginas envolvían con esa prosa poética, fruto del ritmo y la repetición… Era la poesía de un viejo Shelley, resurgido de las aguas que un día le vieron morir. Era ese poeta castrado, apático, cansino y expatriado a la isla de un Tomás Moro amargado. Los viejos ideales de Europa se desvanecen, surge un pueblo rodeado por agua, en el que, lejanamente, encontrarían los restos de un animal. Los gitanos regresan, una vez al año, como acuden los ingleses a la tierra conquistada, eterna provincia de un imperio en decadencia.

“Cien años de Soledad” es una metáfora sobre la creación y el tiempo, sobre la vida y la muerte. Los dioses caminan entre nosotros, la religión, eterna cruz… Mito y tiempo, soledad de nuevo. El viejo barbudo lee en un papiro la historia escrita de los Buendía, otra vez Jorge de Burgos en una biblioteca medieval, metáforas.

Llega el ferrocarril, la vida cambia en Macondo. La antítesis es clara en un universo mítico invadido por la lacra del progreso. Los habitantes miran embobados los inventos de los gitanos, al fin conocerán el hielo. Ha nacido su hijo, pobrecito, tiene cola, como un perrito. ¿Pecado? Somos dioses.

El otoño del Patriarca

El poder en una larga frase de tintes faulknerianos. Siguiendo los cónclaves de “Cien años de Soledad”, García Márquez se centra en el que será su tema recurrente, en el que ya lo fue de manera metafórica. No se oculta esta vez, es la historia de la ruina y la depravación, un tirano que muere con un solo testículo, una vez más… efectos. En sus frases recordamos a un Thomas Stupen sin caballo, con la sangre bajo la bayoneta. El mito se sustituye por una realidad más cercana… El personaje principal lleva todo el peso, por ello podemos ahondar más en sus sinsabores. No hay puntos y aparte, ¿por qué? La historia se refleja en las palabras. El patriarca es inmortal tras contemplar su cuerpo yaciente, ensangrentado. Poder, soledad. Morirá el hombre pero pervivirá la idea, una latinoamérica que duele, García Márquez dejará de escribir. “El otoño del Patriarca” es una espiral que se cierra sobre sí misma, ecuación infinita y recurrente en forma literaria de recursos y ambages, García Márquez nos envuelve por última vez en la que es la más grande de sus novelas. “Escribo sólo para mis amigos”, diría una vez el general, ahora ya un patriarca de las letras, solo. “El otoño del patriarca” no habla de un tirano, habla de todos los que somos tiranos, habla de la soledad del escritor y de la terrible soledad del que no escribe, habla de un hombre solo y de una estructura divina, de un libro que tardaría más de una década en escribir y que nunca sería terminado, sobre una larga frase que vuelve al principio. Son mil personajes en uno, como “Cien años de Soledad” era un personaje en mil, espejos de un Albert Cohen ateo. Abandonadas las claves bíblicas, los mitos y los monstruos, y los sueños y los mundos, el gran general contempla su ocaso desde el gran palacio. Duelen sus heridas y duelen los recuerdos, duele Colombia y duele escribir. Duele el tiempo.

Llueve sobre Macondo.

*Este texto forma parte del libro Escritores y Fantasmas, Grandes Autores de la Literatura. Lo puedes encontrar aquí:

Grandes Autores de la Literatura: Escritores y Fantasmas