Friedich Nietzsche

0
458

Para entender con quién nos vamos a «jugar los cuartos» debemos ir un poco más atrás. Estamos en la por muchos llamada «edad de oro de la filosofía». La figura más eminente de la modernidad ideológica acaba de dar sus últimos coletazos (que desgraciadamente aún perviven): Inmanuel Kant. Kant posee la virtud social de una bella frase con la cual el pueblo llano puede vanagloriarse de comprender los vericuetos (muy intrincandos, pero que mucho, mucho) de sus dos críticas (pura y práctica). ¿El mayor acierto de este ser maniático? Tal vez sí. Kant reconstruyó al antiguo árbol griego de la filosofía entendida como dos mundos (mundo de las ideas, mundo de lo visible, en su noción platónica).

Cada «cosa» tiene su principio, y todo se fundamente en algo anterior (Aristóteles). Desde luego, la idea de Kant no es muy original, pero si los principios arquitectónicos que fundamentan sus elucubraciones. Kant es el Santo Tomás de la modernidad, tanto por su fecunda obra como por su modo riguroso de llevarla a cabo, pero ambos parten de los conceptos griegos de los dos mundos (de los cuales Platón pasó a ser su abanderado).

Platón fue el primero en escribir todo ello, y a él debemos algunas de las ideas que nos han llegado de Sócrates o Pitágoras. ¿Fue tan importante como nos hacen ver los libros de texto? Probablemente no, y su figura es más la de un recopilador que la de un creador. Por algunos textos y enseñanzas, parece ser que sus ideas dimanan directamente del concepto pitagórico del mundo (hasta aquí, más o menos, podemos llegar). Los dos mundos de Pitágoras vienen representados por los números (mundo ideal, del cual El Número es el equivalente a verdad o verdades) y las matemáticas (representación del mundo ideal que emana directamente de la esencia de los Números Divinos, aún a pesar de ser tan solo una mera representación dentro de nuestro imperfecto mundo).

Hacemos entonces un salto de veinte siglos y nos encontramos con el maestro de Nietzsche: Arthur Schopenauer. Recomiendo fervientemente la lectura de alguna de sus biografías (escasas pero esclarecedoras) debido al fuerte contenido cómico de su vida (y de algunas de sus obras). Schopenahauer recopiló la visión kantiana y la pasó por el filtro del platonismo (dícese, pitagorismo perdido). De esta manera pasa por ser el «filósofo de la voluntad», pero su construcción (ya desde «el cuádruple principio de razón suficiente», de claras reminiscencias kantianas) se separa de lo estrictamente filosófico. Schopenahuer habla de música y de ríos, de mujeres y bellos parajes, de belleza y de lo sublime (como ya hicieran sus contemporáneos Fitche o Hume).

Nietzsche parte de este punto, y a partir de aquí su obra pasa por ser una de las más originales de la historia de la filosofía, y por ello nos permitimos el ¿atrevimiento? de incluirlo en esta obra.

La voluntad de Schopenhauer lleva a una contraposición con los principios aristotélicos (más allá del propio concepto dialéctico), que será de calamitosas conclusiones para Nietzsche. La voluntad no dimana del motor primero tomista o de la «causa de las causas» (escuela aristotélica) sino del propio hombre. La voluntad se confunde a veces con instinto, pero se refiere también a todo lo sublime que hay en el hombre: Belleza, grandeza y miseria (Número pitagórico). Schopenhauer reflexiona en torno al tiempo y las causas numéricas como hiciera Plantón, pero su principal aportación es que los conceptos de belleza parten del hombre mismo, y encuentran en éste su eclosión.

Así Habló Zaratustra

Ahora nos encontramos con Nietzsche, en la montaña, junto a su serpiente. Es un libro lleno de símbolos (de ahí que ya hablásemos desde un principio de «poema en prosa»). Zaratustra se ha retirado del mundo para reflexionar en lo alto de una montaña (como Kafka, el maestro Schopenhauer o el divino Ludwig van). Enfrentado a la inmensidad, Zaratustra comprende su naturaleza y la grandiosa «voluntad» que le lleva a ser un dios entre los hombres, pero a los que reconoce sus iguales.

Zaratustra baja de la montaña y comienza a predicar a los miserables y perdidos (símbolo de la humanidad entera). Ellos no escucharán, pero el gran mensaje ha llegado. Esta filosofía del super-hombre planeará sobre todo el romanticismo, y su alargada sombra sobre no dejará indiferente a nadie. El hombre ahora es dueño de su «voluntad» y ha llegado el tiempo en el que «el hombre ha matado a Dios», ese cadáver de tiempos e historia. ¿Para qué necesitamos un ser ideal que represente todas las virtudes humanas? No, el hombre ha de elevarse por encima de sí mismo y conceder su aquiescencia para con su destino: reinar.

Reinaron Fausto y Childe Harrold, Kafka y Joyce, y reinarán en nuestros posteriores escritos los Faulker, Borges y Dos Passos. El hombre, definitivamente liberado del lastre de la «moral de esclavos» (¡cuánto debemos el bueno de Kant!). Todo hombre ha nacido para ser Rey, y sólo depende de su «voluntad» el lograrlo. Raskolnikov aún no ha nacido, pero sí su espíritu. ¿Quién no ha visto en las ideas de Dostoievsky al bueno del alemán?

Zaratustra habla para todos y para quien quiera entender, habla para un mundo con los ojos vendados. El advenimiento del super-hombre es inminente, y no habrá fragor que lo silencie. Su mensaje ha permanecido. No es una invención de Nietzsche, como el mundo ideal no fue del cuño de Platón, pero su nuevo portador, Zaratustra, habla con el lenguaje de los tiempos pasados.

Nos habla silenciado en «El Crepúsculo de los Ídolos» y «El Anticristo», quizá con un lenguaje más llano, pero no con semejante calidad literaria. La paloma y la serpiente, el junco… Para ese admirador del mundo griego que fue Nietzsche, los símbolos refieren a otro mundo, la antigüedad, cuyo máximo punto de esplendor está representado por la civilización griega. Los dioses convivían con los hombres en armonía, y Prometeo aún no había otorgado el más cruel de sus castigos: Roma.

El mundo cambió, pero su espíritu permaneció bajo la eterna plutocracia. La sustituyeron obras religiosas que poco tenían que ver con el hombre (siempre éstas al servicio del ideal de Roma, vieja ingrata parricida). Pero sobre las cenizas de Troya, Aquiles emerge. Ulises, astuto, ha permanecido, como permanecerá la Roma embrutecida; Aquiles, noble, perece por mor del ideal griego, más allá de Missolonghi. Este ideal ha vuelto, de él beberán los románticos en copas de plata y barro. Su nombre es Zaratustra.

*Este texto forma parte del libro Escritores y Fantasmas, Grandes Autores de la Literatura. Lo puedes encontrar aquí:

Grandes Autores de la Literatura: Escritores y Fantasmas

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here