Julio Cortázar

0
3767

El juego literario se estable en un doble sentido lector-autor (ya superado el concepto del lector-hembra, que tan acertadamente definió el mismo Cortázar) en torno a las inclemencias del tiempo. Mientras que podríamos hablar de obras de marcado carácter atemporal, que juegan con conceptos de permanencia y semejanza, las obras de este autor nos sumergen en el transcurrir de este tiempo, tanto narrativo como literario. Las palabras tienen sentido, sólo, en el acontecer del relato y reconstruyen un tiempo nuevo de “lo ausente”. Los cuentos de Cortázar son como un asesino a sueldo: implacables, certeros desde la primera palabra. Se habla de esos grandes cuentos de todos los tiempos, en los que no sobra un adjetivo, en los que, cada frase, tiene sentido absoluto y referente con la obra. Los relatos breves (que no obras menores) ensanchan un tiempo pretendidamente breve, mientras que la novela juega con la acumulación de efectos, tiempo a favor del novelista (léase un estupendo ensayo sobre estas “Aspectos del Cuento”).

Juego, juego, porque juego es Rayuela en torno a una pieza de Charlie Parker. Cortázar parece no tomarse nunca en serio a sí mismo, o quizá estar más allá (o de otros lados). Sus protagonistas viven en un mundo real pero siempre al margen, en el que toda ley ve en su retruécano literario la sobra de una palabra: En torno al oficio de escritor.

Rayuela

El ser humano crece y nace jugando, cuando apenas es consciente de las fórmulas establecidas para desenvolverse. El tablero es el mundo, y personas sus piezas. Así hay quien juega y sus movimientos son transversales, como el alfil, o tal horizontal como una torre, están los que se enrocan y cambian sus papeles, pero todos sueñan, o todos viven (si la vida sueños son o la literatura una búsqueda inútil del sentido musical del texto). Rayuela se plantea en torno al libre albedrío y las formas narrativas (que bien nos recuerda al mejor Joyce). Se retoza de muchas maneras, incluso de otras mil que no adivinamos, pero se juega. La novela puede ser leída de dos maneras diferentes, siguiendo el orden de sus páginas o por el salto de capítulos (indicados en las primeras páginas). ¿Una broma? El “gran payaso del universo” tiene una sombra alargada.

Rayuela, convertida en novela de culto, plantea problemas tanto humanos como literarios. Rayuela es un texto revisionista sobre una novela en construcción, nunca terminada, sobre personajes tan tópicos como novedosos. Siguiendo el esquema del héroe byroniano, pronto convertido por algunos literatos (franceses o no) en un héroe-villano, Cortázar retoma el tópico y lo reconvierte en Horacio Oliveira, tan imbuido de literatura como de spleen. Se trata de un escultor argentino que vive en París y conoce a una extraña mujer (La Maga). Poco más: Horacio volverá a Argentina y nunca regresará de París, todo depende del espejo con el que sean mirados los seres.
Cortázar juega a lo que todo aquel que quiso escribir un libro, alguna vez, soñó realizar: Una obra perfecta. Se puede leer de derecha a izquierda o de izquierda a derecha, no importa demasiado el orden. Rayuela son las sensaciones de un montaje paralelo en el sentido que le dio Eisenstein al concepto (dos imágenes, dos conceptos, uno tras otro, una sensación). Los métodos narrativos varían y cambian, no hay unidad, y ahí está el pleno sentido de la obra: la búsqueda. Cortázar aprovecha para hablarnos del lector hembra, que sólo recibe pasivamente las sensaciones, en contraposición con el lector que busca, un lector que participe activamente en el relato y se entremezcle con él. La estructura que se crea a sí misma.

El juego sigue, ahora el McGuffin de Hitchcock: hablamos de algo y pensamos en otra cosa (como en la escena entre Bogart y Bacall, escrita por Faulkner, en “El Sueño Eterno”): Rayuela habla de lo real extraordinario, o lo extraordinario convertido en real (como la vieja paradoja del realismo-imaginario o real-maravilloso). Los acontecimientos parecen ser motivados, más que por el acontecer narrativo, por otros mecanismos que se escapan al lector (otra vez “lo ausente”). Es éste el que debe preguntarse el porqué, no hallando nunca respuesta segura en las páginas. Nos separamos así de la vieja y anquilosada fórmula de la causa y el efecto, para caer en un nudo gordiano de paradojas e incertidumbres, tan certeras como inconstantes.

Sucede a veces como el jazz, tan presente en la obra, la melodía se desarrolla sobre un leit-motif principal, que poco a poco se desmorona y se convierte en algo totalmente diferente de sí mismo (nuestro viejo amigo). Así, leamos como leamos la novela, sentiremos un extraño pesar y cercanía para con Horacio Oliveira, que entrará en nuestros ojos y nos preguntará, una vez más: ¿Quién eres?

Pocos lectores pueden escapar de la más que segura fascinación para con este nombre, para con esta novela, maremagno de palabras sin forma, estructura abierta. El lenguaje es unas veces musical y otras cacofónico, unas brillante y otras buscadamente imperfecto… ¿Dónde hemos dejado al crítico? La sombra de Horacio Oliveira se desvanece, poco a poco, ¿quién es?

El lector cerró el libro, como William Wilson, Horacio Oliveira, un día, supo quien soy.

*Este texto forma parte del libro Escritores y Fantasmas, Grandes Autores de la Literatura. Lo puedes encontrar aquí:

Grandes Autores de la Literatura: Escritores y Fantasmas

Compartir
Artículo anteriorDante Alighieri
Artículo siguienteJoseph Conrad
Martin Cid
Martin Cid es autor de diez libros publicados: Cañitas y Tapeo, El Jugador ante el Espejo, Muerte en Absalón, Ariza; Un Siglo de Cenizas; Propaganda, Mentiras y Montaje de Atracción; Los Siete Pecados de Eminescu; Madrid - Barcelona, los Siete Partidos que Marcaron mi Crisis. Fuma, bebe y se acuesta tarde.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here