Joseph Conrad

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Conrad escribía con gran sufrimiento, según él mismo confesaría. Escribiría en inglés, su tercera lengua, escribiría, escribiría… Conrad vive alejado y bebe del romanticismo (aplicado casi en un sentido de “historia de la literatura”, téngase en cuenta que la corriente romántica baña a todo escritor hasta la actualidad) y antecede al realismo. Sin embargo, Conrad destaca más por su cuidado lenguaje (repasaba una y otra vez los textos, hasta dotarlos de un grado de perfección notable) y por sus elementos evocadores (quizá vemos en esto los ecos del romanticismo que tanto parecía denostar), para crear un paisaje narrativo complejo y tenaz, evocador al tiempo que realista.

Conrad escribió durante treinta años, sin pausa, más de una veintena de novelas. Destacamos (aparte de las citadas “Nostromo” y “Lord Jim”) el libro recopilatorio “Entre la Tierra y el Mar”, “Victoria” o “El agente Secreto”. En todas sus novelas, Conrad une el talento de gran narrador (como lo fuera Dickens) con el espíritu aventurero heredado de una época gloriosa y extraña, amalgama de grandes conquistas y piratas, conjunción perfecta del mundo nuevo que habría de venir, antecedente perfecto, lo viejo y lo nuevo, lo eterno.

El corazón de las Tinieblas

Escrito entre 1898 y 1899, “El Corazón de las Tinieblas” relata el viaje que llevará a cabo Marlow a través del Congo, entre la selva atestada de indígenas incrédulos, en busca de un enigmático Kurtz, su antagonista, un hombre al que no quiere encontrar. Es el espejo, de nuevo, como en algunas novelas de E.M. Forster, como en otras tantas del simbolismo… El protagonista busca algo que no desea, pero algo que necesita. En las paradas, Marlow escucha las historias de su tripulación, las fábulas sobre aquellos ignotos lugares, los tambores que repiquetean en el eco de la espesura. Es un páramo que no existe en los mapas, un río peligroso y difícil, es una senda de auto-descubrimiento.

No es la ambiciosa “Nostromo” o al costumbrista “Lord Jim” pero, sin embargo, es una novela tan pequeña como ambiciosa, quizá la más lograda de Conrad (perdonen el atrevimiento), en donde los elementos simbólicos y legendarios se combinan a la perfección, en ese choque de culturas y de temperamentos tan característico de su autor.

“El corazón de las Tinieblas” es una novela de contrastes, de paradojas, de equívocos y de misterios. Marlow parte de su condición occidental y se enfrenta a su “yo interior”, al que no conoce: Kurtz. Lo encontrará a través del largo río…, ya lo ha encontrado tantas veces. Pero hay que mirar de frente al agente comercial. Su educación de esclavo choca con la valentía y grandeza del personaje (¿poco más que un peón?). La obra recorre la obsesión de Marlow para con Kurtz hasta enfrentarse con su imagen, una imagen de lo que él mismo habría podido ser: libre.

Kurtz vive en un viejo poblado, enfermo, adorado como a un dios. Sin embargo, el agente vive atormentado por la libertad, en la cúspide del poder humano. Kurtz ha visto a su Dorian Gray desdibujado, ha vivido todas las épocas, porque está fuera del tiempo, es un gigante mítico, un niño y un león enjaulado… que ha tenido que huir de los paradigmas de la cultura occidental para, por fin, encontrarse a sí mismo y mirarse, por fin, en el espejo degradado.

Pero “El corazón de las Tinieblas” es, también, un alegato contra la civilización y el mal entendido “progreso occidental” (personificado en la evolución moral de Marlow): los indígenas cantan y bailan, inconscientes, mientras Marlow recuerda la fingida claridad de Londres… Los tambores resuenan (la música, como elemento mítico, está presente en toda la obra) mientras Marlow trata en vano de encontrar un sentido a un viaje, que, legua a legua, va perdiendo la dirección. Sí, el corazón del que habla Conrad es el corazón de ese león enjaulado que Kurtz ha conseguido despertar, el sentimiento que atenaza Marlow y a la sociedad occidental en constante progreso… Y es que ya lo decían precisamente los románticos, hay que descender al principio del alma y enfrentarse con el reflejo, cruel, para hallar nuestra propia alma.

Marlow debe elegir entre el deber y su propia alma, entre “lo correcto” y “lo bello y cruel”. El río del Congo sólo le desvela algo que ha estado ahí, en su propia alma, desde hace dos mil años, tres mil, quizá un sólo segundo: Su retrato petrificado, el mito. Los tambores son el corazón que late, en el pecho de Marlow, en el alma de un Kurtz enfermo, sabio, divino, libre.

Marlow regresará, tal vez… Tal vez su alma permanezca latiendo, como el retrato pintado por el artista permanece escondido en un sótano, clamando por nacer… el sofocante calor, la música sin contra-fugas ni arpegios, sólo el eco de un tambor en una selva espesa, la figura fantasmal del propio eco que espera, enferma, desdibujada…, sobre un papel ensangrentado que narra la historia de su propia alma.

*Este texto forma parte del libro Escritores y Fantasmas, Grandes Autores de la Literatura. Lo puedes encontrar aquí:

Grandes Autores de la Literatura: Escritores y Fantasmas