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Fdo. Martín Cid
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Relatos
Se desperezó, cansino. Casi se podían escuchar las aguas fluir, como en un remanso.
La rana contemplaba la catedral.
Toledo, enladrillada, añeja, con sus calles escasas, ya sólo, así, invitaban al recogimiento. Fluía, en lo alto del río, la ciudad, antaño populosa, quizá hoy olvidada, rugía, febril de recuerdos. Fluía, el gran Tajo, se arremolinaba y, en sus meandros, contemplaba el antaño mar de trigo, hoy desesperado. Olía a ladrillo y se escuchaba el repiqueteo de las leyendas.
Las palabras, sordas, aún resuenan, seguras, ecos. Giró la segunda bocacalle, quedaba poco para llegar, apenas pudo verlo. Recordaba un gran resplandor, iluminando la zona derecha. Giró la cabeza y sintió un fuerte golpe, para después ser despedido. Se quebraron las costillas. No había dolor. A su frente de su boca abierta, manaba sangre. Yacía con los ojos abiertos, luchando por respirar. Como un remanso, suave y cadencioso, manaba, insultante, vulgar, maravillosa, de su cráneo quebrado. Tomó la pluma. Recordaba, seguro, la que había sido su primera máscara, ahora ahogada, ahora perdida.
Alejo Alacid, escritor, estaba tumbado en la cama, no fumaba. Sobre la mesilla, una vieja radio.
Siempre se había imaginado la situación, ficticia, que había tomado cuerpo poco a poco. Escuchaba el trino de los pájaros y miraba la pared, gastada.
Cuando había llegado a la casa, le había molestado ser despertado por el canto, ahora agradable, de las aves. Nunca supo de qué clase de animal se trataba, había golondrinas y algunas otras sin verificar.
La sólida estructura de madera mojada se mantenía aún rígida, en la arrogancia propia de las grandes construcciones de principios de siglo. Entre crujido y crujido transcurrían los recuerdos del edificio, en un Madrid olvidado por las crónicas de sociedad y los ecos de los diarios: Como en un oasis, la casa se encontraba distante de las que le rodeaban. Construcciones uniformes, marrones y negras, con un jardín de dos metros por tres. El edificio Lagos es una de esas antiguas residencias de principios de siglo. Grandes espacios y elevados techos nos llevan a los aromas del café recién echo y del amanecer en calma. El edificio Lagos es uno de esos pocos lugares que aún permanecen en pie. Hoy convertido en tres residencias privadas, la construcción se hace eco de un lujo y un tiempo perdidos, quizá para siempre.
Mi eternidad comenzó por vez primera cuando él habló, embutido en su elegante sombrero de ala ancha. Aquel jovencillo, en el que el falso espejo de los años me impide reconocerme, recorría caviloso las calles de un Petesburgo ajeno, perdido ya por siempre en mis pensamientos y en mis deseos de joven inocente. Era su presencia, eran esos ademanes estudiados de aristócrata en paro, la media mirada siempre pícara, el gesto torcido, la noche de Petesburgo que prometía besos y recogía palabras e ilusiones.
El viejo fumador miró, de nuevo, el escritorio. ¿Dónde estaría la picadura? Apenas quedaba ya un ramillo de tabaco Balkan, convenientemente guardado en el humificador. Hacía ya tiempo que se había dejado de fabricar. El tabaco de Latakia era, a veces, siempre, desdeñado por los amantes de la picadura inglesa (la más común). Curiosa mezcla de aromas, combinado de tabaco de Virginia. Si se observaba la mezcla, se podía ver cómo abundaban los tabacos rubios (sin duda virginianos) y los toques negros. Nunca existiría, más, nunca más, una mezcla así: Fuerte, aromática.
Se escuchó un ruido y fuerte golpe. Pronto se pudo divisar un movimiento en la parte superior del establo. Una figura gigantesca surgió de la parte superior del establo. Embutida en un largo camisón blanco, con el pelo enmarañado y largo hasta casi los tobillos, la figura de Isabel descendía presurosa las largas escaleras. Los pies descalzos, colmados de astillas, rozaban cada peldaño, arañándolos con sus largas uñas.
Fueron
originalmente creados dos Leviatanes, uno macho y otro hembra.
Así los dos Leviatanes se alimentaban de los peces que
voluntariamente se introducían en sus poderosas fauces. Los
Leviatanes vivían pacíficos en el fondo del mar, donde
ningún ser humano osaría jamás a adentrarse. Dios,
al crear el mundo y los animales, creó también los peces
del mar, para servir de alimento a los hombres, y permitió al
Leviatán gobernar las aguas, sentado sobre una enorme piedra
junto a su compañera, porque así es como ha de ser el
equilibrio, mis niños.