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La Dalia Negra, de Brian de Palma
En ocasiones resulta, cuanto menos, gratificante encontrarse con antiguos amigos. Son esos amigos con los que pasábamos las horas muertas y llenaron de aventuras e interés nuestra adolescencia.
Brian de Palma es uno de estos viejos amigos. Hace ya tiempo de aquel su debut, con Carrie, en la que nos sorprendió a todos con aquel uso del montaje un tanto «novedoso». El espacio cinematográfico se ampliaba y, en un intento por alcanzar toda la secuencia, el cuadro se dividía en espacios para ofrecernos un nuevo concepto de realidad. Desde luego, esta forma de montaje no era nueva, pero sí sorprendió en este «nuevo renacimiento» que fueron los años ochenta.
Directores como Coppola o Scorsese intentaban innovar. Desde su más clásica formación, planteaban retomar los clásicos para darles nuevas formas y reinterpretaciones. Estos directores, muchos de ellos aún en activo, nos dieron una visión nueva de la realidad, en quizá la última época de «buen cine» (no grandiosa como los años cuarenta, pero sí una época en la que, al menos, las películas tenían ese afán de innovación que nunca debieron haber perdido).
Llegarían los noventa y llegaría el ya «consagrado» Dogma (hay gustos para todo), pero el cine más consumido, el hecho en Hollywood, dejó de plantearnos interrogantes para centrarse en una producción en masa que ya comenzaba a perfilarse a mediados de los ochenta.
Brian de Palma vive toda esta evolución y vive los años ochenta al amparo del recuerdo de su «Carrie». Rueda algunas otras obras como «Los Intocables de Elliot Ness» y reaparece, años más tarde, con una cinta digna de mención («Carlito's way»). Las premisas son las mismas: el montaje es el elemento fundamental en el cual se cimenta la estructura narrativa. Cualquier argumento vale para llamar la atención del espectador. Luego rueda «Mission Imposible» y parece que el director vuelve a la primera línea del cine comercial.
Pero de Palma no ha cambiado. Los argumentos siguen siendo los mismos y, en la recién estrenada «La Dalia Negra» nos ofrece una vuelta a ese gran cine de los años cuarenta, con gangsters, policías, mujeres fatales y, sobre todo, mucho cine.
La película es, desde su comienzo, un homenaje (de esos de los que tanto gusta el director) a los grandes clásicos del género. La cinta tiene una fotografía excepcional, basada en el clásico claro-oscuro. Elegantes, los juegos de luces y sombras se perfilan en la pantalla para ofrecernos un espectáculo de esos de los que disfrutábamos antes, con ese juego de antagonismos tan característico del «cine negro».
Scarlet Johansson es Lana Turner, Hilary Swank es Gene Tierney... Todos los personajes mienten y los giros argumentales son variados. Es el reencuentro con el viejo cine, con un tiempo anterior, en la que los personajes, oscuros y misteriosos, planteaban dudas más allá de la simple trama. El gris, el blanco y negro, se impone en esta cinta en color teñida de sombras y contraluces. «La Dalia Negra» destila recuerdos para cualquier cinéfilo, devolviéndonos a un mundo en el que no había buenos ni malos, en el que, aún, estaban permitidos los cambios de roles, en los que íbamos al cine esperando que nos sorprendieran, muy alejados de esta comodidad fingida que parecen ser los productos americanos actuales.
Basado en una novela de James Elroy, la trama gira en torno al asesinato de una de tantas «aspirantes a actriz», Betty Short. La trama se complicará rápidamente y el argumento pasará a un segundo plano. El Mc Guffin hittchkockiano funcionará a las mil maravillas. Los personajes, en un principios anclados a las derivaciones narrativas, irán tomando cuerpo poco a poco y se convertirán en los hilos en torno a los cuales gira la historia (como en las grandes películas). Los antagonismos de los policías protagonistas (Josh Hartnett y Aaron Eckhart) se complementan con las dos actrices protagonistas (Scarlett Johansson y Hilary Swank). Todos mienten, todos son teatrales. La dirección de actores y la puesta en escena es, asimismo, teatral, rebuscada, casi manierista.
La cinta nos recuerda constantemente a «El Sueño Eterno» (claro está, salvando las distancias). Hollywood y una trama que parece perderse, diluirse poco a poco a favor de una visión más compleja del espacio fílmico. Un homenaje, como ya hiciera tantas veces de Palma...
Desde luego, no es la mejor película de la historia, ni siquiera la mejor de de Palma... Pero, sin duda, es un placer volver a encontrarse con estos viejos amigos de aventuras juveniles, con el director de «Vestida para matar», con el perdido gusto por el verdadero misterio, con la mentira y el engaño, con un guión, por fin.
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