| |
La
"Novena"
«La
Obra de Beethoven no será entendida en lo menos doscientos
años.»
Franz
Schubert
Coincidiendo
con la apertura musical y el ciclo de conciertos sinfónicos en
Madrid, el Auditorio Nacional de Música nos ofrece la
oportunidad, una vez más, de escuchar, admirar, sentir una de
las obras más grandes de la historia de la música.
Sobre
una audiencia entregada, en la Viena post-imperial, en la herencia
caduca de los tiempos pasados, los siglos de Mozart, Hadyn y Gluck,
de los pujantes Rossini y la ópera italiana... Surge, como el
rayo que dicen que le alumbró el día de su nacimiento,
el gran hito de la historia. El compositor sordo, que no pudo
escuchar los aplausos tras la conclusión del cuarto movimiento
aquel 7 de mayo de 1824, el excéntrico medio loco que reía
a carcajadas ante una sonata mal resuelta, el hombre que escupía
a un hombre por considerar que «tenía cara de perro»...
El mito y el hombre, sumergidos en el océano del tiempo y la
historia, esquiva y maldita, hija de los poetas y los escribanos a
sueldo del Senado... En un tiempo incierto, hijo a medias entre las
luces de la razón y la superstición del pasado
reciente, surge el genio de Ludwig van Beethoven.
Compuesta
a partir del tono heroico recobrado de sus primeras sinfonías
(primera y tercera, sobre todo), la sinfonía nace como la
fusión entre el primer período clasicista (tardío)
y el ulterior mucho más entregado a la abstracción
(cuya máxima representación sería la sonata Hamerklavier). Sinfonía de contrastes, disonancias,
melodías abiertas y armonía perfecta... La novena es la
más grande de las catedrales compuestas por un hombre tras los
intentos (algunos dicen que fallidos) del gran Johan Sebastian Bach.
Una
obra que los taxistas tararean y los directores de orquesta aún
tratan de entender, concebida durante un período de veinte
años, escrita en el período vital más bajo del
compositor, tras superar un intento de suicidio de su hijastro,
multitud de enfermedades, el olvido de sus contemporáneos
(cada vez más inclinados hacia los nuevos aires provenientes
de la vieja Roma)... La novena se eleva por encima del resto de sus
sinfonías por convertirse en una yuxtaposición de los
estilos enfrentados del clasicismo primero de Mozart y el barroco
contrapuntísitico de Bach. Mezcla estilos, redunda en los
procedimientos pasados y crea estructuras nunca vistas, eternas y
sublimes, una catedral construida con las piedras de lo eterno e
instantáneo, con (como diría Humphrey Bogart) «el
material del que se fabrican los sueños».
Estructurada
en cuatro movimientos (tres de corte «clásico» y
el último coral), Beethoven plantea de manera abstracta y
definitiva, casi dialéctica, los conflictos últimos y
primeros del alma humana. Es norma, cuando algún profano
escucha por primera vez esta sinfonía, oír expresiones
como «dureza», «fuerza» o «pasión».
Precisamente son éstas las claves por las que la Novena es tan
grande, por la fuerte colisión en cada uno de sus pasajes.
Escuchar las primeras notas en las que la muerte llama a la puerta de
un anciano y joven Beethoven (H. Berlioz). Éste se defiende
con un enérgico «no», varias veces... Las
similitudes con algunas obras de Schubert son claras. La muerte
expresada con el sonido suave (ahora terrible) de los violines,
opuesta con su negativa enérgica. Los violines, usados
comúnmente como acompañamiento sin uso expresivo,
adquieren ahora rudeza, fuerza, determinación. Son la muerte
en contraste con las ganas de vivir del autor. El primer movimiento
es un compendio de saber musical, de maestría en el uso de las
técnicas clásicas (quizá tan solo ahora
esbozadas tras esta sinfonía). De la amabilidad de Mozart, un
músico de costumbres en palabras de Einstein, pasamos al pasmo
y la fascinación, a un camino nuevo de realizaciones absolutas
y metafísicas, un mundo cubierto por iluminismo y la Razón,
por el contraste del mundo antiguo y el moderno.
El
segundo movimiento, definido por los críticos como «el
infierno en llamas», pasa a desarrollar la idea expuesta.
Incluso el scherzo más alegre o los motivos fugados son
terribles (otra vez Berlioz, que dirigió una de las
interpretaciones, junto con Wagner, de esta sinfonía).
Interpretar este segundo movimiento es mirar al centro del alma misma
del director, del primer violín y del fragot, buscando esa
dicotomía entre vida y muerte, la fuerza de vivir en cada
movimiento, exagerado, de escalas cambiantes (el «re»
principal pasa a la subdominante «sol» para luego
convertirse en «fa»: Sinfonía de lo absoluto).
Luego
el adagio, celebérrimo, preparación de lo que ha de
venir. El alma del hombre, exhausta del combate eterno con la muerte,
con el abosoluto, se toma unos momentos de relajación: ¡No!,
de nuevo, más allá, más cerca. Hasta en la
composición de una pieza que, en una estructura sinfónica
clásica debería estar expuesta al principio de la obra,
el autor nos muestra un mundo de sufrimiento y dolor, en un universo
de alegría aparente se ocultan la raíz de lo absoluto,
del dolor de la «Amada Inmortal», del hombre buscando su
destino, del hombre que, un día, llegó a ser
«Beethoven».
El
cuarto movimiento, el más recordado, fue concebido cuando el
autor apenas tenía veintidós años, cuando ya
tomaba cuerpo la idea de poner música a la Oda a la Alegría
de Schiller. Tomó trozos, cortó algunos (como los
dedicados a la embriaguez) y elaboró un estilo musical nuevo,
con temas operísticos. Comienza como el primer movimiento, se
rompe el compás, se impone la melodía, entran los
coros... Se rompen, de nuevo, siempre, las escalas y los contrastes
son absolutos, sin medida... El tenor inicia: «No con estos
sonidos». No, el tono fúnebre, lucha, enfrentamiento, de
los tres movimientos anteriores, dan paso a nuevos compases, a temas
nuevos. Es el movimiento que conjuga los tonos anteriores con la
nueva obra, los coros. En el último período de su vida,
Beethoven escribe gran cantidad de obras para la voz humana (que
paradógicamente no podía escuchar), la Missa
Solemnis sobre todo... Es el final digno de una sinfonía
distinta, que ni los más entendidos podrán jamás
explicar sin recurrir a interpretaciones varias (y sin duda erróneas,
también certeras).
No
hay obra posterior que no tenga una deuda eterna con esta sinfonía.
La
Novena Sinfonía de Beethoven, en re, opus 125. «Sinfonía
Coral». Beethoven resiste el tiempo como sólo los
gigantes pueden hacer, los Joyce y Aristóteles. La Novena es
el gran monumento de un hombre sordo que dio al mundo el mejor de los
sonidos: La vida hecha música, el universo en re, un final
operístico. Beethoven moriría años más
tarde, consumido por múltiples enfermedades. Dicen que, antes
de morir, el músico despertó de su coma, cayó un
rayo, cerró el puño. Murió la música.
Martín
Cid |
|