Martin Cid
 
   
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Esta es la página personal de Martín Cid. Se publicarán tanto críticas literarias, musicales o artísticas de cualquier tipo o condición, así como textos narrativos del autor.

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Fdo. Martín Cid

 

   
 

La "Novena"

«La Obra de Beethoven no será entendida en lo menos doscientos años.»

Franz Schubert

Coincidiendo con la apertura musical y el ciclo de conciertos sinfónicos en Madrid, el Auditorio Nacional de Música nos ofrece la oportunidad, una vez más, de escuchar, admirar, sentir una de las obras más grandes de la historia de la música.

Sobre una audiencia entregada, en la Viena post-imperial, en la herencia caduca de los tiempos pasados, los siglos de Mozart, Hadyn y Gluck, de los pujantes Rossini y la ópera italiana... Surge, como el rayo que dicen que le alumbró el día de su nacimiento, el gran hito de la historia. El compositor sordo, que no pudo escuchar los aplausos tras la conclusión del cuarto movimiento aquel 7 de mayo de 1824, el excéntrico medio loco que reía a carcajadas ante una sonata mal resuelta, el hombre que escupía a un hombre por considerar que «tenía cara de perro»... El mito y el hombre, sumergidos en el océano del tiempo y la historia, esquiva y maldita, hija de los poetas y los escribanos a sueldo del Senado... En un tiempo incierto, hijo a medias entre las luces de la razón y la superstición del pasado reciente, surge el genio de Ludwig van Beethoven.

Compuesta a partir del tono heroico recobrado de sus primeras sinfonías (primera y tercera, sobre todo), la sinfonía nace como la fusión entre el primer período clasicista (tardío) y el ulterior mucho más entregado a la abstracción (cuya máxima representación sería la sonata Hamerklavier). Sinfonía de contrastes, disonancias, melodías abiertas y armonía perfecta... La novena es la más grande de las catedrales compuestas por un hombre tras los intentos (algunos dicen que fallidos) del gran Johan Sebastian Bach.

Una obra que los taxistas tararean y los directores de orquesta aún tratan de entender, concebida durante un período de veinte años, escrita en el período vital más bajo del compositor, tras superar un intento de suicidio de su hijastro, multitud de enfermedades, el olvido de sus contemporáneos (cada vez más inclinados hacia los nuevos aires provenientes de la vieja Roma)... La novena se eleva por encima del resto de sus sinfonías por convertirse en una yuxtaposición de los estilos enfrentados del clasicismo primero de Mozart y el barroco contrapuntísitico de Bach. Mezcla estilos, redunda en los procedimientos pasados y crea estructuras nunca vistas, eternas y sublimes, una catedral construida con las piedras de lo eterno e instantáneo, con (como diría Humphrey Bogart) «el material del que se fabrican los sueños».

Estructurada en cuatro movimientos (tres de corte «clásico» y el último coral), Beethoven plantea de manera abstracta y definitiva, casi dialéctica, los conflictos últimos y primeros del alma humana. Es norma, cuando algún profano escucha por primera vez esta sinfonía, oír expresiones como «dureza», «fuerza» o «pasión». Precisamente son éstas las claves por las que la Novena es tan grande, por la fuerte colisión en cada uno de sus pasajes. Escuchar las primeras notas en las que la muerte llama a la puerta de un anciano y joven Beethoven (H. Berlioz). Éste se defiende con un enérgico «no», varias veces... Las similitudes con algunas obras de Schubert son claras. La muerte expresada con el sonido suave (ahora terrible) de los violines, opuesta con su negativa enérgica. Los violines, usados comúnmente como acompañamiento sin uso expresivo, adquieren ahora rudeza, fuerza, determinación. Son la muerte en contraste con las ganas de vivir del autor. El primer movimiento es un compendio de saber musical, de maestría en el uso de las técnicas clásicas (quizá tan solo ahora esbozadas tras esta sinfonía). De la amabilidad de Mozart, un músico de costumbres en palabras de Einstein, pasamos al pasmo y la fascinación, a un camino nuevo de realizaciones absolutas y metafísicas, un mundo cubierto por iluminismo y la Razón, por el contraste del mundo antiguo y el moderno.

El segundo movimiento, definido por los críticos como «el infierno en llamas», pasa a desarrollar la idea expuesta. Incluso el scherzo más alegre o los motivos fugados son terribles (otra vez Berlioz, que dirigió una de las interpretaciones, junto con Wagner, de esta sinfonía). Interpretar este segundo movimiento es mirar al centro del alma misma del director, del primer violín y del fragot, buscando esa dicotomía entre vida y muerte, la fuerza de vivir en cada movimiento, exagerado, de escalas cambiantes (el «re» principal pasa a la subdominante «sol» para luego convertirse en «fa»: Sinfonía de lo absoluto).

Luego el adagio, celebérrimo, preparación de lo que ha de venir. El alma del hombre, exhausta del combate eterno con la muerte, con el abosoluto, se toma unos momentos de relajación: ¡No!, de nuevo, más allá, más cerca. Hasta en la composición de una pieza que, en una estructura sinfónica clásica debería estar expuesta al principio de la obra, el autor nos muestra un mundo de sufrimiento y dolor, en un universo de alegría aparente se ocultan la raíz de lo absoluto, del dolor de la «Amada Inmortal», del hombre buscando su destino, del hombre que, un día, llegó a ser «Beethoven».

El cuarto movimiento, el más recordado, fue concebido cuando el autor apenas tenía veintidós años, cuando ya tomaba cuerpo la idea de poner música a la Oda a la Alegría de Schiller. Tomó trozos, cortó algunos (como los dedicados a la embriaguez) y elaboró un estilo musical nuevo, con temas operísticos. Comienza como el primer movimiento, se rompe el compás, se impone la melodía, entran los coros... Se rompen, de nuevo, siempre, las escalas y los contrastes son absolutos, sin medida... El tenor inicia: «No con estos sonidos». No, el tono fúnebre, lucha, enfrentamiento, de los tres movimientos anteriores, dan paso a nuevos compases, a temas nuevos. Es el movimiento que conjuga los tonos anteriores con la nueva obra, los coros. En el último período de su vida, Beethoven escribe gran cantidad de obras para la voz humana (que paradógicamente no podía escuchar), la Missa Solemnis sobre todo... Es el final digno de una sinfonía distinta, que ni los más entendidos podrán jamás explicar sin recurrir a interpretaciones varias (y sin duda erróneas, también certeras).

No hay obra posterior que no tenga una deuda eterna con esta sinfonía.

La Novena Sinfonía de Beethoven, en re, opus 125. «Sinfonía Coral». Beethoven resiste el tiempo como sólo los gigantes pueden hacer, los Joyce y Aristóteles. La Novena es el gran monumento de un hombre sordo que dio al mundo el mejor de los sonidos: La vida hecha música, el universo en re, un final operístico. Beethoven moriría años más tarde, consumido por múltiples enfermedades. Dicen que, antes de morir, el músico despertó de su coma, cayó un rayo, cerró el puño. Murió la música.

Martín Cid