Finalista Primer Cuento Corto Dante Alihieri 2007.
Finalista X Certamen Literario "Café Compás" con la obra Leviatán. 2008
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Fdo. Martín Cid
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"Las
alegres Comadres de Welles". Cine.
Cuéntame,
Musa, la historia de un hombre de muchos senderos, que anduvo errante
muy mucho después de Troya sagrada asolar. Con estas palabras
comienza el poeta su relato. Cuéntame la historia de un hombre
que lo tuvo todo y lo había perdido. Cuéntame la historia
de los que siempre han existido en una ensoñación, de
los que han perecido al pagar el divino precio de la trición,
y de los que jamás existirán por estar vivos. Y miró
Jacob al cielo y legiones de ángeles aparecieron: vio el príncipe
Hal ante la corona real de su padre moribundo; Miró Jacob y vio
a Yago enamorado, vio a Ofelia y a Hamlet vio, todos ellos poseídos
por el mal de la actuación; miró al cielo y sobre aquella
escalera divisó a los ángeles caídos, a cuya cabeza
marchaban MacBeth y su mujer, con una manzana enroscada bajo el rostro;
miró y en lo alto estaba Falstaff, en su trono fingido, siempre
con su copa de vino en la mano., Demiurgo terreno de un mundo atrapado
en la historia. Dime, dulce Musa, si se esconden tras el amanecer de
Elsinore los duendes soñados en caracteres góticos, si
esconde la locura a la tracición... O si ser habría significado
haber perdido y no ser, haber olvidado...
Es
William Shakespeare la gran escultura en un mundo de marionetas: las
obras del genial autor sobrepasan las pretensiones iniciales de "obra
de encargo" para convertirse en anatomías de sentimientos
y personajes, narrados con hondo lirismo y cómica percepción.
Nacido en la vieja Inglaterra de tiempos renovados, en aquella moderna
Inglaterra de un nuevo teatro de descubrimientos escénicos y
conquistas lingüísticas, muy cerca de los orígenes
de la cultura, en una época en la que por fin se volvían
a escribir libros..., fue Shakespeare el escritor que mejor comprendió
el problema de llevar una corona, el autor al servicio del personaje
siempre por encima de la obra, el hombre que ha convertido la tímida,
convencional y refinada prosa del S. XV en la a veces poética
y siempre penetrante lengua inglesa... No habla este primer gran autor
moderno en la elegante e irónica lengua de Dickens, ni siquiera
en la prosa maravillosa e imposible de Joyce, sino en el lenguaje de
las musas homéricas, de los tiempos modernos, habla para todos
y por todas las bocas y lenguajes, en parámetros universales
de gran autor. No fueel creador del canon, sino su descubridor: más
allá de la elegancia de sus palabras y de sus frases construidas
con el sudor de sus personajes en un lenguaje olvidado, más allá
de las propias historias relatadas..., en los por siempre vivos personajes,
anclados en un tiempo determinado, reflejados en el espejo deformado
de la mente humana. Son estos personajes los que dan vida a la obra
de Shakespeare, los que aún nos maravillan, y mucho más
allá del proselitismo militante de los textos de gramática
inglesa. Shakespeare está más allá del texto, sobre
la historia y sobre y para los personajes, en un mundo mítico
de genios y adivinanzas: siguen vivos los Hamlet y Otelo, los mil Enriques
y los Cinco Reyes, Falstaff y los duendes de El Sueño de una
Noche de Verano, el tonto y juvenil Romeo, la tempestad desatada sobre
los versos de un soneto... Sigue viva Desdémona, apagando su
luz cada noche al abrigo de un teatro...
...En un mundo moderno dominado por las
grandes estructuras y la deshumanización paulatina, en la Norteamérica
de los grandes estudios y los pequeños talentos, de las películas
sin historia y estrellas sin brillo, en la joven Norteamérica
surgió un jovencito educado sobre las bases de la vieja Europa,
criado con el maná de los textos del viejo dramaturgo en un desierto
de cultura. Fue Orson Welles un talento demasiado denso para la frívola
y desarraigada cultura de los Truman Capote, Scott Fitzgerald... los
parajes violentos e inestables de Faulkner. Pero es también la
tierra que importa talentos de Europa, que trae a grandes guionistas
como Lubitsh o WIider,, que le concede a Stroheim la capacidad de hacer
películas. En un país de contradicciones surge un "arte"
de masas para todos, un "arte" que debe ser primeramente espectáculo
para matrimonios con acné. Nace el cine para las masas y surgen
los parámetros de los grandes estudios, nos enseñan qué
debemos ver y qué historias nos deben hacer llorar. Nace Ciudadano
Kane (1940), con sus novedosas propuestas escénicas y su pesimista
visión de la Norteamérica moderna. Surge el Welles que
mira constantemente al pasado y a la tradición, buscando una
penitencia no compartida por el gran público. Muere el gran Orson
Welles de Ciudadano Kane, de El Cuarto Mandamiento (1941-1942), el Welles
del Variety y el esposo de Rita Hayworth... Ha nacido el Welles europeo,
la eterna estrella en decadencia, el norteamericano más europeo.
Fue
muy temprana la identificación del cineasta con el dramaturgo
inglés, fue duradera ésta: MacBeth (1947-1948), Otelo
(1949-1952), Campanadas a Medianoche (1964-1966). Pero además
de estas adaptaciones directas, toda la filmografía de Welles
está imbuida del espíritu shakespeariano: Desde un Charles
Foster Kane (Ciudadano Kane), auténtica pintura de un Enrique
V ahogado por el peso de la corona; un Hank Quinlan (Sed de Mal), decadente
espejo del Yago conspirador, de un MacBeth condenado por el destino;
hasta llegar al propio esperpento de Orson Welles (Fraude), espejo del
tiempo y de la circunstancia, como el alegre, a veces fanfarrón
y siempre encantador Jack Falstaff. Se puede respirar la esencia y caminar
tras las huellas del espíritu del dramaturgo en todas y cada
una de las películas del cineasta. Mucho se ha hablado sobre
la escenografía recargada, la excéntrica puesta en escena,
las angulaciones imposibles... Tras la elaborada y siempre elegante
técnica cinematográfica wellesiana se esconde el espíritu
de las tragedias de Shakespeare, de la comedia elegante y de los personajes
condenados por tres brujas.
Son las adaptaciones de Welles consecuencia
de la idiosincrasia inglesa más destilada. Rudas, con acentos
irlandeses y norteamericanos, con la sinceridad con la que tan solo
un extranjero puede permitirse mirar. Welles recrea en imágenes
el mundo inédito de Shakespeare, bañándolo de planos
con unidades complejas y autosuficientes (los célebres planos
clausurados en sí mismos, herederos directos del expresionismo
alemán). de metáforas fotográficas (las luces y
sombras en el palacio y en los rostros del disoluto príncipe
Hal y su real padre), de interpretaciones contrapuestas (esos acentos
insultantemente irlandeses y norteamericanos, ese tono de gran teatro
de John Gielgud), ágiles movimientos de cámara puramente
cinematográficos y de recursos teatrales (en su día cosiderados
poco menos, o poco más, que un insulto a la siempre auto-reivindicativa
técnica de hacer películas).
Es celebrada la prosa de Shakespeare
por maestros sexagenarios y por literatos de verbo fácil: Es
celebrada la construcción formal en Welles por estudiantes de
pedantería igualmente fácil. Pero llega el día
en el que todos somos juzgados por el tiempo, y seguirá este
juicio las mismas directrices que hicieron de Cervantes y Homero colosos
y que convirtieron en tierra los nombres de mil hombres olvidados. Más
allá de la brillantez escénica y del lirismo poético,
de los homenajes póstumos y de las frases olvidadas en las citologías...,
estamos ante las obras de dos artistas, dos nombres que han sabido elvarse
por encima de la masiva mediocridad y han dotado a sus obras de la siempre
necesaria auto-afirmación. Las adaptaciones de Welles no son
meras transformaciones de texto en imagen., ni siquiera recreaciones
de un mundo pasado ya imaginado, sino los verdaderos sueños de
un espíritu libre tomando la inspiración del literato
que más ha influido en la literatura moderna, creados los mitos
para ser inmortales.
Fueron Welles y Shakespeare dos almas
en contacto a través de un tiempo gobernado por el idioma inglés
y las convenciones, las férreas reglas inglesas medievales y
las tiránicas reglas de los estudios hollywoodienses. Separados
por la técnica y los elementos, por el tiempo y la incierta circunstancia...,
desafiando ambos al presente y al pasado, enmascarando el esplendor
de su brisa. Brilló pálida la estrella de Welles para
luego ser parcialmente eclipsada, brilló en la corte la estrella
de Shakespeare eclipsando la historia..., enterrados en el Seôl
en vida, brillarán en el Olimpo de las verdaderas estrellas los
dos por siempre, nunca más, dijo el cuervo.