| |


I
Y
comenzó mi eternidad vencida en tus ojos hundidos. Bajo tus
cuencas ovaladas de gran rusa murieron mis recuerdos culpables, bella
madre y tierna amante, en la estepa interminable de los pastos
ausentes..., bajo el sagrado icono de la sublime virgen blanca. Y así
era ella, de bellos ojos verdes y largos y negros y sedosos cabellos
que caían aceitosos y ligeros sobre sus hombros desnudos. Así
era ella, y así fue sólo en el primer instante que
contemplé los ojos de la gran heroína trágica,
aquellos ojos verdes en los que se perdió éste su
amante narrador. En esos tus hombros perfilados sutiles, Adaia
Ivanovna, bajo tu rostro de ángel negro lloró tu autor,
y sobre el recuerdo de tus labios de sangre y vino y tragedia murió
aquel joven llamado Nikolai Andriasevich, por siempre Andriasevich....o penetraba espeso,
abigarrado, febril. Su antiguo y suave tacto, el cadencioso compás,
se había quebrado. ¡El sabor! Sí, todavía
hoy podía recordar el resabio de un cigarrillo cuando el
tierno Nikolai Andriasevich caminaba por las calles de Petesburgo,
cuando miraba la luna, cuando la miraba teñido de recuerdos,
cuando la miraba enamorado. Aquel aroma había desaparecido,
pero ya no sentía la añoranza por aquello que había
sido, ni siquiera tristeza por lo que había perdido, ya no
asaltaban su mente los recuerdos de sus noches con ella. Adaia
Ivanovna, mi Adaia.
¿Quieres descargarte el texto completo? Pincha aquí, es gratis.

|
|