Martin Cid
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Obras
Novela

"Ariza" 2008. Ed Alcalá.

"Un Siglo de Cenizas", 2009. Ed Akrón.

"El Jugador ante el Espejo". 2010. Ed Akrón.

"Los 7 Pecados de Eminescu". 2010. Descarga Libre.

 
   

Premios
Relato

1er premio narraciones cortas ciudad de Jerez. 2009.

Finalista Primer Cuento Corto Dante Alihieri 2007.

Finalista X Certamen Literario "Café Compás" con la obra Leviatán. 2008

 
   
   

Esta es la página personal de Martín Cid. Se publicarán tanto críticas literarias, musicales o artísticas de cualquier tipo o condición, así como textos narrativos del autor.

NO SE PERMITE LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL DEL CONTENIDO BAJO PENA MORAL (pero si se pide diré que sí, y si no se pide... por favor, pongan la url del sitio, se agradecerá con el cielo eterno).

Fdo. Martín Cid

 
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El Elixit del Amor. De Gaetano Donizetti.
 

El Elixir del Amor

Ópera estrenada originalmente en 1832 en el teatro Canobbiana de Milán. Antes de su afamada «Lucia de Lammermoor», Donizetti nos brinda este drama jocoso en dos actos, que marcan uno de los hitos en el «bel canto».

Bajo estas premisas el afamado Mario Gas retoma la producción que ya le supuso un gran éxito allá por 1983, cuando aún era un desconocido en el panorama operístico. La obra cuenta con dos directores musicales de excepción, Maurizio Benini y Manuel Valdivieso (Benini ya trabajó en el éxito de hace un par de temporadas Tosca, en el mismo Teatro Real).

 

Con estos antecedentes, no es difícil prever el seguro éxito de la producción (a la espera de los recitales de Cecilia Bartoli y Rolando Villazón, las dos voces de moda en la escena operística), el Real brinca este «aperitivo» en forma de «ópera bufa». La (cuanto menos) irregular temporada teatral que se inauguró con un controvertido Don Giovanni, nos llevará a Puccini y de vuelta a un Mozart primerizo en «El Rapto del Serrallo».

 

Gas lleva la acción a la Italia de Mussolini (con el fin de «hacer la historia más próxima y viva al espectador», en fin, cada cual con su opinión). Cuenta la historia de siempre. Chico (Nemorino) está profundamente enamorado de chica (Adina), una de esas mujeres con afectos demasiado volátiles («de corazón libre»). Un sargento (Belcore), tan dúctil como lisonjero, tan egotista como vanidoso, ofrece sus favores a la bella Adina. El gran personaje de la obra: Dulcamara (muy español en su picaresca, muy italiano en su vertiente Rossini). Aparece en escena el sargento Belcore, que cubre de alabanzas y dádivas a la bella Andina. Dulcamara, timador de poca monta, ducho en engaños y en el «noble arte de no decir nunca nada», ofrece a Nemorino una poción (el elixir del amor) que le proporcionará el favor de su amada Adina. Tiene la particularidad este brebaje -se trata sólo de un Burdeos vulgar- que sólo actúa al día siguiente (tiempo justo que tardará Dulcamara en poner «pies en polvorosa»). Nemorino lo bebe y, seguro de su efecto, finge indiferencia para con Adina. Ésta, a su vez, cede a las peticiones de Belcore y acepta contraer matrimonio con el sargento. Nemorino desespera: El contrato se firmará ese mismo día, por lo que Adina no tendría tiempo efectivo para sufrir los efectos de la magia de Dulcamara. Fin del Acto I.

Tras un entreacto (bastante gracioso, Gas ha sabido arrancar varias sonrisas cómplices del espectador), la acción continúa. Nemorino, presa de la desesperación, acude a Nemorino para pedir una poción que actúe al instante. Ley de oferta y demanda: Sin dinero, no hay brebaje. Nemorino habla con el sargento Belcore y éste le propone alistarse para así obtener el dinero. El enamorado acepta. Adina presa de los celos por la indiferencia de Nemorino. Ha dicho el tendero (y cuidado, éste es de fiar) que Nemorino acaba de heredar una fuerte suma, por lo que ahora es rico. Hay cosas que nunca cambian, ni en 1800 ni en la actualidad: Ante las buenas nuevas, las mujeres pierden la cordura y acosan a Nemorino. El elixir ha hecho su efecto, piensa. Adina ha comprado el contrato que vinculaba a Nemorino al ejército y le confiesa a éste su amor. Un final digno del mejor Mozart: coros, perdices y vino. La obra termina con Dulcamara partiendo en su sidecar (si Donizetti levantara la cabeza...).

 

Como podrán ver, el argumento no es «para tirar cohetes». Desde luego, se trata de un clásico de la ópera, y quizá en su aparente sencillez se base buena parte de su éxito. Sucede como en otros muchos casos, entre los cuales podríamos destacar a Verdi o Puccini por ser algunos de los más notables. De un libretto mediocre (escrito por Felice Romani, basado en una obra de Eugene Scribe llamada «Le Philtre») Donizetti obtiene una gran partitura. La época del «bel canto» destacó todo este siglo, y sobresale por su belleza vocal y sus interpretaciones. La melodía acompaña la voz (como en este caso de forma admirable) y se logra, en parte gracias al empleo de los coros, una composición admirablemente melódica y estructurada.

 

La obra siempre ha planteado curiosas paradojas. La aparente sencillez del texto ha dado lugar, a veces, a puestas en escena parcas o mediocres. No es el caso de nuestra representación. Sin alardes técnicos ni escenográficos, la obra invita al empleo de la iluminación como material narrativo. El movimiento de los coros en la escena plantea a veces problemas de espacio (resueltos de manera eficiente e incluso brillante por Gas).

En la obra destaca Dulcamara por encima de todo y todos, como sobresaldrían Figaro o decenas de personajes secundarios en tantas obras que terminan llevando el peso narrativo. Los clásicos siempre beben de los clásicos, no hay invento posible. Narrativamente, no es un caso singular: Se plantea el problema, aparece el hada (en esta ocasión es un «doctor vende-motos»), se crea el conflicto aparentemente irresoluble y éste termina solucionándose de manera más o menos sorprendente (no podemos exigir aquí un final shakesperiano tipo Verdi) . Pero la obra, a pesar de esta citada sencillez, posee una fuerza inherente que la separa del texto. Los coros recuerdan mucho al primer teatro griego, tanto en su vertiente narrativa como en la cuestión moralizadora de sus intervenciones (la ópera siempre ha poseído un cierto toque ancestral, incluso allá en el ancestral S. XIX).

La puesta en escena es, por ello, fundamental y requiere a alguien experimentado y dispuesto a «jugarse» el tipo (si bien es cierto que las muchas representaciones de la obra dan espacio para «caminar sobre seguro»). El espacio teatral se distribuye admirablemente, creando siempre situaciones próximas a la escena (conflictos y paradojas se desarrollan paralelamente en texto, melodía y escenografía). Asimismo, la iluminación acompaña el «espacio dramático» de la obra, no destacando más que cuando tiene que hacerlo (momento en el que Dulcamara y Adina recitan una canción cómica cubiertos con máscaras o algún aria).

Se hace curioso cómo, en este tipo de óperas, se hace realmente importante el rol del actor-cantante. Sin una buena interpretación, la obra se vendría al traste (a destacar a Giorgio Surian, que interpreta el papel de Dulcamara en el segundo reparto de la obra).

Los actores son desiguales. Mariola Cantarero, que interpreta el papel de Andina, logra con su gran voz componer un papel creíble, dentro de las limitaciones de la «ópera bufa». La interpretación escénica es otro cantar, si bien es cierto que toda la obra posee una interpretación definitivamente teatral, Mariola Cantarero no logra convencernos en sus gestos (sobre todo en el dueto final con Antonio Gandía). Su voz, bien controlada y con partes memorables (no en vano es considerada la mejor soprano española), sí nos conmueve. Recordemos, en una ópera en la que la mismísima María Callas se dio un gran batacazo. Mariola Cantarero, que parece especializarse en obras de Donizetti tras el reciente éxito de Lucia de Lammermor en Santiago, es considerada la voz del futuro (como atestiguan algunos de los premios recibidos). Sin duda, dará que hablar.

Antonio Gandía, en el papel de Nemorino tiene una de las grandes oportunidades de su vida. «Una furtiva lagrima» es un aria de esas que siempre se recuerdan (como lo haremos dentro de poco más de un mes con Puccini). Tal vez eclipsado por la Cantarero, no logra en los duetos la fuerza necesaria. Tenor correcto, joven, andaluz y audaz... Su papel es más destacado por las arias que por su participación total en la obra. Nemorino es un actor principal, pero la obra gira en torno a los dos fuertes y potentes papeles de Dulcamara y Adina. Correcto.

Otro tema sería tratar la interpretación de Giorgio Surián (bajo), tan efectista como efectivo. El papel de Dulcamara no es precisamente para hacer un alarde de comedimiento (ni vocal ni interpretativo). Está genial en su papel bufo, el público aplaudirá a rabiar en sus representaciones. No en vano, cierra la obra con un gran solo. Gas reserva una sorpresa para este divertido papel al final, no se la pierdan ni se vayan antes de que terminen (advertido queda). Los aplausos, seguro, serán muchos y sinceros.

Martín Cid