 
El
cuadro representaba, como ya he dicho, a una joven. Se trataba
sencillamente de un retrato de medio cuerpo, todo en este estilo, que
se llama, en lenguaje técnico, estilo de viñeta; había
en él mucho de la manera de pintar de Sully en sus cabezas
favoritas. Los brazos, el seno y las puntas de sus radiantes
cabellos, pendíanse en la sombra vaga, pero profunda, que
servía de fondo a la imagen. El marco era oval, magníficamente
dorado, y de un bello estilo morisco. Tal vez no fuese ni la
ejecución de la obra, ni la excepcional belleza de su
fisonomía lo que me impresionó tan repentina y
profundamente. No podía creer que mi imaginación, al
salir de su delirio, hubiese tomado la cabeza por la de una persona
viva. Empero, los detalles del dibujo, el estilo de viñeta y
el aspecto del marco, no me permitieron dudar ni un solo instante.
Abismado en estas reflexiones, permanecí una hora entera con
los ojos fijos en el retrato. Aquella inexplicable expresión
de realidad y vida que al principio me hiciera estremecer, acabó
por subyugarme.
El
retrato oval, de Edgar Allan Poe
I
Para unos es muy
corto; para otros regular; muy largo para los tristes… Para
Dios la eternidad…
La
noche centelleaba, palpitante de reflejos y pálida, reflejada
en la claridad de la noche, iluminada siempre el reflejo de la Luna
sobre sus aguas.
El
camino se extendía llano sobre la costa, conduciendo hacia el
faro, desde hace ya muchos años apagado. En un viejo reino
junto al mar.
La
noche estaba apagada, henchida de humedad, sin viento, suspendida en
la tiniebla del faro imponente, casi invisible.
Las
aguas silenciosas apenas permitían entrever algunos ecos,
monocordes, casi crepitando en un susurro.
II
Allí vivía
una doncella conocida bajo el nombre de Annabel Lee…
A
la sombra del faro, una casa, una luz en la ventana. Una puerta
entreabierta….
-Esta
vez será la última –dijo Edgar, con ese acento
propio del ebrio.- ¡Nunca más! Será una última
vez…, por los viejos tiempos.
Anna
le miró fijamente, tratando de mirar más allá de
sus palabras.
-Todo
ha salido mal, Anna… –repetía Edgar…- Lo
tenía hecho, todo estaba bien atado, sólo una mala mano
en el último minuto y todo se terminó… Pero
Anna, ahora he de pagar mi deuda, te ruego me ayudes… ¡Será
de veras la última vez!
-Siempre
es una mano, Edgar –Anna hablaba tranquila, pausada, buscando
un atisbo de comprensión en el rostro de Edgar.- Si no es una
mala jugada es alguien que ha hecho trampas, desde luego… Pero
al que sólo tú debes dinero.
-Te
lo ruego, cariño… Debes ayudarme sólo por esta
vez. Debemos encontrar una solución, de esta manera tú
y yo podríamos al fin ser felices, mucho más allá
de este lugar… Los dos solos.
-Hace
tanto tiempo que repites lo mismo, Edgar. Hace ya tanto tiempo que
vengo escuchando esta misma cantinela…
-¡No
esta vez, Anna, no esta vez!
-¿Volverás
a jugar, Edgar? –preguntó Anna.
-Nunca
más –Edgar se llevó la mano al pecho y cerró
los ojos.- Prometo no volver nunca más a ese lugar…
Nunca más.
Anna
se levantó en silencio, muy lentamente, caminó unos
pasos hasta un biombo cercano. Edgar permaneció inmóvil,
sonriente. Anna corrió las paredes de la pantalla, para evitar
ser vista. Tras unas cajas, se escondía un pequeño
sobre, del cual extrajo algunos billetes. Se dirigió de nuevo
a la estancia, en la cual esperaba Edgar, quien hacía ímprobos
esfuerzos por mantenerse erguido.
-Será
la última vez, Edgar, no habrá una próxima.
---------------------
La
luz se filtraba tenue por el leve espacio entre la cortina y la
ventana, dejando la habitación casi en penumbra. Apenas se
dejaban ver dos sombras, Anna y su hermana, Isabel.
-¿Terminaste
cediendo, verdad? –Preguntó Isabel.- Siempre lo haces….
-Será
la última, esta vez le he creído – respondió
finalmente Anna, tras una larga pausa.
-¿No
te das cuenta que nos utiliza, hermana, acaso no es tu mente enferma
capaz de ver tan solo eso?
-Esta
vez sí, Isabel. Me ha dicho que por fin podremos irnos juntos
los dos, alejarnos al fin de este lugar.
-¡Qué
tonta eres, hermanita! ¡Cuántas promesas y cuántos
engaños! Eres más idiota de lo que pensaba, Anna. No
tienes el suficiente coraje para reconocer que lo único que él
quiere de ti es tu hermoso dinero
-¿Y
por qué no? ¿Acaso no puedes creer que él me
quiere, que de veras está atravesando un mal momento?
-¡¿Qué
iba a querer un hombre como Edgar de ti, hermanita?! ¡Eres una
pobre loca! Todo el pueblo lo comenta… ¿Acaso eres
sorda también? ¿No escuchas los murmullos mientras
caminas? ¿Las risas sostenidas, cómo se apartan de ti
unas miradas y cómo otras muestran sus crueles risas?
-¿Y
qué habría de ser? Todo el día aquí
encerrada, cuidando de ti, Isabel… Se me escapa la juventud,
hermana… Y tal vez ahora tenga una esperanza
-¿Vas
a echar ahora la culpa a tu hermana tullida? ¿Tengo que
recordarte la razón por la que estoy en esta situación,
Anna? ¡Vamos, hasta los locos tienen recuerdos! ¡Haz
memoria, maldita tarada!
-Lo
único que no soportas es que sea a mí a la que él
quiere. Isabel… Eso te carcome cada día y no puedes
olvidarlo.
-¡Es
un maldito borracho! –Exclamó Isabel.- ¿Qué
podría querer yo de un tipo así? Si apenas puede cuidar
de si mismo… ¿Cuántos años más
vivirá? ¿Cuántos días, noches crees que
pasará contigo? Las justas antes de que se termine tu dinero,
Anna, sólo esas.
-Te
equivocas, Isabel. Es un buen hombre. Y puedo ver sinceridad en sus
ojos.
Anna
se marchó de la habitación, mientras Isabel permaneció
postrada, inmóvil.
III
Nuestros fracasos
son a veces más fructíferos que nuestros éxitos
Edgar
se apresuró por entre la vereda, rodeada de densos matorrales.
Su rostro reflejaba la ansiedad, y el miedo, queriendo escapar
rápidamente de aquel espectáculo dantesco que había
tenido que soportar.
-Vaya
par de imbéciles –pensó-, las tengo absolutamente
controladas. Unas pocas palabras y harán lo que yo desee que
haga….
El
lugar de destino ya se divisaba. Se podía escuchar ya el leve
murmullo de las gentes en su interior, los gritos de algunas mujeres,
la algarabía general. Edgar entró. Se trataba de una
típica taberna: la barra al fondo, los borrachos de siempre en
primer plano. Nada había cambiado mucho, incluso eran los
mismos rostros que había dejado hacía apenas un par de
horas.
Edgar
se abrió paso entre la multitud, entre las mujeres que
prometían cariño por media hora, entre los borrachos
que prometían compañía a cambio de una bebida.
En
la trastienda esperaban los cuatro semblantes impenetrables de
siempre, aquellos mismos que llevaba viendo a diario los últimos
cuatro meses. Poco importaban sus nombres, ni tampoco sus rostros, lo
que importaba es que ellos tenían su dinero, y aquella era la
noche para recuperarlo.
-¿Has
traído el dinero, Edgar? –Preguntó el peor
encarado de los cuatro-. Ya sabes que sin dinero no hay partida.
-Por
supuesto, Tom. Espero que tengas tú también mi dinero,
esta noche pienso recuperarlo.
-Claro,
amigo Edgar. Nuestra suerte tiene que cambiar más tarde o más
temprano –se sonrió.
-Tenemos
un nuevo compañero de mesa, Edgar –dijo el segundo, que
lucía una prominente cicatriz que le atravesaba verticalmente
la cara-. Espero que no te importe. Se trata de un nuevo jugador, el
señor William Wilson.
-Es
un placer, señor Wilson –dijo Edgar mientras le
estrechaba la mano, sin mirar nunca al rostro, como los jugadores que
se sienten intimidados desde un principio, a los que sólo les
resta esperar que las cartas sean repartidas para perder la mano.
-Espero
que sea una buena partida, mi nuevo amigo –dijo William Wilson.
-Seguramente
lo será, créame –finalizó Edgar.
William
Wilson vestía muy elegantemente, casi a la antigua dado los
tiempos que corrían.---------------------------
Rallaba
ya la madrugada y los seis jugadores lucían ya rostros de
cansancio, todos menos William Wilson.
Edgar
lo había perdido todo, y sus compañeros también.
Las facciones de William Wilson manifestaban ahora una amplia
sonrisa.
-Bueno,
caballeros, creo que la partida ha terminado. Será un placer
invitarles a todos ustedes a una bebida. Por supuesto, todo lo que se
ha consumido aquí esta noche corre de mi cuenta.
-¡No,
aún no ha terminado! –Sentenció Edgar.- Denme un
par de horas y volveré con más… ¡Ésta
es mi noche, lo noto!
-Creo
que no, Edgar –dijo William Wilson-. Sus compañeros
también han sido derrotados. Ahora todo es mío.
-No
es usted un caballero, señor Wilson: ¡Debería
darme una revancha, es lo justo!
-Créame,
Edgar, tendrá usted la oportunidad de redimirse de sus pecados
con las cartas muy pronto. Yo también creo que su suerte está
a punto de cambiar.
IV
El
amor es un espejismo que aparece cuando tienes sed de amar
Anna
preparaba la cena, mientras Isabel permanecía sentada,
contemplando el exterior. El mar estaba enfurecido, pero curiosamente
reposado, con esa calma tensa que siempre precede a la tormenta. Anna
e Isabel Lee.
-¿Volverá
él hoy, mi querida Anna? –Preguntó Isabel.- ¿Se
le habrá terminado ya el dinero? ¿O vendrá a
buscarte para que os fuguéis “al fin juntos”, como
una joven pareja de enamorados? –Isabel rió sonoramente.
-Hoy
vendrá, pero sólo para verme a mi, Isabel.
-¿Te
propondrá matrimonio, querida hermanita? ¿Será
hoy el día? ¡Vamos, corre a por el vestido novia!
-Tal
vez, sólo está buscando tiempo para sentar la cabeza,
nada más.
-No
seas absurda, Anna… Pronto se habrá terminado el
dinero, muy pronto, y ese es el plazo que tienes.
Anna
se echó a llorar, amargamente, bajo la mirada impertérrita
de su hermana Isabel, quien no lucía ni un atisbo de
comprensión.
-¿Cuánto
te queda, Anna? ¿Lo suficiente para mantenerle cerca un mes?
Anna
derramó la cena y la retiró del fuego, salió de
la habitación. Isabel se quedó sola, jactándose
en sus propias palabras.
-Eso
no ha estado bien, Isabel, pero que nada bien –dijo él.
-¿Cómo
ha entrado?
Ante
el rostro de Isabel Lee se erguía un hombre elegante.
-Esa
no es la pregunta, querida Isabel. La pregunta correcta sería
por qué he entrado.
-¿Quién
es usted?
-
Mi nombre es William Wilson. Soy, podría decirse, un viejo
amigo de la familia.
-¿Y
qué es lo que desea este “viejo” amigo de la
familia?
-Ayudarlas,
a usted y a su hermana. Darles aquello que las dos desean.
-¿Y
qué es eso que tanto deseamos, señor… William
Wilson?
-No
seamos ingenuos, Isabel. Los tres sabemos lo que las dos quieren y yo
puedo dárselo.
-¿Y
cómo es que usted lo sabe? ¿Y cómo puede
conseguirlo?
-Eso
poco importa. Digamos que yo conozco algunos de los secretos y tengo
muchas de las soluciones.
-Me
deja usted impresionada… ¿Y que necesitan una tullida y
una loca para que sus vidas rebosen aún más de
felicidad?
-¡Las
dos enamoradas de un pobre imbécil! –William Wilson
rió-. Debe ser duro vivir con eso, Isabel, pobre inválida:
Enclaustrada, viendo como su hermana dilapida el poco dinero que les
queda en el hombre que usted ama…, ¡Y que nunca será
suyo!
Isabel
apartó el rostro. Aquel hombre conocía al fin su
secreto. No pudo evitar sentirse en cierta manera aliviada. Había
transcurrido ya demasiado tiempo, demasiados años viviendo la
mentira y los celos, el deseo insatisfecho y la propia incapacidad,
el resentimiento…
-Yo
puedo ayudarla, Isabel, yo puedo hacer que consiga al hombre que ama.
Pero, claro, todo tiene un precio… Aunque un precio muy bajo.
-¿Cuánto
quiere? –Preguntó ansiosa Isabel.- Tan sólo diga
una cifra.
-No
necesito dinero, Isabel. Mi precio es otro.
-¿Qué
quiere? Si es a mi hermana se la regalo, llévesela. Será
bonito poder vivir sin su gravosa presencia.
-Me
parece usted algo injusta, Isabel. Anna ha cuidado tantos años
de usted, mientras usted se ha encontrado incapacitada… Y
ahora que tiene en su mano conseguir su gran objetivo se deshace de
ella como de un trasto viejo.
-¿Cuál
es el precio, William Wilson?
-¿Es
usted dueña de sus actos, Isabel?
-Sólo
está jugando conmigo: Quiero saber el precio.
-Está
bien: El precio es su secreto, sólo eso y nada más. Le
ofrezco a Edgar a cambio de su memoria. Ha de ser un secreto que sólo
usted conoce, ESE secreto.
Isabel
aceptó y le confesó su secreto, ahogado hacía
tiempo en el agua, en el reino bajo el mar, donde yacía ya por
siempre Annabel Lee.
V
Una
mujer ha nacido para ser amada, no para ser comprendida
Un
hombre de fina capa y bellas maneras
Con
viles misterios y entretejidos argumentos
Propone
a dos hermanas un mismo juego:
Un
alma a cambio de un secreto.
A
las dos el mismo juego,
Las
dos la misma respuesta.
VI
Aquello
que debe ser contado
Annabel
Lee era hija de campesinos, criada rural, con el único
objetivo de un día poder llegar a ser útil a algún
buen hombre, uno de esos que traen comida a la mesa para sus hijos y
que, en las noches de invierno, reconfortan con su sola presencia el
hogar. Sí, pensaría siempre Annabel Lee, ese hombre de
pelo cano, bueno con sus hijos y comprensivo siempre con su esposa,
uno de esos hombres que no acuden cual oficio religioso a las
tabernas… Un hombre de su casa, un hombre bueno.
Contaba
con catorce años y paseaba sus mejores galas por el pueblo,
orgullosa siempre. Eran ropas sencillas, propias de una campesina.
Pero Annabel Lee se sentía orgullosa de llevarlas, porque eran
sus mejores galas. Y caminaba entre el gentío, pero a cierta
distancia para permitir ser observada, coqueta siempre. Miraba
siempre de reojo, mientras entonaba una tonadilla.
-¿Quién
es?
-Es
Annabel Lee, la chica más guapa del pueblo, desde luego.
-¿Tiene
ya quien la corteje?
-Todo
el pueblo la corteja, ella es, digámoslo así, propiedad
del pueblo entero, una belleza local.
-Dicen
que tiene una hermana, pobrecilla…
-¿Qué
le sucedió?
-La
criatura de Dios nació algo retrasada…
-Y
parece que la cosa empeora, apenas ya… Y ni siquiera ha
conseguido articular una sola palabra desde el día en que
nació. Sólo balbucea y corre, siempre corre.
-No
permiten que nadie la vea, dicen que es como un animal desenfrenado y
que incluso atacó una noche a un hombre.
-¡Pero
mírala a ella! Parece tan normal, tan bella y lozana, Annabel
Lee… Cuesta creer que del mismo seno puedan surgir dos
criaturas tan diferentes…
Annabel
Lee caminaba fresca, inconsciente de los comentarios, a veces
malintencionados, otras conmiserables, siempre a escondidas. Era muy
joven, demasiado para comprender la naturaleza de aquel tipo de
comentarios pero, sin embargo, era consciente de ellos, con esa
picardía tan pubescente que sólo a esa edad es todavía
inmaculada.
Después
de todo ello, era feliz, a pesar de los pesares. Se mostraba radiante
mientras caminaba alegre por las calles de Sad Bride, y era alegre
cuando canturreaba alguna cancioncilla. Sin embargo, todo cambiaba al
regresar. Su madre había muerto al darla a luz a ella, y así
su padre se había convertido en un individuo taciturno debido
a la extraña enfermedad que mantenía a su hermana
indispuesta…
Los
médicos no sabían mucho, huelga decirlo, y ya no
mantenían ninguna esperanza, salvo la de esperar su muerte.
Habían diagnosticado que no viviría más de diez
años, que su cuerpo era demasiado débil, y que ya era
un milagro que hubiera nacido. Pero allí seguía,
Isabel, un año tras otro.
-Querida
Annabel, no sabes la desgracia que nos ha tocado, apenas puedes
verlo… Tu hermana es una muchacha…, digamos “especial”.
A veces, el cielo nos condena con cargas demasiado pesadas para
nuestros hombros. Nos lo muestra la Biblia, Annabel, en el libro de
Job, entre el de Esther y los Salmos: Job era un hombre bueno, pero
Dios quiso poner a prueba su fe arrebatándoselo todo…
Así Dios nos ha puesto esta prueba ante nosotros, para probar
nuestra fe.
-¿Por
qué es así mi hermana, papá?
-Nadie
lo sabe, Annabel, nadie lo sabe. A veces el cielo nos condena por
nuestros pecados, Annabel: Son nuestras faltas y las de la humanidad
entera, y por eso se nos hace tan difícil soportarlo, Annabel.
-¿Sería
mejor que estuviese muerta, papá?
-A
veces pienso que sí, Annabel querida… Todos los días
me hago esa pregunta, y sólo puedo llegar a una respuesta
coherente.
Annabel
era solo una niña, sólo y nada más, y apenas
llegaba a entender el verdadero significado de las palabras que su
padre pronunciaba.
Comenzó
a pensarlo, poco a poco. Sus paseos era cada vez un poco más y
más silenciosos. Ahora caminaba cavilosa, sumida en sus
pensamientos, pensando y madurándolo. No se trataba de una
cuestión moral, ni siquiera ética. Se trataba de un
problema práctico que había que solucionar, y todo ello
sin que nadie se enterara, sin que sospecharan. Annabel Lee no iba a
cometer un crimen ni a hacer una travesura de niña: Iba a
cumplir con lo que había que hacer, iba a liberar a su hermana
de su propia carga, y a su padre, y a ella misma de los comentarios
maliciosos que pesaban sobre los suyos.
¿Por
qué esperar? La propia naturaleza sin duda lo haría más
tarde o temprano, se encargaría de finalizar su propio error,
el que cometió dejando que su hermana Isabel naciera…
¿Qué había de malo en ello? Nada. Su padre le
había enseñado eso. Compórtate siempre como
dicte tu corazón, mi ángel. No dejes nunca que nada
ni nadie gobierne tus actos, ni aquellos que te critiquen, ni los que
amarás, ni los que alguna vez te den consejos, ni siquiera
escuches los consejos de tu padre, sólo escucha tu corazón.
Así lo haré, papá, así lo haré.
Cumpliré con lo que está establecido.
Ella
era como un animal. ¿Acaso temía una oveja su propia
muerte? Era poco probable, así como tampoco imaginaba que
llegaría el día de ser trasquilada, ni temía
asimismo la llegada del lobo. No había nada malo, nada. Luego
ya no habría ninguna hermana que perturbase los sueños
de su padre, ni los suyos, ni a los visitantes… Y pronto la
hierba volvería a crecer, y las vacas volverían a dar
leche. Están asustadas, Annabel Lee, no dan leche porque
están aterradas. Pronto todo sería diferente, muy
pronto.
Pero,
¿cómo hacerlo? Isabel era una chica estúpida,
eso sí, pero también era un animal sin domesticar, una
auténtica fiera salvaje. Muy fuerte, muy muy fuerte, por ello
ni los hombres más enérgicos osaban acercarse a sus
tierras. Debería engañarla sí pero, ¿cómo?
Aquel ser no entendía una sola palabra de lo que se le decía,
sólo era capaz de emitir leves balbuceos, gemidos a veces…
No obedecía, tan sólo a sus instintos más
primarios: Comer, beber y poco más, muy poco más. ¡Eso
era! Habría de atacarla en sus instintos más bajos.
¿Bastaría un mendrugo de pan? ¿O acaso sería
mejor un poco de fruta? ¡Sí, eso le gustaba a Isabel!
Recordaba como su padre había instaurado, hacía ya
algunos años, un sistema de premios y castigos para Isabel,
para así tratar de instruirla en las costumbres de los seres
humanos. Por supuesto, fue todo inútil y el sistema fracasó
estrepitosamente. Pero había algo de lo que ahora podía
sacar una enseñanza: A Isabel le encantaba la fruta, habría
que haberla visto devorar los racimos de uvas, enteros, casi sin
masticarlos. Le pareció algo irónico, al fin y al cabo
su anárquica hermana poseía un fondo dulce. Annabel Lee
se sonrió ante su pensamiento.
Pero,
¿cómo? Su pobre hermanita tenía al menos la
fuerza de diez hombres, ¿cómo lo lograría?
Podría utilizar una azada de su padre y golpearla en la
cabeza: No aquello era estúpido, ¿y si no se
desmoronaba? ¿Y si se mantenía en pie tras el golpe?
Ella carecía de la fuerza necesaria, incluso ayudada por un
instrumento contundente. Probablemente se tambalearía un poco
y luego se levantaría, tras lo cual se abalanzaría
sobre ella con toda su descarnada animalidad. No, un golpe no
bastaría. Además, ¿cómo sabría si
está muerta? Fue algo que siempre la había intrigado. Cuando una persona buena muere, mi niña, se ve en el cielo
un resplandor, y las nubes se disipan, mi pequeña Annabel.
Bien, se veía en el cielo un resplandor cuando una persona
buena moría… Pero, ¿y qué sucede cuando
una persona mala muere? La tierra tiembla, pequeña Annabel,
porque va al infierno. El problema seguía sin resolverse: Tu hermana no es ni buena ni mala, es un ser sin la conciencia
sobre el bien y el mal, por eso, debemos mostrar compasión con
ella, porque no nació con la misma virtud con la tú
fuiste bendecida, el alma.
-Papá,
¿un perro tiene alma como tú y yo?
-No,
Annabel, un perro no tiene alma.
-Pero
los perros son buenos, porque cuidan de las ovejas y nos ayudan, y
nos quieren.
-Pero
no tienen alma, eso nos enseña la Biblia, que es el libro de
Dios.
-¿Cómo
Isabel? ¿Un perrito no tiene alma como le pasa a Isabel?
-Así
es, Annabel, así es.
-¿Entonces
porque nuestro perro es bueno con nosotros pero Isabel es mala?
-Tienes
que ser buena y compasiva con tu hermana, Annabel, porque también
es hija de Dios, y con tu perro, porque cuida de las ovejas y de
nosotros. Pero los dos son buenos, Annabel.
-¿Irá
al cielo entonces Isabel, papá?
-Claro
que sí, mi niña. Tu hermanita irá al cielo. ¡Qué
niña más buena eres, Annabel, qué niña!
Ahora
estaba todo resuelto: Su hermana Isabel iría al cielo. Por
eso, el cielo resplandecería y así sabría si
estaba muerta o no. Pero había otro problema, y es que, por
extraño que pudiera parecer, el cielo estaba totalmente
despejado por aquellos días en Sad Bride, por lo que un
resplandor apenas sería percibido. La noche sería el
momento ideal, ya que así podría ver con total claridad
el resplandor.
Un
golpe con la azada no podría ser, porque quizá sólo
se desplomase. Entonces lo recordó: ¿Papá?
¿Sí hija? ¿Qué pasaría si me caego
al pozo que hay en el bosque? Ese pozo está seco, Annabel, más
de una vez he dicho que deberían tapiarlo, es un peligro para
todos, cualquier persona que se cayera moriría por la caída,
está totalmente seco, Annabel.
Había
un pozo muy cerca de su casa, en medio del bosque, rodeado por
árboles, un lugar por el que nadie se acercaba de noche por
miedo a los lobos. Allí sería. Bien, todo sería
sencillo, aunque existía un riesgo…
Rodeado
por mil veredas, oculto entre los árboles, donde sólo
los seres más viles se atrevían a adentrarse… En
lo más profundo del bosque de Ellsinore, el pozo esperaba.
La
noche cayó sobre la cabaña. Annabel permanecía
despierta, sentada sobre la cama, en posición erguida. Era una
noche despejada y las aves estaban en calma. Sólo se
escuchaban los lamentos de Isabel en el establo, emitiendo sonidos y
gritando, como hacía cada noche hasta caer rendida por el
cansancio.
Annabel
Lee salió con pasos temerosos de su habitación.
Recorrió las escaleras, descalza, confiando en que el crujir
de las maderas no despertase a su padre. Se adentró en su
dormitorio y cogió el juego de llaves. Se dirigió a la
cocina, tomó un plato, no demasiado pequeño, no
excesivamente grande, y abrió la cerradura de la despensa.
Dispuso algunos alimentos: Dos fresas, algún mendrugo de pan
también, un pequeño trozo de tarta, dos cerezas y un
poco de azúcar (a Isabel le encantaban los dulces). Cerró
la despensa con esmero y tomó un candil, que encendió.
Salió
y se dirigió al establo. Depositó el plato sobre el
piso y abrió lentamente la puerta, con cuidado y casi mimo,
para evitar que su hermana la golpease y se escapara. No hubo ningún
ruido: Isabel dormía placida. Los ojos de las bestias, aún
asustadas por los chillidos de su hermana, permanecían
impávidos, inmóviles pero atentos. Cerró la
puerta tras de sí, dos vueltas a la llave para asegurarse de
que la cerradura no cediese. Al fondo del aposento, una larga
escalera pendía. En lo alto, la estancia para su hermana, allí
suspendida. Depositó el plato sobre el piso y ocultó
con su mano las dos fresas.
-¡Isabel,
Isabel!
Se
escuchó un ruido y fuerte golpe. Pronto se pudo divisar un
movimiento en la parte superior del establo. Una figura gigantesca
surgió de la parte superior del establo. Embutida en un largo
camisón blanco, con el pelo enmarañado y largo hasta
casi los tobillos, la figura de Isabel descendía presurosa las
largas escaleras. Los pies descalzos, colmados de astillas, rozaban
cada peldaño, arañándolos con sus largas uñas.
Pronto
se encontró Isabel Lee en lo más bajo de la escalera.
Giró ésta su rostro encolerizado. Divisó Isabel
la comida, dispuesta sobre el plato. Miró por un segundo a
Annabel, Annabel Lee, con las fresas aun embutidas en su mano
derecha. Se dirigió corriendo hacia los manjares allí
dispuestos y, rodilla en tierra, los engullo. Annabel se dirigió
a la entrada del establo e introdujo la llave, dos vueltas. Abrió
la puerta.
Extendió
la palma de su mano y mostró las fresas a Isabel, a quien los
ojos parecían salirse de sus órbitas.
-Ven
aquí, Isabel, hermanita, y te daré las fresas.
Annabel
echó a correr y se internó en el bosque. Corría
rápida, para evitar ser alcanzada por su hermana. Pero no
huía, porque Isabel era más rápida. Debía
hacerla ver que jugaba con ella, para evitar de esta manera ser
abordada a mitad de camino.
Al
fin llegaron junto al pozo. Las dos hermanas se detuvieron junto a
él. Ambas respiraban profusamente. Isabel sonrió a su
hermana Annabel, Anna e Isabel Lee. Anna tomó un largo tronco
que había dispuesto allí la noche anterior y lanzó
las fresas al fondo del pozo. Isabel miró asustada a su
hermana Annabel y se inclinó para mirar. Anna golpeó
con el tronco en la nuca de Isabel. Ésta se precipitó
al interior del pozo.
---------------------
William
Wilson escuchó el relato en silencio, hasta que Anna, Isabel,
Annabel Lee hubo, hubieron terminado.

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