

Basado en una historia original de Jaime Hernández de la Torre
Y, hecho de consonantes y vocales,
Habrá un terrible Nombre, que la esencia
Cifre de Dios y que la Omnipotencia
Guarde en letras y sílabas cabales.
Jorge Luis Borges. El Gólem.
I
Bereishit
-Cuéntanos, gran maestro, la historia de “El Rayo Verde”.
-Oh, mis pequeños discípulos, -contestó el rabino,- nuestra Torah contiene mil y una historias, mil y una páginas son contenidas asimismo en el Talmud, y así en los textos de los rabinos también mucha sabiduría hay.
-Pero maestro, nos gusta la historia.
-¿No preferís escuchar la historia de un buen hombre, la historia de Job?
-Hillel nos la relató ya, y nos la cuenta la sagrada Torah, maestro Sammay. Pero es tan bonita “El Rayo Verde”.
-Está bien, es cierto que es bonita. Acompañadme, niños.
El
rabino era un hombre afable, contrariamente a lo que las gentes
decían de él. Era un hombre de sabiduría
contrastada, como todos decían, pero distaba mucho de tener un
carácter huraño y malencarado, como se solía
pregonar. Cuentan que, en cierta ocasión, unos estudiantes
quisieron ver quién era aquel que más fácilmente
se encolerizaba. Acudieron a Hillel, el más afable de entre los
dos grandes rabinos de aquella época y le preguntaron diversas
preguntas, a las cuales el buen rabino respondió con afabilidad
y con sumo agrado. Asimismo, acudieron a Sammay, quien respondió
malencarado y les golpeó con su bastón.
Ambos
rabinos solían reír cuando escuchaban aquella
anécdota. Recordaban claramente el día, porque ambos
estaban juntos, a la orilla del río, pescando. Unos estudiantes
medio borrachos se acercaron a ambos e increparon a Hillel; éste
agarró un bastón que Sammay llevaba a todos lados y les
golpeó con saña, hasta que se marcharon finalmente.
Sammay reía y reía ante el ataque de ira de su amigo. Malditos
muchachos, unas copas de vino y pierden la compostura que un día
se les enseño, ¿crees que aprenden algo en la escuela?
Nada, siguen igual de bestias que el día que vinieron al mundo.
Al día siguiente los muchachos contaron una historia sobre que
acudieron a las casas de Hillel y Sammay y comenzaron a preguntar sobre
el Talmud, insistentemente; Hillel respondió afable, mientras
que Sammay les golpeó con un instrumento de construcción. Menuda estupidez, amigo Hillel, son curiosas las historias que la gente inventa. No creas, Sammay, nuestra Tanak está compuesta con historias, y eso es porque a Adonai le gustan
las historias, porque nos muestran de forma clara la villanía
del hombre. Sammay se quedó algo indignado, porque a
él le correspondía la peor parte. Sin embargo, le gustaba
aquel aura de hombre malencarado que siempre le rodeaba, porque evitaba
las preguntas estúpidas de sus discípulos, y así,
sólo le eran consultados asuntos de importancia.
Los
niños se dispusieron en torno a la gran mesa del estudio del
rabino, en la sinagoga. Era un lugar pequeño, de unos diez
metros cuadrados. Sin embargo, se trataba de un lugar acogedor, rodeado
de libros y escritos, que olía a tinta y a tabaco, y a hogar y a
modestia.
-Cuéntanosla, Sammay.
-Empezaremos,
mis queridos niños, porque ya sabéis que a Dios, cuyo
nombre no puede ser pronunciado, le gustan las historias.
II
Tohu va-vóhu
Es el Leviatán un ser con forma de serpiente y una fuerza increíble, que
así ni todos los ángeles ni las tropas divinas
podrían derrotarle, así se cuenta en Bereishit, y por eso es Palabra de Adonai.
Existen
muchas historias que hablan del Leviatán, mis niños. Los
hombres que vivieron antes que nosotros contaban que de boca
surgía fuego y que su nariz humeaba. Sus ojos irradiaban luz
brillante y vagaba a voluntad sobre la superficie del mar, dejando una
estela resplandeciente a su paso. Ninguna de las armas del arsenal
humano podría traspasar sus gruesas escamas.
Fueron
originalmente creados dos Leviatanes, uno macho y otro hembra.
Así los dos Leviatanes se alimentaban de los peces que
voluntariamente se introducían en sus poderosas fauces. Los
Leviatanes vivían pacíficos en el fondo del mar, donde
ningún ser humano osaría jamás a adentrarse. Dios,
al crear el mundo y los animales, creó también los peces
del mar, para servir de alimento a los hombres, y permitió al
Leviatán gobernar las aguas, sentado sobre una enorme piedra
junto a su compañera, porque así es como ha de ser el
equilibrio, mis niños.
Pero Dios mató al Leviatán hembra, porque dos monstruos de semejante fuerza podrían aniquilar la Tierra.
Y
fue así como el Leviatán enfureció y clamó
venganza contra el Dios de los hombres, porque le había
arrebatado a su compañera. Así se volvió una
criatura malévola y destructora, que hasta el mismo Dios
temió por la vida de los hombres.
De esta forma, Dios creó a Behemoth,
un animal con la misma fuerza que el Leviatán, pero terrestre.
Creó Dios a Behemoth con igual fuerza, pero no le
proporcionó la capacidad de amar con la que, sin embargo,
había dotado al Leviatán. Y así habría de
llegar el día en el que el Leviatán y Behemoth se
enfrentasen en combate. Mandó a sus ángeles luchar
primero contra la criatura marina. Perecieron estos uno a uno, cien a
cien, mil a mil. La criatura fue matando a los ángeles
más bellos de entre las cortes celestiales de Adonai y lucharon
estos con fuerza y valor. Pero la bestia, llevada por el odio que
sentía hacia el Dios de los hombres, las mató a todas y
cada una.
Llegó
entonces el turno de Behemoth. La lucha fue terrible y duró mil
días. Pero Dios había creado al monstruo de la tierra
para que aniquilara al Leviatán, porque así estaba
escrito. En lucha encarnizada debían morir los dos monstruos,
porque así la tierra quedaría libre y los hombres
podrían vivir al fin en paz. Tras los mil días, las dos
bestias cayeron derrumbadas, cubiertas de sangre y exhaustas, muriendo
al fin.
Behemoth
cayó muerto, y las gentes de Jerusalén hicieron un gran
festín con su carne que duró mil días, como
así está escrito que debe durar, porque esos fueron los
días que duró la terrible lucha.
Sin
embargo, el Leviatán no murió, y se retiró a su
gran roca bajo el mar, donde hasta hoy allí vive, tiñendo
de rojo las aguas del mar por la sangre que no para de brotar de sus
costados debido a la gran lucha.
III
Ruaj ‘elohim
Dejaron los peces de acudir a las fauces del Leviatán, porque la
bestia había dejado de ser temible. Era ahora un ser viejo y
torpe, pero igualmente vil. Los seres del mar revoloteaban en torno
suyo, y bebían la sangre del animal cansado, eternamente
malogrado.
El Leviatán sólo se alimentaba ya de los marineros que
caían al mar. Éstos, al no tener las capacidades ni la
rapidez de los peces, no podían huir de las fauces del animal.
Cuentan que una mañana de otoño el mar estaba en calma
tras una larga tormenta. Los restos del naufragio estaban desperdigados
por entre las aguas. El Leviatán pudo escuchar los restos de las
tablas sobre el mar, y así acudió a la superficie.
Vagó por entre los restos, no hallando más que pobres
restos de comida que no calmaban su eterno apetito. Allá a lo
lejos divisó la figura de un hombre, al cual se le
acercó. Éste, exhausto por la cruel lucha contra el
imponente mar, abrió pesadamente los ojos y pudo ver, entre sus
ojos fragmentados por la sal del mar, el rostro del Leviatán,
que se disponía a engullirlo.
-Tú eres el Leviatán, a quien el Dios de los hombres, por medio de Behemoth, dio muerte.
La criatura, sola en la inmensidad del océano por siempre, miró los ojos del hombre y le dejó continuar.
-Se te concedió el mar, y así lo habrías de haber
gobernado por siempre, hasta que Dios decidió acabar con la vida
de tu compañera.
El monstruo rugió y escupió fuego, pero su morro estaba
cansado y su cuerpo maltrecho. Cayó desmoronado sobre las aguas
teñidas ahora con su propia sangre, que jamás paraba de
brotar.
-Mi nombre es Low, el rabino Low y conozco los secretos de los números y las letras. Así,
Leviatán, si tú me perdonas la vida, yo te
concederé esos secretos, que son los arcanos de la tierra y del
mar, y así podrás volver a reinar sobre tu roca sobre los
seres que habitan el mar.
El Leviatán accedió y perdonó la vida del
náufrago, condenado a morir a la intemperie en el mar. Low
habló todo el día y toda la noche y relató al
monstruo los secretos de los números y de las veintidós
letras y cómo éstos habían sido creados por Dios
para crear el mundo, y cómo sólo mediante éstos
aquel ser podría hacerse con el alma de los seres humanos.
A la mañana siguiente, la bestia depositó a Low sobre la
playa, y así le salvó la vida, como había sido
convenido, porque hasta las bestias han de respetar los pactos, porque
así está escrito, mis queridos niños.
IV
Emet
Así esperó el Leviatán y con los restos de los
seres humanos y fragmentos de estrellas caídas, conjuró
la bestia el poder de los números y las letras e insufló
vida al que habría de ser el más vil de entre los seres
humanos, y así le dio inteligencia y discernimiento y, como su
creador, ordenó a éste obedecerle por siempre.
No puso nombre a su creación, porque el ser podría adoptar muchos nombres y ninguno.
Depositó a la criatura de forma humana en la orilla de la playa,
como había hecho con Low días atrás. El nuevo ser
fue dotado con una inteligencia despiadada y las artes más viles
del ser humano, pero sin alma. Tenía como misión
arrebatar las almas de los seres moribundos, y entregárselas
así en la mañana al Leviatán, para que éste
por fin pudiera recuperar su fuerza.
Así vagó la criatura durante días, durante meses,
años más tarde, lustros quizá, arrebatando a los
moribundos sus almas y entregándoselas en la mañana al
Leviatán, para así éste poder recobrar sus fuerzas.
Fueron hombres primero, niños más tarde, rancias mujeres
y ancianos borrachos, a los que arrebataba su alma. Nunca nadie se
extrañó jamás, porque el hombre imitaba a la
perfección las costumbres y las formas de los hombres, y
así sus familiares quedaban agradecidos, por asistir en sus
últimas horas y proporcionar consuelo al desamparado.
Y
así los ojos de la criatura se tiñeron de negro profundo,
porque así son los ojos de los que contemplan la muerte.
V
Tzedaká
Sucede nuestra historia una mañana en el mes de Tishri,
en el día 10. En este día, como bien sabréis mis
queridos niños, se celebra la fiesta del Yom Kipur.
La criatura se apostó frente a la puerta y llamó. Un
hombre de mediana edad le abrió la puerta. La criatura
habló, con esmerada educación y cuidadas maneras.
-Hermano, así me permito llamarle en este día de
oración, ayuno y retiro. He tenido un accidente y no tengo techo
bajo el que cobijarme en un día tan especial. ¿Me
concedería el honor de acompañar a usted y los suyos en
esta fecha en el que, así como Dios perdona nuestros pecados,
nos es dada la gracia de conceder el perdón a nuestros
semejantes?
El hombre accedió y le permitió morar y rezar con
él. La noche se hizo en el lugar, y las oraciones tocaron a su
fin.
-¿Vive usted solo, mi querido nuevo amigo?
-Con mi hija, Rebeca. La pobre tiene una terrible enfermedad que no la
permite levantarse siquiera de la cama… Así la pobrecilla
espera el último estertor, ya no queda esperanza. Son sus noches
terribles y llenas de llantos, y por ello la acompaño a la
diestra de su lecho durante éstas, para hacer más
soportable su dolor.
Los ojos del hombre se humedecieron y éste, avergonzado, se
levantó para ir a por alimentos, ya que el Yom Kipur
había finalizado. Desde la cocina, el hombre habló:
-¿Desea algo de comer?
-No es necesario, amigo –respondió la criatura.
-Es una obligación para mí. Ha rezado usted conmigo y
hemos compartido juntos el día de la expiación, un
día de ayuno. Ahora debemos comer.
El hombre dispuso los alimentos sobre la mesa y ambos comieron. La
criatura escrutó los ojos del hombre y así es cómo
obró:
-Mi nombre es W…, W… W… y soy comerciante de telas. Es para mí un honor compartir mesa
con un ser tan considerado. Así, y en agradecimiento a su
hospitalidad, me sería grato velar junto a su hija esta noche,
para así acompañarla en su enfermedad y que, de este
manera, usted pueda descansar al fin.
-Es usted bueno, señor W… Seguro que mi hija
agradecerá su gesto y le recordará a usted en sus
oraciones.
VI
Belial
La criatura penetró en la sala acompañada de su nuevo amigo.
-Mi querida niña, este buen hombre es el señor W… W… y te acompañará esta noche.
Rebeca tenía el rostro blanquecino por la enfermedad. Con los ojos
inyectados en sangre, miraba a W… fijamente, por entre las
sabanas dispuestas hasta la parte del cuello.
-Es un buen hombre, mi querida niña, cuídalo bien.
El
hombre dio unos pasos y se situó junto a la criatura,
situó su mano sobre el hombro de ésta y habló:
-Que nuestro buen Señor se lo pague, amigo mío.
El hombre salió de la habitación.
La
muchacha, casi una niña, tenía la tez blanca como la
nieve. Su rostro lucía innumerables pecas, de un color
más sonrosado. Su cabello, rojo como el fuego, con cabellos
extremadamente fuerte pero extrañamente separados unos de otros.
Sin embargo, la cabellera lucía espesura y lozanía. Sus
labios, ligeramente entresacados del rostro, quebrados por la larga
enfermedad, de color blanquecino también. Los ojos,
entreabiertos, mirando siempre al techado de la estancia.
La criatura dispuso una silla junto a la cama de la joven. Rebeca le miró.
-¿Ha venido a buscarme, verdad? –preguntó la muchacha.
-Sí –respondió la criatura.
-Hacía ya tiempo que esperaba esto… Supongo que es en cierto modo una liberación.
-¿Por qué dices eso, niña?
-¿Ha
visto a mi padre? Antes su cara no era así, era la cara de un
hombre feliz. Comenzó a cambiarle cuando perdí a mi
madre, eso fue el primer golpe. Luego vino mi enfermedad, y eso
terminó con él.
-Tu padre es un hombre bueno, Rebeca.
-Lo
es, señor W… No lo dude por un instante. Él
adoraba a mi madre y me adora a mí, porque así es como ha
de ser.
-Todo está escrito, mi querida Rebeca. Así nos lo dice nuestro Dios, porque lo gobierna todo y todo lo sabe.
-¿Y por qué nuestro Dios nos hace sufrir de esta manera, señor W…?
-Nadie lo sabe, ni siquiera los hombres más sabios, pequeña Rebeca.
-Es cierto, los hombres no lo saben, pero usted no es un hombre, señor W…
La
criatura miró a la niña, embutida en las sábanas,
sudando abundantemente debido a las altas fiebres. Rebeca se
volteó y lo miró por un instante, esperando una respuesta.
-Así
como las estrellas brillan y mueren, así lo hacen los seres
humanos. Es algo difícil de entender, porque los seres humanos
se apegan a la vida como una estrella de mar se acopla a una roca,
porque así es el carácter de los seres humanos, y porque
así está escrito que ha de ser.
-Existe
en el pueblo un hombre –comenzó a hablar la niña-.
Se le conoce con el nombre de “el judío”. Es
curioso, porque en este pueblo casi todos somos judíos. Este
hombre, “el judío” presta dinero a cambio de un
interés a personas. Si éstas no pagan, le rompe dos dedos
a cada uno de los miembros de su familia. Todo el mundo conoce a
“el judío” y todos le conocen a él. Cuentan
las gentes que jamás se le ha visto enfermo, que no conoce la
palabra dolor y que lleva en el pueblo más de cien
años… ¿Y así lo permite nuestro compasivo
Dios?
-No
es tan sencillo de explicar, Rebeca. El mundo no está hecho de
amor, pero los seres humanos os complacéis mostrándolo
los unos a los otros. De esta manera, mi niña, la vida es
más soportable hasta que llega el final.
-¿Y por qué mi final será esta noche? –preguntó de nuevo la niña.
-Porque así está escrito, Rebeca.
La
muchacha giró su rostro. La criatura pudo ver la misma escena
que tantas veces había contemplado: El dolor y la
aprehensión humana ante la muerte. Sin embargo, en aquella
niña era diferente…
-¿Qué le sucederá a mi padre?
-Llegará
el día en el que morirá también, y allí
estaré yo para asistirle en sus últimas horas.
-¿Se llevará usted su alma?
-Sí,
y se la entregaré al Leviatán, porque así
está escrito que ha de suceder, debes entenderlo.
-Dicen
que vive en una roca, en la inmensidad del mar, en el lugar más
recóndito del océano, en un lugar en el que la luz no se
atreve a traspasar.
-Así
es mi niña. Pero el Leviatán no es malo. Tan sólo
fue creado así. Él vivía tranquilo, en el fondo
del mar, hasta que nuestro Dios le arrebató el amor del ser al
que él amaba, su compañera.
-¿Por qué hizo eso Dios?
-Porque
dos leviatanes podrían fácilmente acabar con la
humanidad, y así mató a su compañera hembra, para
que la humanidad estuviera a salvo de sus feroces garras.
-Dicen
que el Leviatán vivía tranquilo, y que los peces se
introducían voluntariamente en su boca, y que así se
alimentaba, y que nunca antes había atacado a un ser
humano…
-Nadie
entiende a nuestro Dios, mi querida Rebeca, pero, al igual que sabes
que a la mañana sigue la noche inevitablemente, así hasta
la más vil de las criaturas debe obedecer los mandatos de Dios,
porque así está escrito.
-Pero
si Él no hubiese acabado con la vida de su compañera,
usted no estaría aquí y quizá podría ver la
luz del día de nuevo.
-No,
mi niña. Tu vida ha de expirar esta misma noche, porque
así fue expuesto al principio de los tiempos, como la de todos
los hombres. Tú vida no depende de mi, tu alma expiará al
despuntar la mañana.
-¿Y adonde irá?
-Me
la llevaré conmigo, y la entregaré al Leviatán,
para así poder cerrar sus heridas que no paran de manar sangre
por el resto de la eternidad.
-¿Podría abrir la ventana por favor? Quiero ver la noche.
Era
una noche despejada, sólo se escuchaban en la lontananza el
canto leve de los grillos y el murmullo pausado de los árboles,
como una melodía.
-Es una noche bella, disfruta de ella.
-¿A cuántas personas ha visto morir?
-Demasiadas ya Rebeca. Hace mucho tiempo que estoy en la tierra, acompañando a los hombres.
-¿Y cuándo se cerrarán las heridas del Leviatán?
-Nadie
lo sabe, porque el propio Leviatán no tiene conciencia ya del
tiempo, ya que no distingue la mañana de la noche. Su vida es
tiniebla perpetua, porque así ha de ser desde el día de
la lucha contra el Behemoth.
-¿Y por qué lo permite Dios?
-Dios
también cumple sus propias reglas, Rebeca. De no ser así,
el mundo no tendría sentido ni orden y el caos se
apoderaría de las gentes y no habría luna ni sol ni
estrellas y todo tendría su propio orden… porque ya no
habría Dios, porque se habría traicionado a sí
mismo.
-Pero
el propio Dios incumplió su palabra –dijo la muchacha-,
porque creo dos monstruos y se equivocó. Y por eso mató
al monstruo hembra y ahora los seres humanos sufrimos la condena debido
a su propio error.
La
criatura se levantó, incómoda, y contempló una vez
más el rostro de la muchacha que, sin embargo, parecía un
poco mayor que antes. Sus ojos, antes de un verde oscuro, estaban ahora
más abiertos, pero surcados por pequeñas estrías,
casi imperceptibles. Un par de comisuras se podían distinguir en
torno a los labios, llegando hasta la nariz. Pero la muchacha
seguía allí.
-Es una bonita noche, pese a lo que ha de suceder –dijo la criatura.
-Cualquier noche es buena para morir, mi nuevo amigo.
La
muchacha se incorporó y se retiró la sábana. Por
entre el camisón se distinguían sus pechos y sus formas
femeninas, aún por desarrollar. Dispuso sobre sus hombros una
pequeña chaquetilla y se levantó totalmente. Se
acercó a la ventana, en la que se encontraba la criatura.
-Ciertamente,
es una noche hermosa. Mire a los árboles, en ese quietud, se
diría que es imposible que algo malo pueda suceder en una noche
como ésta… ¿Sabe? No me importa en absoluto, me
paso los días enteros tendida, bajo las sábanas, las
mismas cada noche… ¿Qué diferencia habrá?
Ninguna. Lo siento más por mi padre, que se quedará
sólo.
-Será por poco tiempo, pequeña Rebeca. Se reunirá muy pronto contigo.
-Pero sentirá dolor cuando me vaya…
-Estará
aliviado –respondió la criatura-. Han sido muchas noches
en vela, muchos negocios perdidos, demasiadas decepciones en su vida.
Primero su esposa, ahora su hija… Y ya espera lo inevitable, no
te engañes.
Rebeco miró a la criatura fijamente.
-Tus
ojos no son humanos, eso lo pude ver cuando penetró en la
habitación. Sin embargo, existe algo curioso: Un extraño
brillo, algo… ¿cómo decirlo? Casi humano.
-No tengo nada de humano, porque yo no tengo alma.
-Quizá pueda ser verdad, pero ese brillo…
La criatura se giró, para evitar ser contemplado por la muchacha. Ésta se sonrío.
-Dicen
que cuando el alma de un justo va al cielo se puede contemplar en el
cielo un resplandor. Ocurre a primera hora de la mañana, y si
ésta es clara, se tiñe de colores y su resplandor asemeja
a un rayo verde… ¿Qué sucede cuando un alma cae en
las garras del Leviatán?
-Sólo existe la tiniebla donde él vive. Nada se ve cuando un alma va a parar al Leviatán.
-Venga.
Rebeca tomó de la mano a la criatura y la trajo hacía sí.
-Sería
una pena desperdiciar una noche como está, y más
aún cuando es la última noche que paso en este mundo.
¡Vamos!
Rebeca
apagó el candil y condujo a la criatura escaleras abajo, sin
cambiarse el camisón, sin cubrir sus pies, todavía
lozanos y de un blanco casi cegador. Llegaron al exterior, y ambos,
cogidos de la mano, se introdujeron en el bosque.
VII
Rosh Hashaná
Rebeca danzaba por entre los árboles, jugando y brincando,
rodeando la maleza. Sus pies, cubiertos ahora de zarzas, se elevaban
para producir elevaciones cada vez más pronunciadas sobre el
piso. La larga cabellera pelirroja, ahora desprendida sobre sus
hombros, reflejaba el eco de la luna. De pronto, se detuvo ante un
árbol, escondiéndose de la criatura.
-¿A cuántas almas como la mía ha visto expirar usted, señor W…?
-A más de las que desearía.
-¿Desearía…?¿Acaso percibo un hálito de humanidad, mi extraño amigo?
Rebeca rió sonoramente y corrió rápidamente, hasta
que sus fuerzas maltrechas se lo permitieron. La criatura se detuvo
ante Rebeca, que yacía en suelo, respirando sonoramente.
Ésta se levantó rápidamente, como si su cuerpo
estuviera hecho de aire, como si careciera de peso.
-Venga conmigo, tengo algo que enseñarle.
Ambos caminaron y llegaron a la orilla de la playa. El siseo del mar se
percibía claramente, y el reflejo de la luna iluminaba el rostro
de Rebeca aún más claramente.
-¿Lo ve? ¿Había visto el mar alguna vez tan cristalino?
Con gesto de complacencia, contrajo la frente, y así la criatura
miró de nuevo: Una pequeña arruga, pero pronunciada sin
embargo, se erguía imponente en medio de la frente. Los hombros
se había ensanchado un poco más, y los pechos
caían ahora ligeramente.
La joven introdujo los pies en el mar y siguió caminando, hasta
que las aguas rozaban sus rodillas. Así, extendió el
brazo y señaló, con el dedo índice extendido, lo
inaccesible. Giró su rostro y miró a la criatura, que no
se atrevía a introducirse en el mar.
-¿Es allí donde vive? Dicen que un instante cualquiera es más profundo y diverso que el mar, ¿no es cierto?
-Sí, eso dicen los que escriben cuentos sobre los números.
-¿Estamos viviendo un instante cualquiera, señor W…? La dicha que me diste y me quitaste debe ser borrada; lo que fue todo debe ser nada.
Le miró con fiereza, desafiante.
-Si en algún he de morir, me gustaría que fuera
aquí, sobre estas aguas, en una noche como ésta.
¿Aún falta mucho?
-Queda poco tiempo, Rebeca.
La joven se agachó ligeramente y deslizó sus dedos sobre
las aguas, acompañando el ritmo suave. Llevó sus manos
mojadas hacia su cabellera rojiza, volviéndose ésta
compacta. Sobre una mata de pelo rojizo, pudo distinguirse un matojo de
cabello blanquecino.
-Tengo frío –dijo la mujer.
-¿Hay algo que quieras hacer antes?
-¿Es esto la muerte? ¿Es así?
-Así debe ser.
-Es extraño, no me siento enferma ya. Estoy calmada, esperando.
-Así debe ser.
El rostro de la mujer envejecía más y más por
momentos, cada vez a un ritmo más acelerado. Lucía su
rostro ya numerosas arrugas, y el mar estaba teñido por algunos
cabellos. Sin embargo, sus ojos seguían siendo los mismos, unos
ojos de niña. La contempló por última vez,
mientras apenas se tenía en pie y miraba al infinito, a la luna
que engañaba. Señaló una vez más Rebeca y
sonrió a la criatura.
La anciana había muerto.
VIII
Met
El
cuerpo de Rebeca se depositó junto a la orilla, mientras las
olas aclaraban su faz. La criatura retiró sus cabellos, para que
Rebeca pudiera por última vez contemplar el amanecer.
Miró sus ojos abiertos y los labios, que esgrimían,
aún en la muerte, una sonrisa juvenil.
Restaba
poco tiempo para la llegada de la mañana. En ese instante,
más profundo y diverso que el mar, cuando el alma de los
mortales expira.
Tomó
la criatura el alma de Rebeca, su Rebeca, y la miró. Así
dejó marcharse alma, más allá de los dominios del
Leviatán.
Cuando
las primeras luces de la mañana apuntaban, un rayo verde
iluminó el mar entero por instante, alumbrándolo todo,
hasta los confines del océano. Así el Leviatán
pudo ver aquel magnífico rayo verde y su rostro pudo contemplar,
por un último momento, la inmensidad del mar en un instante.
La criatura permaneció en la playa, solitaria, esperando el seguro desenlace: Nada sucedió.
El rabino cerró su libro.

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