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Gabriel García Márquez
Nacido
en Aracataca (Colombia) en 1928, Gabriel García Márquez
pasa por ser una de las figuras imperantes en el denominado "boom" de
la literatura hispanoamericana de los años sesenta. La realidad
se mezcla con una ficción real, imaginaria y mágica
(seremos fieles a los "clichés"). García Márquez
amalgama lo social y ficticio de manera nueva, sudista, creando un
universo nuevo y maravilloso, en un lenguaje que aboga por lo conciso y
lo metafórico, tanto en el contexto como en lo
lingüístico.
Gabriel García Márquez cursó
estudios de derecho y trabajó como vendedor de libros, hasta que
la suerte, la fortuna o los dioses le pondrían a escribir en el
periódico "El Nacional". Su primera obra, "La Hojarasca" narra,
en clave faulkneriana, la muerte de un médico que acaba de
suicidarse. Este libro, dentro de su estilo difícil
(monólogo interior) antecede la temática que
centrará sus obras mayores ("Cien años de Soledad" y "El
otoño del Patriarca") y otras de contenido más "social"
("El general en su laberinto"). Asimismo, vemos la mezcla entre lo
divino y lo humano, sobre las raíces de la grandeza y las
volpuptuosidades de la miseria, en un mundo en cambio, pero permanente,
en la fría Macondo construida por sueños y realidades.
Paradojas.
La obra de García Márquez parece girar
en torno a eso que Dostoievsky llamaría "los fantasmas
recurrentes", ideas que sobrevienen del pasado del escritor y que
afloran una y otra vez en la obra, volviéndose temas a los que
el autor regresará. García Márquez hace de la
"idea recurrente" una norma de estilo, tomando la idea y
transformándola según la idiosincrasia del personaje
pero, sobre todo, del texto, que parece demonizar al personaje y al
demiurgo (el escritor).
García Márquez se aleja de sus
compañeros de aventuras (siendo quizá el más
destacado Vargas Llosa) en el tratamiento y en la complejidad de sus
obras. Hace años escuché cierto comentario de una mujer
que comparaba a García Márquez con Isabel Allende
(supongo ahora que la comparatiiva se basaba en las coincidencias
argumentales de "La casa de los Espíritus" y "Cien años
de Soledad"). Hablaba de García Márquez casi con desidia,
comparándolo con la frescura de Isabel Allende; estableciendo
discrepancias internas entre ambas formas estructurales (arguyendo
más naturalidad por parte de la creadora de "Paula"). A pesar de
las "líneas argumentales recurrentes", hay muchos García
Márquez dentro de las novelas. Todos tienen puntos en
común, desde luego, pero también cada libro crea un
universo cerrado sobre sí mismo que amenaza con ahogar y
engullir al lector, Leviatán enfermo de soledad.
Márquez, con toda la ineludible deuda
faulkneriana, es un autor que habla del tiempo y las estructuras
divinas. Márquez centra su narración en un hombre o un
grupo de nombres que afrontan su deuda paradójica con la "rueda
del destino". Los personajes de Márquez parecen abocados desde
un principio al sinsabor del tiempo, a conocer una historia ya escrita
(se realce este hecho o no, su ejemplo más claro es "Cien
años de Soledad"). El tema central de la obra de Márquez
es el tiempo en todas sus formas. Márquez aprendió de uno
de los más grandes (al final, parece que los genios se
reconocen): Los ecos del de Mississipi crean ecos del de Dublin,
quizá los tres creadores más importantes del siglo.
Las similitudes son odiosas, Yoknapatawpha no es
Macondo, ni la ciudad silenciada de Dublin, pero Macondo es un lugar
tenebroso de formas y mitos, como lo es el Dublín joyceiano y el
sur faulkneriano. Las obsesiones varían, haciéndose eco
de los paraísos literario-artificiales, más vivos que
nunca. Tiempo, tiempo. Un coronel cuidará de su gallo, alejado
del mundo, con los recuerdos de las victorias y su hijo muerto. El
coronel es Aureliano Buendía, en un laberinto de
metáforas, y es también Thomas Stupen y es Leopold Bloom,
encerrado en sus textos y su voluptuosidad tácita. La lluvia
cubre el condado de Macondo, las gentes la ven pasar, un diluvio de
reminiscencias bíblicas, Cronos mira a un lado y ve al coronel,
el mismo día en el que el general miraba el pelotón de
fusilamiento.
Cien años de Soledad
Llueve sobre Macondo.
Una obra sobre el tiempo más que de personas,
sobre textos escritos en cursivas y notas a pie de página
inexistentes. "Cien años de soledad" resume en su título
la verdadera esencia de la obra, una obra sobre el tiempo y el
abstracto, en el que Cronos reina con su cetro y su serpiente.
Es la historia, también, de los
Buendía, familia marcada por el incesto, la lujuria, el caos...
la humanidad. No encontraremos melindres, pero sus personajes se nos
harán cercanos con el paso de las páginas, tiempo.
Llámese "realismo imaginario", llámese "real
maravilloso"... "Cien años de Soledad" es la novela que confirma
el "boom" de la literatura hispanoamericana (iniciada con "El Obsceno
Pájaro de la Noche" del genial José Donoso). Todos los
autores de este movimiento deben parte de su éxito a
Márquez (amén de Allende, que le debe algo más).
Rebeca trajo la enfermedad del sueño a
Macondo. Hay mil hijos y una infidelidad, Úrsula y José
Arcadio Buendía, Remedios es la bella, una guerra, el coronel
Aureliano es condenado a muerte, hay un gran diluvio, el incesto
concebirá un hijo con cola de cerdo, soledad.
Recuerdo lejana la que fue mi primera lectura de la
novela... Las páginas envolvían con esa prosa
poética, fruto del ritmo y la repetición... Era la
poesía de un viejo Shelley, resurgido de las aguas que un
día le vieron morir. Era ese poeta castrado, apático,
cansino y expatriado a la isla de un Tomás Moro amargado. Los
viejos ideales de Europa se desvanecen, surge un pueblo rodeado por
agua, en el que, lejanamente, encontrarían los restos de un
animal. Los gitanos regresan, una vez al año, como acuden los
ingleses a la tierra conquistada, eterna provincia de un imperio en
decadencia.
"Cien años de Soledad" es una metáfora
sobre la creación y el tiempo, sobre la vida y la muerte. Los
dioses caminan entre nosotros, la religión, eterna cruz... Mito
y tiempo, soledad de nuevo. El viejo barbudo lee en un papiro la
historia escrita de los Buendía, otra vez Jorge de Burgos en una
biblioteca medieval, metáforas.
Llega el ferrocarril, la vida cambia en Macondo. La
antítesis es clara en un universo mítico invadido por la
lacra del progreso. Los habitantes miran embobados los inventos de los
gitanos, al fin conocerán el hielo. Ha nacido su hijo,
pobrecito, tiene cola, como un perrito. ¿Pecado? Somos dioses.
El otoño del Patriarca
El poder en una larga frase de tintes faulknerianos.
Siguiendo los cónclaves de "Cien años de Soledad",
García Márquez se centra en el que será su tema
recurrente, en el que ya lo fue de manera metafórica. No se
oculta esta vez, es la historia de la ruina y la depravación, un
tirano que muere con un solo testículo, una vez más...
efectos. En sus frases recordamos a un Thomas Stupen sin caballo, con
la sangre bajo la bayoneta. El mito se sustituye por una realidad
más cercana... El personaje principal lleva todo el peso, por
ello podemos ahondar más en sus sinsabores. No hay puntos y
aparte, ¿por qué? La historia se refleja en las palabras.
El patriarca es inmortal tras contemplar su cuerpo yaciente,
ensangrentado. Poder, soledad. Morirá el hombre pero
pervivirá la idea, una latinoamérica que duele,
García Márquez dejará de escribir. "El
otoño del Patriarca" es una espiral que se cierra sobre
sí misma, ecuación infinita y recurrente en forma
literaria de recursos y ambages, García Márquez nos
envuelve por última vez en la que es la más grande de sus
novelas. "Escribo sólo para mis amigos", diría una vez el
general, ahora ya un patriarca de las letras, solo. "El otoño
del patriarca" no habla de un tirano, habla de todos los que somos
tiranos, habla de la soledad del escritor y de la terrible soledad del
que no escribe, habla de un hombre solo y de una estructura divina, de
un libro que tardaría más de una década en
escribir y que nunca sería terminado, sobre una larga frase que
vuelve al principio. Son mil personajes en uno, como "Cien años
de Soledad" era un personaje en mil, espejos de un Albert Cohen ateo.
Abandonadas las claves bíblicas, los mitos y los monstruos, y
los sueños y los mundos, el gran general contempla su ocaso
desde el gran palacio. Duelen sus heridas y duelen los recuerdos, duele
Colombia y duele escribir. Duele el tiempo.
Llueve sobre Macondo.
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